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Paul McCartney o cómo sobrevivir a Lennon y no morir en el intento
Up and coming tour 2010, de Paul McCartney. Interpretado por Paul McCartney, guitarra, bajo, piano, teclados y voz;Paul ‘Wix’ Wickens, teclados; Brian Ray, guitarra, bajo; Rusty Anderson, guitarra y Abe Laboriel Jr., batería y coros. Estadio de River Plate, 10 de noviembre de 2010, 21 hs.



Han pasado cuatro décadas, desde la disolución de The Beatles, y treinta años de la muerte de John Lennon, y su fantasma lo persigue. Sin embargo, aunque la sociedad Lennon-McCartney parece imposible de escindir, lenta y pacientemente Paul logró construir una carrera solista y erigirse como figura pública a la par del mito que dejó su ex co-equiper.
 
En la rivalidad Lennon-McCartney, el último siempre llevó las de perder. John era rebelde, contestatario, transgresor, progre, genial. Paul, su contracara: formal, disciplinado, diplomático, vegetariano, familiero, conservador… genial. Y sí, McCartney también es genial. Es cierto que salir de gira en familia y tener una esposa con cara de buena como Linda, no lo ha ayudado en los tiempos en que “sexo, droga y rock and roll” (que él también vivió intensamente) era el lema para que tanto público como colegas lo tomaran en serio.
 
Por eso, Paul siempre dio la sensación de que tuvo que competir, como obligado a demostrar algo más. ¿Demostrar qué? ¿Acaso no alcanzaban las melodías extraordinarias de “Yesterday” o “Let it be”? No, porque en ningún momento se puso en duda sus capacidades artísticas o su talento musical, lo que lo hacía aparecer en inferioridad de condiciones era todo lo que lo rodeaba como figura pública.
 
Paul vivió a lo largo de su carrera algunas situaciones que lo ubicaron en ese lugar de corrección política, a veces, exasperante. La condecoración de la reina del imperio británico nombrándolo como "caballero", llevar adelante los manejos financieros de la compañía Apple, hasta su militancia un tanto superficial (vegetarianismo y por los derechos de los animales primero, por la quita de minas antipersonales, después). Otro ejemplo, sólo por tomar uno, fue el anuncio de la disolución de The Beatles. Fue Paul quien tomó la responsabilidad de oficializarlo públicamente, un año después de que Lennon había abandonado el proyecto y de que el resto de sus integrantes tampoco quisieran continuarlo.
 
John, mientras tanto, encarnaba la voluntad de una generación que quería cambiar el mundo, hacer la revolución del amor, comprometiéndose y cantando contra la guerra a la que se oponían muchos jóvenes en los años '70. Sus personajes mediáticos transitaron ese camino de antagonismos, un poco por convicción y, tal vez, otro poco por conveniencia. Las rivalidades mediáticas, se sabe, siempre resultan beneficiosas para ambos bandos. 
 
Así, en su primer show en ésta, su segunda visita al país, quedó claro cómo McCartney se construyó a sí mismo después de haber tenido que competir con su antiguo amigo y con el mito que nació a su alrededor a partir de su trágica y prematura muerte. Paul, lo consiguió afirmándose en lo que sus detractores creen que son sus defectos. Con su humor tontolón, sus declaraciones medidas y su amor por Linda. McCartney no le tiene miedo al ridículo, ni siquiera cuando sale vestido como un verdadero Lord inglés en un show de rock, con tiradores incluidos. Ese desparpajo, probablemente, sea su secreto mejor guardado.
 
Mientras tanto, claro, continuaba trabajando en la música que seguía cambiando la historia.
En dicho concierto Paul ofreció cada uno de los clásicos que forjaron su carrera, como integrante de The Beatles, al frente de Wings y en su etapa solista. Sin dudas, el eje fue la nostalgia ya que 22 de las 32 canciones interpretadas corresponden al cancionero Beatle. En ese marco, también tuvieron lugar los homenajes a sus ex compañeros y a su mujer, fallecidos: 'Escribí esta canción pensando en mi amigo John' dijo al entonar “Here today”, ‘Querido Georgie’ expresó al finalizar una particular versión de “Something” (que comenzó sólo con un ukelele), uno de los pocos temas firmados por Harrison en la era Beatle donde la dupla Lennon-McCartney dominaban las composiciones del cuarteto. Se extendió un tanto más en la dedicatoria de “My love”: ‘Escribí esta canción para Linda, pero esta noche es para todos los enamorados’. Frases lanzadas en un spanglish esforzado pero digno, él mismo confesó que se trataba del castellano aprendido durante su escuela primaria en Liverpool.
 
Sin embargo, no fue un concierto melancólico, en absoluto. Un Paul McCartney en excelente estado físico estuvo dispuesto a rockear. A sus 68 años, se plantó frente a la multitud durante dos horas cuarenta y cinco minutos, apoyado en una banda que viene recorriendo con él su Up and coming tour con más de doscientos conciertos compartidos. Eso explica la justeza, precisión y solidez que demuestran en escena Paul ‘Wix’ Wickens, Brian Ray, Rusty Anderson y Abe Laboriel Jr. Lejos de confirmar la sentencia maliciosa de John (¡otra vez John!) durante sus peleas mediáticas que “Paul es sólo “Yesterday””, es decir, lejos de ver a un señor, hoy mayor, al piano interpretando baladas emotivas (que las hubo como el caso de “Hey, Jude”, en el que la platea se convirtió en un coro de fieles entonando un himno), el público argentino asistió a un concierto de rock donde McCartney pasó del bajo al piano y de ahí a la guitarra sin parar un solo instante.
 
Paul se dio el lujo de realizar versiones demoledoras de “Back in the U.S.S.R” y “Paperback writer”, arrasar con la primera tanda de bises con “Day tripper”, “Lady Madonna” y “Get back” y coronar su estatus de rocker con una extraordinaria “Helter Skelter”. Ni siquiera al interpretar algunos temas de Wings se permitió que la flojera lo atrapara, “Band on the run”, “Live and let die” (fuegos artificiales incluidos) y “Let it roll it” sumado al solo de guitarra con el que finalizó éste último con los acordes de “Foxy lady” de Jimi Hendrix dieron también cuenta de ello.
 
McCartney no dio respiro. No dejó que su público tuviera un sólo momento para pensar siquiera en que ese hombre que tenían enfrente era monárquico, conservador o de derecha. Si bien Lennon se convirtió en el poster, el slogan indeleble, el ángel caído, el mito;  McCartney -a pesar de sí mismo y de su ideología- demostró ser un superhombre, el sexagenario que da batalla, el que las hizo todas y vivió para contarlo: el héroe. Allí, como en los relatos épicos donde el guerrero se hace uno con su destino, McCartney hace tiempo asumió el suyo.
 
Sus hazañas pudieron parecer cotidianas, pequeñas e insignificantes, no obstante, disco a disco, show a show, año tras año edificó una carrera que lo llevó a ubicarse en el Olimpo de la historia del rock. A diferencia de John, Paul no es el mito pero es el héroe. McCartney entendió muy bien que no podía competir con un fantasma y que el mito de Lennon podía arruinarle cualquier gran melodía que compusiera. Así, apeló a su mejor recurso: ser fiel a sí mismo. Asumir sus defectos y trabajar sobre ellos fueron su gran acierto. Sabía que intentar otro camino sería perjudicial ya que nunca llegaría a ser más polémico que Lennon, ni podría conseguir otra muerte a manos de un psicótico. Sin embargo, como se sabe, los mitos y los héroes, no mueren, ascienden al Olimpo en el que permanecen con sus atributos durante toda la eternidad. Allí, sin rivalidades ni enfrentamientos, hace tiempo que cada uno encontró su lugar.
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