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Juan Vattuone: músico, cantor de tangos y actor
El domingo por la tarde fue el momento acordado para el encuentro con el músico, devenido actor, que acaba de hacer su debut cinematográfico en la película Boca de fresa. En su departamento de Villa Crespo las paredes respiran el espíritu bohemio del cantor de estampa rocker y alma tanguera. Así es él, aunque lejos de ser contradictorio es abarcativo. Su obra así lo demuestra.



Comenzó su camino siendo un adolescente, cantando los tangos que le había enseñado su padre -también guitarrista y cantor aficionado. A los largo de los años, su carrera tomó diferentes rumbos pero el más fuerte y sostenido en el tiempo fue el de compositor. En un momento, Vattuone necesitó decir sus propias verdades, ya las letras de los clásicos no le alcanzaban, no lo representaban. En ese punto se transformó en el artista que es hoy: un autor comprometido con su tiempo y con su gente. Por ese compromiso se ha convertido en un artista de culto, considerado por muchos como el padre de las nuevas generaciones del tango. En su territorio doméstico, convida café y se luce como un anfitrión educado, además de profundo, ocurrente e irónico.
 
¿Por qué considerás que el tango for export no es representativo del tango? 

En realidad, creo que hay una identidad con el tango y que no es la que muestran en ese tipo de espectáculos. La verdad es que no tengo nada personal con quienes hacen esa música pero para mí es muy importante que podamos defender la identidad. Vestirse como un pingüino, como un muñequito de torta, eso no es tango. El tango tiene otra impronta que se diluyó con el tango for export. El tango es orillero, nació en lo clandestino, en los prostíbulos, en la cárcel.

Tus letras tienen un marcado rasgo social, ¿qué lugar ocupa lo político en tus composiciones?

Quise recuperar ese costado social porque durante muchos años en este país han ocurrido cosas tremendas y el tango no ha dicho nada. Hubo 30.000 desaparecidos y recién en los finales de los ‘80 y principios de los ‘90 se empezaron a escuchar letras vinculadas a ese tema. A mí me conmovió toda esa situación. Con compañeros, amigos, colegas cantores que fueron desapareciendo. Por eso siento la necesidad de recordarlos. A veces no puedo evitar pensar que esos desparecidos podrían ser nuestros letristas de hoy, a los que necesitamos tanto.

¿Y cómo se completa esta propuesta tuya?

Mirá, hace rato que estoy cansado de la hipocresía en el tango. De la gomina, de lo artificial, de estar cantando lo que los pibes ya no pueden escuchar porque no lo entienden, porque no habla de lo que les pasa. Por eso necesité abordar otras temáticas. No sé, dejar atrás esa idea del hombre triste y cornudo, por ejemplo. Esa imagen no es la que más me gusta del tango. Me atrevo a cantar tangos de amor con finales felices y, si no lo tienen, ese final tiene emoción, el hombre siente y las cosas en el amor son siempre de a dos.
 
¿Tus influencias están sólo vinculadas al tango?

No, para nada. Mi idea sería algo así como: no seamos sólo tango para abrir la cabeza a otras músicas. Para mí, Charly García podría ser el Discépolo de hoy; Gieco, el Cátulo Castillo; Spinetta, Homero Expósito. A los 16 años toqué con Hernán Oliva, un violinista uruguayo de jazz, y también en ese tiempo estuve cerca del folclore, toqué con el gran armoniquista Hugo Díaz. Cuando el rock estaba floreciendo yo cantaba temas de los Beatles, pero mis amigos me pedían que cante tango. Era muy loco, estaba como a contramano.

Estás preparando tu segundo álbum, Escuchame una cosa Vicente ¿por qué ese título?

Porque está dedicado a Vicente López y Planes y a Blas Parera. Es un poco a modo de chanza, una ironía. Vicente López y Planes dijo hace 200 años “Oíd mortales el grito sagrado…” y siento que nadie lo escuchó y que nosotros los argentinos no estamos escuchándonos mucho entre nosotros. Es el autor nada menos que del himno nacional y ni siquiera nadie le dio las gracias, ni creo que los muchachos de SADAIC le hayan garpado un sope… (Risas)
 
Considerás que estamos en un momento en el que debemos escucharnos.

Sí, me parece que es un momento para bajar un poco las armas, el grado de violencia. En todos lados, en todo el mundo. Ya más referido a nuestro país, por eso me tomé el atrevimiento de nombrar a Vicente López y Planes, porque creo que es eso. Como digo en "Ni olvido ni perdón": es una cuestión de vento, si lo que falta es amor. Ser más amorosos con nosotros mismos, querernos un poco más. Por eso, escribo estas letras en este disco.
 
¿Con qué músicos estás trabajando en este disco?

Con el "Negro" Lasear, con Gustavo Corrado. De paso agradezco a "Chiquito" Prieto y al "Tano" Nicolás, que son los proveedores del estudio. Aparte es un disco que estoy terminando de masterizar en el estudio de León Gieco -con toda la generosidad de León- y se va a editar por Fonocal.
 
¿Qué diferencias encontrás entre tu primer álbum, Tangos al mango, y éste?

La diferencia que siento es que es otro momento de nuestro país. Cuando hice Tangos al mango, era la primera vez que yo salía con un disco. Era muy atrevido porque salía con 15 temas que nadie conocía, inéditos. Ahora ocurre lo mismo pero el reconocimiento de la gente ha cambiado, por suerte, se ha ampliado. Pasaron 5 años, me tomé mi tiempo para presentar un segundo disco. Pero la diferencia fundamental es lo que ocurre a mi alrededor. He rescatado tangos que he escrito 30 años atrás o 25 y que están en este disco porque tienen que ver con él.
 
Entonces, ¿tus temáticas-eje siguen siendo las mismas?

Sí, lo que cambia a veces es el envase. Por ejemplo, en este disco hice algunas cosas de fusión con mi hija Anitta Vatt que hace un rap ("Tanto"); en realidad, termina siendo una mixtura entre el tango y el rap porque los payadores que tuvimos antes de que naciera el tango, improvisaban como hoy hacen los chicos del rap y del hip hop y eso me parece fantástico. También las invité a cantar a mi otra hija Julieta y a mi nieta Lourdes, que cantan "Tierra negra", que es una canción que le escribí a mi abuela Negra, es un homenaje a mi sangre, a mis raíces.
 
Seguís pensando que el tango se nutre de la cruza con otras músicas populares.

Sí, con otras músicas, con otras etnias que tienen su propia cultura, con otros ritmos. Hay un dato que la gran mayoría no sabe porque no es algo que cuente habitualmente. Yo bailé malambo de chiquito, desde muy pibito. Y nadie me lo enseñó, nadie nunca me enseñó a zapatear un malambo, pero un día me vio mi abuela Mercedes y me llevó a lo de los hermanos Ábalos para ver si yo bailaba malambo o una tarantela. Y, en realidad, yo bailaba algo que no tenía idea qué era pero evidentemente en algún lado estaba, algo que venía de algún lado, eso es algo que viene de la intuición y de mis ancestros. De los zapateos, de los golpes y de los parches que yo tengo en mi sangre.
 
Hace una semana se estrenó la película Boca de Fresa en la que hacés tu debut cinematográfico. ¿Cómo te vinculaste con el proyecto?

La película es de Jorge Zima quien me convocó hace unos años para participar. Él es un compañero hermoso al que se le ocurrió que yo podía actuar. La película la protagonizan Rodrigo De la Serna y Érica Rivas, también participan Roberto Carnaghi y María Fiorentino. La verdad es que le tengo que agradecer a Jorge por haberme convocado porque tampoco fui a estudiar teatro y ahí estoy. 

Además de tu tarea como compositor, estás a cargo de la "Clínica de tango: los poetas del siglo XXI" en el Espacio cultural nuestros hijos (ECUNHI), ¿cuál es tu tarea allí?

La idea para la que me convocó Teresa Parodi es difundir la obra de los jóvenes poetas de hoy. Yo ya había hecho el ciclo "Ciudad oculta" en el que varios cantores interpretábamos la música de nuestros poetas jóvenes, eran casi todos tangos inéditos. Un poco en esa línea aparece este espacio de difusión para ellos. Encima, en un lugar que yo respeto muchísimo.
 
Sos un artista comprometido con la causa de los derechos humanos y con la realidad del país, ¿cómo lo ves?

Mirá, los medios monopólicos se han encargado de decir constantemente que la política era sucia, que era mala, que era fea. Hoy a los jóvenes de mi país los veo reconociendo un lugar en la historia, un lugar que les es propio. Por eso, apoyo este proyecto nacional y popular como nunca antes habíamos tenido. 
 
Dedicaste tu vida entera a la música, ¿cuál crees que es tu aporte a la música popular?

Tal vez, mi atrevimiento y la improvisación. Una vez me dijeron que el que improvisa no busca, encuentra. Y siempre ingreso en ese camino cuando subo a un escenario. Quiero convertir ese espacio en la cocina de mi casa, necesito esa cercanía con el público. Ése es el riesgo que me gusta asumir.
 

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