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Libertango

Orquesta Típica Fernández Fierro, Interpretado por Federico Terranova, violín; Pablo Jivotovschii, violín; Bruno Giuntini, violín; Juan Carlos Pacini, viola; Alfredo Zuccarelli, violoncello; Yuri Venturín, contrabajo; El Ministro, bandoneón; Julio Coviello, bandoneón; Pablo Gignoli, bandoneón; Eugenio Soria, bandoneón; Santiago Bottiroli, piano; Walter "Chino" Laborde, voz. Club Atlético Fernández Fierro (CAFF). Sanchez de Bustamante 764. Miércoles y sábados, 22:30 hs. Entradas anticipadas $30, reservas y en puerta $40.

 




En una noche de lluvia, en la que las incesantes gotas repiqueteaban sobre el techo de chapa de un galpón reciclado del Abasto, “Masacre en el puticlub” de Los redondos dejó paso, luego de una hora de espera amenizada por vino tinto y empanadas, y tras la caída de un telón de barata tela negra, a una orquesta de doce jóvenes integrantes. Era la Orquesta Típica Fernández Fierro, a la que no se confunde con una banda de rock sólo por los instrumentos que despliegan en el escenario. Tres violines, una viola, un violoncello, un contrabajo, cuatro bandoneones, un piano y un cantante conquistan irremediablemente a su audiencia desde el primer compás. La energía y entusiasmo que transmiten hacen olvidar muy pronto los errores que se puedan encontrar en la puesta en escena, en el sonido, o en la cohesión del show.
 
De una impronta muy piazzolleana, Fernández Fierro continúa los postulados del gran Astor: privilegio de la música por sobre todo lo demás, reelaboración de la tradición, fisicidad en la ejecución de los instrumentos, mezcla con otros géneros musicales, interdicción del baile en la escena, etcétera.
 
El cantante, un ecléctico “Chino” Laborde, de voz profunda y arrabalera, vistiendo jeans, zapatillas y casco de moto, de tanto en tanto, se esfuma detrás del decorado para que el sonido de esos once instrumentos ejecutados con tanta pasión como precisión reverbere, sin interferencias, todo a lo ancho del precario (adrede) salón. En la batalla por demostrar quien es el profesional que deja más sangre, sudor y lágrimas a la hora de la interpretación, los bandoneones ganan la partida. El dramatismo con el que los cuatro bandoneonístas ejecutan sus instrumentos es igualado, en ocasiones, por los demás pero nunca superado. Es un imán para la mirada la expresividad que consiguen extraer de esos instrumentos tan poco agraciados estéticamente pero que, sin embargo, poseen una musicalidad particular y sobrecogedora.
 
Sin ninguna pareja de bailarines que distraiga la atención de un público marcadamente femenino y, a juzgar por las caras juveniles, seguramente neófito en las lides de Gardel y Le Pera, el protagonismo de la música, a fuerza de mucho pizzicato, destreza, apasionamiento y carisma, es indiscutible por al menos una hora, que es lo que dura aproximadamente el espectáculo. Compuesto, en su mayoría, por temas propios como “Avenida desmayo” o “Asesino”, y por algunos otros cuya letra pertenece a “Palo” Pandolfo (manifiesta evidencia de la relación entre esta orquesta y el rock nacional), como “Azucena alcoba” o “Niebla dura”, el repertorio se asienta sobre canciones cortas, concisas, de poca letra y altamente efectivas. En muchas de ellas, la tradicional coda tanguera, es decir, el famoso chan-chán, es retrabajado haciendo que la segunda parte tarde en llegar o se haga más lenta. Por ínfimo que sea ese pequeño gesto musical, condensa en él una carga simbólica enorme. Es allí donde se unen la tradición clásica del tango de principios del siglo pasado; la ruptura, revolución y evolución que significó Piazzolla; y las tendencias tangueras actuales -de las cuales Fernández Fierro es un claro ejemplo-, que fusionan en la composición antigua, jazz, rock y otras mezclas.
 
Como estrellas de rock, que en vez de guitarras eléctricas rasgan las cuerdas de violines y chelos, los doce músicos treintañeros demuestran que la continuidad del tango es posible si se lo aborda con respeto desde la irreverencia, desde la experimentación y desde la mayor libertad.
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