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La crítica como texto-lectura
“(…) no hay verdad objetiva o subjetiva de la lectura, sino tan sólo una verdad lúdica (…)”
Roland Barthes


Se dice normalmente, y con razón, que la crítica debe ser un texto argumentativo en donde el crítico valora una obra de arte con un criterio “bien razonado” y “consistente”. Sin embargo, esta definición oficia más de receta de escritura que de canal para una posible discusión sobre el tema.

Una entrada interesante, parece ser el concepto de Barthes de texto-lectura. Con esta noción, el autor intenta diferenciar la lectura de un texto como “desciframiento del sentido” que le quiso dar el creador del mismo, de la otra lectura, la que se centra en el que recibe el texto, en lo que él entiende. El primer camino, lleva a pensar al autor como “único propietario de la obra” y al sentido que él desea darle, como uno y verdadero; el segundo, abre al lector una posibilidad mucho más rica y seductora. Y es aquí donde el texto mismo se enriquece: el autor de una obra propone, con una lógica interna según determinadas reglas de composición, pero el lector, en el cual funciona asimismo una lógica del símbolo –que es asociativa y no deductiva-, dispersa ese texto al ponerlo en relación con otras significaciones.

Este texto-lectura es el que hace valiosa a la crítica de arte, la posibilidad de infinitas lecturas permite, a su vez, las infinitas significaciones y las diferentes valoraciones. Ahora bien, el crítico tiene además una función social de mediador entre el público y la obra; en este sentido, es importante que su valoración sea subjetiva -personal-, pero no así caprichosa. Para el cumplimiento de este objetivo se introduce la exigencia de la argumentación en la crítica y la intención persuasiva del crítico en su trabajo. Con estos mecanismos se dan las razones de la evaluación que se hace de la obra para que, al mismo tiempo, los lectores de la crítica puedan juzgarla. Para ello es necesario que el crítico esté provisto de un sólido conjunto de competencias culturales previas y que cuente con una formación específica en el arte que se esté tratando.
 
Si la valoración personal es una de las características principales de la crítica entonces se hace imprescindible la honestidad y la independencia del que la lleva a cabo; de otra manera la crítica perdería su función y su utilidad principal: la de acercar al público un mirada particular y quizás distinta del objeto artístico. Siempre en la medida de lo posible, ya que el crítico trabaja inevitablemente para algún medio en particular que tiene su propio estilo, sus propios lectores, etc., esas dos cualidades deberían estar ante todo lo demás para que la crítica sea fructífera.

Pensada de esta manera, la crítica ofrece a sus lectores una mirada personal, pero justificada, de la obra de arte que aporta una lectura más y tal vez diferente de la de los otros lectores brindando un nuevo mundo de relaciones significativas; y lo hace desde el lugar del conocedor, pero no imponiendo, sino sugiriendo y argumentando sus propuestas. Así resulta clara la función cultural de difusión de la crítica; y todo aporte de información y contribución educativa es una consecuencia directa de su trabajo. A los autores de las obras el crítico puede otorgar una orientación de las lecturas sociales que se están produciendo de su trabajo, tanto para constatar si su objetivo se está realizando (si es que se tenía alguno en mente de antemano) o bien, para encontrar nuevas conexiones que él mismo no había notado.
 
En cualquier caso, se establece una relación diferente con la obra en cada lectura. Pero el crítico, además, quiere y tiene que ofrecer una devolución, y atento a su tarea de divulgador, intenta dar razones a sus elecciones y apreciaciones, de la manera más sincera posible, poniendo en juego su creatividad para que la lectura de la crítica sea también un disfrute.
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