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Vigilar y castigar
Diario de un proceso, de Juan Ortiz de Zarate (música y texto). Interpretado por Mariano Fernández Bustinza (barítono), Enzo Romano (barítono) y Cecilia Pastorino (mezzosoprano). En el Centro nacional de la música. México 564. Funciones: 20, 21 y 27 de agosto, a las 19 hs.



Hay que ser absolutamente modernos, presagió alguna vez el poeta maldito Arthur Rimbaud. Basta asomarse un poco a este siglo XXI problemático y febril para observar que Kafka, lamentablemente, es siempre moderno. O contemporáneo, mejor dicho. Porque construyendo esa simbiosis de épocas, de carruajes, burocracia y mastercards, el director y compositor Juan Ortiz de Zarate presentó en el Centro nacional de la música, Diario de un proceso. Una profunda y delicada ópera contemporánea basada en la novela El proceso del gran escritor checo, que dinamitó las bases de la literatura y escenificó la maquinaria de vigilar y castigar.
 
Josef K, el protagonista de la novela, es detenido una mañana por dos agentes, sin ninguna razón. Allí se inicia su desesperado proceso legal ante la Justicia, que ejecutará su condena. Allí empieza la eterna pesadilla kafkiana. “Un estado cruel y omnipresente que un día cualquiera toma a un ciudadano perfectamente anónimo e inicia el proceso lento e irreductible de su destrucción”, baja línea el director en el programa de la ópera, manteniendo con este anexo una parte de la estética del género. La ópera se inicia con la música de un prolijo grupo de cámara de doce intérpretes. El sonido de las flautas, los violines, la guitarra, la percusión y el piano edifican progresivamente un escenario existencial, con el acento de Stravinsky, con cada nota demorándose en cada sombra.
 
El relato, presentado en seis escenas y dos interludios, está reescrito en base a un desdoblamiento freudiano del personaje principal: un Josef K joven (Mariano Fernández Bustiniza) que es el detenido, y el otro Josef K (Enzo Romano), que, ya viejo, se muestra derrotado en la cárcel. Sus voces de barítono comulgan con la puesta en escena: un laberinto rodeado de carpetas y archivos de oficina que expresan la asfixia. El timbre que estilan emula por momentos un sonido robótico y de cortes silábicos, haciendo una gran metáfora sobre lo burocrático y la opresión del poder. El juego de luces, un elemento clave de esta obra, permite construir la sofocante enunciación en los silencios.
 
Las escenas finales de la guardiana de la cárcel (Cecilia Pastorino) observando con desprecio cómo el anciano Josef K -que nunca supo por qué fue condenado- sostiene su vida y su muerte aferrado a una pequeña planta, dibujan con precisión el éter kafkiano, un espejo del actual aparato capitalista y de la sociedad mercantilista. La marca de lo contemporáneo (en la música y en los textos) -que atraviesa la adaptación de esta novela de principios del siglo XX- resignifica sus valores, en el marco del notable pandemónium que produjo este movimiento artístico.     

Ortiz de Zarate compone de este modo una obra desafiante: la propuesta de presentar una pieza que cuestiona las bases mismas del poder disciplinador, utilizando un histórico género elitista y propio del poder político y económico; y, más aún, hacerlo con el sello del movimiento contemporáneo, que escandalizó como nadie a la realeza artística, convierte a Diario de un proceso en una inquietante paradoja, en un caballo de Troya estético, profundo y brutal. La máquina metafórica de vigilar y castigar sigue siendo absolutamente moderna.

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