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Un diálogo con Chéjov
Los hijos se han dormido, versión de “La gaviota” de Antón Chéjov. Dirigida por Daniel Veronese. Con Claudio Da Passano, María Figueras y Berta Gagliano. En el teatro General San Martín. Corrientes 1530. Funciones: miércoles a sábados 20.00 hs., domingos 19.00 hs. Entradas: $60, miércoles $30.



Frente a la puesta de Los hijos se han dormido, versión libre de La gaviota, surgen dos interrogantes. Por un lado, uno podría preguntarse cómo es posible que las obras de Chéjov (1860-1904) sigan circulando y produciendo un impacto en su audiencia después de tanto tiempo. Por otro, cómo logra Daniel Veronese apropiarse exitosamente, por tercera vez, de estas obras. Con Los hijos se han dormido Veronese cierra esta suerte de trilogía chejoviana que se completa con sus dos anteriores puestas, Un hombre se ahoga (2004, versión de Tres hermanas) y Espía a una mujer que se mata (2011, versión de Tío Vania). Por supuesto, la trilogía está en los títulos, en la intervención de Veronese y no en los textos chejovianos. Se trata de una idea que Veronese encuentra en la obra del dramaturgo ruso y que, según sus propias declaraciones, se sintetiza de la siguiente manera: “Un hombre que se ahoga espía a una mujer que se mata; mientras los niños duermen o mueren”.
 
Podríamos intuir, desde la elección de los títulos, esta necesidad de Veronese de producir una puesta en crisis o si se quiere un diálogo con estos viejos textos. Sabemos que estos, en su momento, produjeron un giro no solo en el marco de la literatura rusa sino también un viraje en el arte escénico y las técnicas actorales, solo comparable al impacto que años más tarde trajera el trabajo de Bercht o Artaud. Lejos de realizar una total inversión de La gaviota, pero tampoco predispuesto a ejecutar una puesta que respete a raja tabla el original, Veronese se interesa fundamentalmente por aquellos aspectos de la historia que resultan extrapolables a cualquier época. Así, se centra en diez personajes –al contrario de la pieza de Chéjov que incluía tres más- que escenifican su pequeño e insignificante mundo a la vez que la puesta va tejiendo una red de relaciones disfuncionales que esconden más matices de los que exhiben. En principio, se encubre una violencia contenida que, a medida que logra despojarse de sus disfraces, deja entrever un solo desenlace posible, siempre postergado aunque inevitable: la figura de la gaviota es sin duda una muerte anunciada.
 
La obra, aunque calificable de coral, logra recortar cuatro personajes-eje: Irina y su hijo Konstantin –un joven con aspiraciones de literato y dramaturgo; un fracasado a los ojos de la madre-, Boris, el exitoso novio escritor de Irina y, para cerrar este esquema, Nina, la joven aspirante a actriz pretendida por Konstantin, aunque finalmente conquistada por Boris. De esta manera, toda la obra va intercalando relaciones binarias, ternarias y, cada tanto, cuaternarias para ir desarrollando una caótica red de relaciones más que una historia con progresión de acciones. Esto que ya está presente en el texto chejoviano es acentuado por Veronese intentado insuflar a la obra de un tempo más dinámico y, por otro lado, articulando las escenas de tal manera que resulten trabajadas desde una concepción del realismo más acorde a los tiempos que corren; la elección de dejar fuera los soliloquios de La gaviota sin duda está animada por este aspecto señalado. Así, una de las estrategias para “contemporaneizar” la obra, si es lícita la expresión, es presentando todas las escenas en continuidad, omitiendo saltos temporales y en donde los únicos indicios del transcurrir están marcados por algún elemento del vestuario o un sutil cambio escenográfico. Pero tal vez la intervención más importante de Veronese radique en potenciar los rasgos reflexivos que el propio texto de La gaviota contenía. Sabido es que Chéjov en sus obras tiene innumerables comentarios respecto del arte y del teatro, y Veronese sabe sacar provecho de estos aspectos desde el minuto cero de la obra cuando los actores que representarán la misma nos interpelan, en tanto actores, recordándonos el difícil trabajo de la actuación al momento del sonar de los celulares y entremedio de las sonatas de papelillos de caramelos. Al tiempo que la ausencia de la música que forma parte de la ficción (aquella que los personajes escuchan pero que está vedada a la audiencia), así como la escisión de música con fines dramáticos, pareciera formar parte de este juego de entradas y salidas del mundo ficcional que nos recuerda permanentemente que efectivamente estamos en el teatro.
 
Sin duda Veronese confirma, con esta puesta, el virtuosismo en su trayectoria que lo ubica como un “animal de teatro” que no le teme a ningún clásico, ni a ningún circuito de difusión teatral. Los hijos se han dormido resulta entonces una excelente propuesta para aquellos que, más que amar al dramaturgo ruso, son afines a los pequeños giros que hacen una diferencia.
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