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Un estilo medio “rarito”
Red Hot Chili Peppers en el Pepsi Music 2011. Interpreado por Anhony Kiedis, voz; Michael “Flea” Balzary, bajo; Chad Smith, batería; y Josh Klinghoffe, guitarra. Estadio de River Plate. 18 de septiembre de 2011.



De rojo y con pimienta, puede ser; pero calientes y picantes, definitivamente no. Hay ciertas bandas que nacen, procrean, se consagran como pocas y logran mantener esa fuerza y ese fanatismo por los siglos de los siglos (amén). Los Red Hot Chili Peppers son indudablemente una de ellas pero… ¿Por qué siempre dejan con ganas de más? ¿Por qué el cansancio, la garganta gastada y la transpiración no se comparan con las expectativas previas? ¿Será, acaso, una fórmula que vienen empleando desde que existen y –aparentemente– funciona a la hora de mantener su número de fieles seguidores?

Pero lo incuestionable también es que algo de su esencia sigue latente. Desde su primer disco de estudio The Red Hot Chili Peppers (1984) hasta el impecable Californication (1999), la banda liderada por Anthony Kiedis fue buscando su camino y finalmente lo encontró. Desde los acelerados ritmos con tintes semi-raperos, los insultos, el amor por la playa y California como la reina madre, los Peppers demostraron que son capaces de todo lo que se propongan.
El pasado 18 de Septiembre comenzaba el ya conocido festival Pepsi Music que trajo en esta oportunidad a Katy Perry, Snow Patrol y Primal Scream, entre otros. Los Red Hot eran los encargados de abrir la primera fecha. Pautados a las 21 hs., la puntualidad se hizo notar y a las 21.10 las luces del monumental se apagaron; el griterío y los empujones anunciaban el inicio del show. La banda encabezada por Kiedis, Flea, Smith y Klinghoffer subió al escenario y en breve sonaron los primeros acordes de “Monarchy of roses”. Era de esperarse que la cosa arrancara con un tema de su último disco, y que por ende no todo el público presente corease la canción, pero el entusiasmo y los saltos al ritmo de la música igual se mantenían firmes. “Can’t stop” fue el siguiente y ahí sí todo se vino abajo.
 
La novedad de Klinghoffer fue controversial: si bien Frusciante no fue el guitarrista original de la banda, fue uno de los que –sino el único– determinó para siempre el estilo y la rítmica tan particulares de los Peppers. Pero el chico nuevo estuvo bien; no es la primera vez que toca junto a la banda (colaboró con segundas guitarras para el anteúltimo trabajo de estudio, Stadium Arcadium, y además tocó junto al mismísimo Frusciante en sus trabajos solistas) y será debido a eso que realmente le puso entusiasmo, su toque personal con ciertos arreglos propios y también un ajustado comportamiento arriba del escenario que, si bien no se podía permitir opacar al resto de la banda tampoco se mantuvo excluido.
 
La presencia de estos funkies busca mantenerse intacta. Parecen seguir siendo aquellos jóvenes frenéticos de siempre, hiperquinéticos por demás. Hasta su vestimenta esboza una suerte de nostalgia adolescente y de chicos malos: Kiedis con su remera roja con el lema “Red Hot Perú” y unos pescadores negros con cadenas en el bolsillo y una gorra bien de infante, pero con un extraño y contradictorio bigotito conservador. Flea es Flea, por donde sea que se lo mire: buzo y joggin de color turquesa y pelo al ras de color violeta, todo un muñequito de torta.

Varios esperables hits sonaron durante la noche: “Otherside”, “Dani California”, “Under The Bridge” (emoción x 10), “Right on Time” y el sorprendente “Parallel Universe” tampoco faltó. Más allá de su demagoga conversación en el clásico pseudoargentino y su intención de simpatía mediante un chiste “al estilo porteño” (en palabras del propio Flea: “Fuimos al mercado de las pulgas –en inglés, Fleamarket– y bla bla”), no terminaron de convencer. El argentino es del tercer mundo, es sudaka, pero no es tonto. Y mucho menos en cuanto se trata de rock. Quiere la ternura de “My Friends”, la diversión de Aeroplane y la expresividad de Scar Tissue”, entre muchos otros.

Luego de dos bises y apenas 1:40hs, el esperado cierre con “Give it away” se llevó a cabo y todo terminó. Y hasta el propio final fue extraño; los integrantes apenas se despidieron de su ferviente público, se fueron. Chad Smith volvió a aparecer en escena, pegó un grito alocado en el micrófono y volvió a retirarse… Raro. Pero a pesar de dejar ese “gusto a poco”, hay algo de estos freaks que hace que uno los siga queriendo y los disfrute, más allá de cualquier falencia que puedan traer. Y podría pensarse que, si dentro de cinco años un nuevo disco ocurre, otro guitarrista reemplaza al anterior y otro festival decide convocarlos, probablemente serían igual de entusiastas y volverían  a visitarnos. Y todos los volveríamos a ver;  volveríamos a las mismas expectativas y el mismo fervor –y quizás hasta la misma decepción-. Porque, en definitiva, y en palabras del ebrio Barney, ¡ queremos a los Chili Peppers !
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