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Prefiero que me quite el sueño Goya a que lo haga cualquier hijo de puta, de Rodrigo García. Dirigida por Emilio García Wehbi. Con Emilio García Wehbi. En Timbre 4. México 3554. Funciones: viernes 23.15 hs. Entrada: $60.



El director Emilio García Wehbi estrena Prefiero que me quite el sueño Goya a que lo haga cualquier hijo de puta, obra que forma parte de una trilogía, que Agamenón. Volví del supermercado y le di una paliza a mi hijo y Rey Lear completan, basada en guiones del dramaturgo hispano argentino Rodrigo García.
 
En la obra se retoma un universo que fue recurrentemente transitado desde que Marx logró ponerlo en palabras: el capitalismo, que aquí es abordado desde una de sus infinitas aristas que son el consumismo y sus paradojas.  

Como en un boomerang, el guión de Rodrigo García evoca ideas que son como estímulos que llegan a escena, chocan al espectador y lo abandonan sin piedad. A una velocidad estrepitosa, se insinúan la carrera (inútil) del hombre contra el sistema, la alienación, el fracaso del iluminismo y los monstruos que engendró, el saber transformado en moda y mercancía, la imposibilidad de la autorrealización.

La astucia de traer a escena todo este refrito de consecuencias capitalistas que ya son conocidas es hacerlo a través del monólogo de un cuarentón, pasionalmente interpretado por Wehbi, que quiere gastarse todos los ahorros de su vida en un viaje al museo del Prado sólo para ver los cuadros de Goya.

La puesta es minimalista, no se usa la totalidad de la sala y hay pocos elementos en el espacio, pero cada uno de ellos por sus características enrevesadas y complicadas son barrocos, al igual que el juego de claroscuro que genera la única luz cenital que alumbra la acción. Lo que se percibe es una negación del naturalismo, un espacio incierto que hasta podría ser producto de las disquisiciones mentales del protagonista.

Una operación hiperbolizada recorre toda la obra: la intertextualidad. De nada sirve decir que hay en escena una montaña de libros que hacen a su vez de pedestal, animales taxidermizados, una cinta de gimnasio para correr, una gallina viva enjaulada o un cartel con la cara del filósofo Peter Sloterdijk si no se entiende que los elementos en escena son totalmente subsidiarios unos de los otros y significan cuando se los pone en relación.

Todos los objetos perdidos por el espacio, los slogans de las grandes brands monopólicas, las imágenes de las obras de Goya intervenidas por los hermanos Chapman, la fotografía de Hoepker, la de Richard Drew, el cuadro de Pieter Brueghel, la cita textual de Demetrio el cínico, la música; todo genera desde su presencia un pastiche que se tritura y se mezcla para generar sentidos ausentes.

En el fondo de todas esas imágenes u objetos que se desparraman en escena hay otras imágenes. No son ellas mismas, son disparadores para el espectador que debe hacer un ejercicio de desciframiento en ese juego de cajas chinas que se propone desde la dirección y que por momentos resulta difícil de aprehender.

En esta obra lo performático (otra de las numerosas inquietudes de Wehbi) está presente: bañar el cuerpo en líquido, envolverlo en plumas, pintarse con surcos negros la cara, disfrazarse, correr insistentemente durante minutos. También se hace presente el humor irónico, pero que encuentra su origen en el guión de Rodrigo García y no tanto en la puesta.

Otro gesto interesante de este director del off legitimado es romper la cuarta pared. Algo ajeno atraviesa ese territorio intermedio entre el público y el actor para entrar en escena y romper el aura generalmente inviolable que se plantea entre el espectador y el hecho artístico.

Trágicamente, y como debe ser, el personaje termina cayendo nuevamente en la lógica del consumo, como un Teseo al que Ariadne no le entrega el ovillo para salir del laberinto. Sin embargo, se logra que un par o unos pares se vayan pensando en encontrar la salida.
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