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La razón y la pasión
Las razones del corazón, dirigida por Arturo Ripstein. Con Arcelia Ramirez, Vladimir Cruz y Plutarco Haza.



La nueva obra Ripstein logra plasmar la misma intensidad, angustia y desesperación que en sus clásicos de los '90. Más de una década después del estreno de Profundo Carmesí (1996) y Principio y Fin (1993), el cineasta reafirma su talento para crear melodramas e indagar en el costado oscuro y sórdido del ser humano.

El film se estrenó comercialmente en Argentina en el marco de un evento organizado por la asociación Proyecto Cine Independiente (PCI) y se pudo ver durante todo el mes de septiembre en el Centro Cultural San Martin.

Las razones del corazón
es una adaptación libre del clásico Madame Bovary de Gustave Flaubert, donde describe el descenso a los infiernos de una mujer desesperada y afectada por un amor obsesivo e incontrolable que la consume y supera. La caracterización de los personajes y gran parte del relato, se distancia del original contexto aristocrático del siglo XIX, para trasladarlo a una Latinoamérica poco mostrada. Esta tragedia emerge en una ciudad oscura, de espacios cerrados y tiempos circulares, en el que el autor se atreve a mostrar lo cotidianamente siniestro.

El dúo con Garciadiego, guionista y esposa del director, explora desde los años '80 el melodrama latino y la transpolación  del género, afín a la novela televisiva, al soporte cinematográfico. Sus inquietudes por mostrar fatalidad y destino provocan que los personajes femeninos de sus obras tengan un vuelo dramático pero verosímil, sobre sus luchas espirituales y a la vez comunes.
Como explica la crítica Vázquez Prieto el cine de Ripstein, ardiente y visceral, se nutrió para perfilar historias de personajes marginados, ambiguos e irritantes, víctimas y victimarios confinados a laberintos ocres de encierro e impotencia donde pasean sus penas como heridas abiertas.

La reflexión de Pascal del principio del film -a la que refiere el título- ''El corazón tiene razones que la razón no entiende'', describe el drama existencial de Emilia (Arcelia Ramírez), una ama de casa frustrada por tener una vida mediocre y poco interesante. Intolerante a los fracasos de su marido y agobiada por las exigencias de la maternidad, su equilibrio se desborda cuando asediada por las deudas y abandonada por su frío amante, se sumerge en las profundidades de la soledad y la tristeza, para finalizar en su caída inminente.

Esta vez el autor nos traslada a un escenario urbano e incierto, un México contemporáneo en blanco y negro. Con escenas exteriores casi nulas se desarrolla centralmente en ese agobiante y abandonado departamento, en el que las imágenes resultan tan grises y opresivas como la vida de Emilia.

Filmado en una serie de largos planos secuencia, Ripstein se luce como creador de una compleja puesta en escena, en el que los movimientos de la cámara, casi asechadores, y la combinación de los encuadres conforman una coreografía próxima a lo teatral. La claustrofobia y la tensión intencionalmente provocadas, se destacan aun más por las interpretaciones intensas y sensibles de los actores.

Los personajes provocan y desafían, mostrando sus miserias y egoísmos. Son claves en el juego del director, quien implica al espectador en la ''banalidad de su desventura''.

Al límite de la emoción y la sobreactuación, el autor elige nuevamente, el hogar y la familia como tema dominante y escenario de amor exacerbado, horrores y frustraciones, tan absurdos como reales. Es a través de imprevistos y luchas internas emocionales, que conduce el drama hacia la inevitable tragedia, en un viaje en el que parece imposible no involucrarse.
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