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Desenmascarando al artista
Un recorrido por algunas de las maneras de representar y construir socialmente al artista. Una pequeña búsqueda de algunos de los estereotipos y tipologías que a lo largo de los siglos se fueron asociando a esta figura.



Con la llegada de la autonomía del arte en el siglo XVIII, lo artístico empieza a lograr cierta independencia en relación a otras esferas como la política o la religiosa y así, comienza a tomar forma a aquellos rasgos que lo definen. Esta emancipación progresiva conformó lo que el sociólogo Pierre Bourdieu denomina como campo, es decir, un espacio en donde diversos agentes e instituciones luchan por tener la autoridad para hablar en nombre del arte. De esta manera, el campo artístico fue desarrollando sus propias reglas y encontrando ciertas regularidades en su conformación, situación que también permitió una reflexión sobre los diversos aspectos que lo constituyen.

Entre esos elementos constitutivos se encuentra el artista y sobre su figura se han formulado un mar de inquietudes. Algunas de las preguntas fundamentales son: qué significa ser artista, quiénes pueden llegar a serlo o cómo se llega a serlo y, en relación a ellas, siempre tenemos que tener en consideración que es sólo socialmente y en la misma dinámica interna del campo del arte en donde se define que alguien sea o no un artista. Sólo teniendo en cuenta la dimensión social, y por lo tanto cambiante, de este agente podemos apreciar cómo la noción del artista se va modificando históricamente y cómo esas variaciones no se suprimen entre sí sino que conviven simultáneamente en la cultura.

En aquellos inicios en los que el arte comienza a ser un campo relativamente autónomo, definir al artista no comportaba ninguna dificultad ya que artista era aquel que había transitado por una formación académica. Las academias de bellas artes, que surgen a mediados del siglo XVI, pero que alcanzan su mayor difusión a comienzos del XVIII, son las primeras instituciones que establecen ciertas normas en relación a la producción de arte ya que cultivan determinados lenguajes artísticos, técnicas, géneros y estilos. No obstante, encontramos en oposición al artista académico otro tipo de artista que es el autodidacta, aquel que sigue sus instintos o que ha adquirido conocimientos transmitidos de generación en generación y no por medio de una formación en la academia. Aquello que producía el artista autodidacta era considerado una artesanía pero no arte ya que para esta época todas las producciones culturales que se ubicaran en los márgenes de la enseñanza oficial no tenían la posibilidad de alcanzar tal estatus.

Lo crucial es entender que a lo largo de los siglos y llegando hasta nuestra actualidad, las concepciones acerca del artista se han bifurcado y multiplicado de tal manera que ya no podemos recurrir a un argumento tan claro como el que sostiene que un artista es sólo aquel que se forma académicamente. Sin embargo, tampoco sería correcto afirmar que esa manera de pensar al artista haya desaparecido completamente. En todo caso, lo que ha sucedido es que esa concepción fue desplazada del lugar privilegiado que siglos atrás supo ocupar por otras nuevas. Hoy en día se hace imposible alcanzar una definición unívoca o estable de lo que significa ser artista porque los distintos momentos de la historia de la cultura y sus sociedades han recuperado y creado nuevas lecturas sobre esta figura, situación que evidencia la dimensión social que determina lo artístico en todos sus niveles.

Si se busca indagar acerca de las diversas concepciones que la sociedad de cada etapa histórica tiene del artista, es fundamental consultar La leyenda del artista, un libro de 1934 en el que Ernst Kris y Kurz Otto llevan a cabo una recopilación de algunos de los estereotipos que circularon culturalmente en relación a esta figura y que encontraban su origen en diversas fuentes literarias o pictóricas del pasado. El objetivo de estos autores fue identificar ciertas tipologías, como por ejemplo la del artista héroe o la del artista mago, entendiendo que el artista y todo aquello que se piensa sobre él es algo que se construye socialmente en los discursos.

Sin embargo, las reflexiones sobre este tema no se restringen sólo a las referencias bibliográficas del pasado ni deben ser extraídas de rigurosos estudios de tipo académico, sino que son muy fácilmente constatables en aquellas producciones culturales en las que se abordan y problematizan aspectos relativos a la noción del artista y su rol en el campo del arte. En este sentido, podemos encontrar infinidades de obras pertenecientes al campo de la literatura, al de las artes plásticas o al cine, entre otros lenguajes artísticos, que nos ayudan a identificar tipologías nuevas y pretéritas.

Para traer un ejemplo perteneciente al universo cinematográfico actual y bastante popular, podemos pensar en la película Medianoche en París de Woody Allen en la que, entre otras cosas, se tematiza el ambiente artístico de esa capital cultural por la década de 1920 en la que se forjaron algunos de los movimientos de vanguardia más importantes del siglo XX. El film elabora una mirada nostálgica sobre aquella época de debates artísticos e intelectuales y mediante la construcción de una figura heroica de los artistas del pasado que aún confiaban en el poder revolucionario de un arte unido a la vida.

Como señalamos hasta aquí, los imaginarios culturales o tipologías en relación al artista son discursos que circulan sin cesar en la sociedad y que pueden ser encontrados en diversos soportes. Este es el caso de dos películas nacionales estrenadas entre 2008 y 2009 dirigidas por la dupla de cineastas Mariano Cohn y Gastón Duprat, El artista y El hombre de al lado. En estos films se expresa una mirada particular sobre algunos aspectos del ambiente artístico en nuestras latitudes y se reflexiona acerca de las instituciones y todo el abanico de personajes que en él participan. Como ambos constituyen discursos que piensan el universo artístico son adecuados para observar ciertas representaciones que se han asociado a la figura del artista, algunas muy propias de nuestra época, y otras más tradicionales pero que siguen circulando en nuestra cultura.

En estas películas se pueden encontrar una multiplicidad de construcciones en relación a la figura del artista y podemos empezar por describir dos tipologías que se oponen entre sí. Una es la del artista como genio inspirado, una concepción muy divulgada y tradicional que surge en el pasado y frente a ella otra tipología mucho más actual que es la del artista “del momento”.

Pensar al artista como un genio inspirado es uno de los tópicos más representativos del romanticismo del siglo XVIII. En relación a la creación artística ese momento histórico ha dado origen a un tipo de artista que crea sus obras mediante un rapto de inspiración trascendente que expresa alguna esencia. En esta concepción subyace, por caso, el pensamiento de Víctor Hugo para quien el artista es un genio atravesado por una inspiración que surge de la naturaleza y de la verdad. Sin necesidad de recurrir a la historia del arte, hoy sigue circulando en nuestra sociedad la idea de que los artistas son seres tocados por una varita mágica y que poseen una sensibilidad y un talento o don innato del que el resto de los seres humanos carecemos. En oposición a esta construcción del artista genio, encontramos otra noción que también fue forjada alrededor del 1800 que es la del artista entendido como genio operador o demiurgo, es decir, aquel que no necesita de una inspiración supraterrenal para crear. A la figura del genio inspirado también se asocia aquella representación del artista solitario que produce sus obras desde el anonimato y en soledad, sin que el público ni el mundo del arte tenga contacto con él. Este es el artista que crea desde su torre de marfil, desvinculado de la vida pública e indiferente ante ella; como ejemplo de esto podemos pensar en algunas construcciones biográficas que se han hecho sobre la figura de Miguel Ángel Buonarroti que lo pintan como un personaje tosco, huraño sin mucho interés en la vida en sociedad y absorto en su proceso de creación. Todas estas representaciones datan de tiempos pretéritos y, sin embargo, es significativa la vigencia que siguen teniendo en nuestros días.
 
En la vereda opuesta, las películas construyen una mirada que responde más a nuestra época que es la del artista del momento. Este tipo de artista es mostrado como la novedad de hoy y el olvido de mañana, es el artista que está de moda pero que también corre el riesgo de ser destronado en un instante y es justamente por su condición efímera que su arte sólo puede generar modas, pero nunca un estilo perdurable en el tiempo. Este artista es lo opuesto al artista recluido que nombramos anteriormente ya que al estar mediatizado se convierte en una figura pública conocida por toda la comunidad. Se podría decir que este perfil que los films construyen sobre el artista del momento pone de relieve dos maneras diferentes de entender el arte: pensándolo como algo perdurable en el tiempo, que trasciende fronteras temporales o como algo efímero, con un funcionamiento similar al de la moda. Como ejemplo de esta tipología podemos pensar en Milo Lockett, un artista del Chaco que comenzó a hacerse conocido desde el 2009 y cuya carrera experimentó una difusión de tal magnitud que pasó sin medias tintas del anonimato a la masividad.

Como consecuencia de su popularidad , hoy por hoy tiene su propio programa en Canal (á), Milo y la Casa de la Provincia del Chaco reemplazó las vasijas y los telares que antes solían exhibirse por sus cuadros. No sólo es su obra la que está mediatizada sino también su vida, sus orígenes humildes en el Chaco y las acciones benéficas que lleva a cabo en aquella provincia.

Volviendo a nuestro tema, otra de las construcciones sobre la figura del artista que podemos encontrar en los films es la del artista loco. La filiación entre locura y arte es una de las construcciones sociales más tradicionales y que, al igual que otras que hemos ido nombrando con anterioridad, responde a un imaginario cultural del pasado. Las biografías de Vincent Van Gogh, Antonin Artaud o Edgard Allan Poe son algunos ejemplos que reconfirman esa correspondencia entre la demencia y el arte que aún hoy circula en nuestra cultura. Sin embargo, si indagamos un poco más podemos hablar no sólo de la locura como algo que se asimila al arte sino de los procesos inconscientes y su relación con lo artístico. Poco a poco se fue generando una mirada benévola en relación a aquellas producciones artísticas que los artistas realizan en un estado de liberación de las fuerzas opresoras de la razón. En este sentido, a pesar de que fueron los artistas surrealistas los que exacerbaron este procedimiento tanto en el ámbito de la literatura como en el de la pintura y también en otros lenguajes artísticos, la idea de que el artista puede realizar un arte mejor si se encuentra en un estado alterado de conciencia goza de una total actualidad. No hay que buscar demasiado para que aparezcan los ejemplos: podemos ir desde la imagen psicodélica y lisérgica que se ha cimentado en la cultura en relación a la música de Los Beatles hasta nuestro denominado “rock chabón”.

Desandar el camino de aquellas construcciones sociales cristalizadas que refieren no sólo a la figura del artista sino a todo los niveles del campo del arte no es tarea fácil, sin embargo, es aquello que nos permite entender la manera en la que pensamos nuestra propia cultura. Como muestra este recorrido, que es por demás fragmentario, convivimos con una pluralidad de ideas y concepciones acerca de lo que es ser un artista que van modificándose o complementándose constantemente. En vistas de esto, se hace necesario abandonar la búsqueda de un significado esencialista en relación a esta problemática y, en lugar de clausurar, abrir nuevos sentidos.
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