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Cinthia interminable, dirigida por Juan Coulasso y Jazmín Titiunik. Con Eric Mandarina, Germán Botvinik, Juan Fernández Gebauer y Marysol Benítez. Iluminación: Mariano Arrigoni. Arte y Vestuario: Ezequiel Galeano. Fotografía: Akira Patiño. Escenografía: Marcos Berta. Sonido: Ignacio Sepúlveda. Maquillaje: Ana Sol García Dinerstein. Producción Ejecutiva: Luciana Martínez y Gabriela Paolillo. Teatro Sala Beckett. Guardia Vieja 3556. Funciones: Viernes 23 hs. Entrada: $ 80 y $ 50.



Lo interminable en Cinthia, parece ser el cuerpo. Una obra de teatro que, de tanto teatro, de tanto insistir sobre lo que sostiene al teatro --el cuerpo del actor--  linda, roza, las esferas de la danza. Una obra de teatro que se desborda. No porque el tema del traspaso de los límites entre los distintos lenguajes artísticos sea cosa nueva, pero Cinthia… llega a ciertas fronteras, ocupa ciertos espacios que hacen reflexionar sobre el recorrido que está haciendo el teatro que se aleja cada vez más del texto y se construye casi exclusivamente sobre el movimiento.
 
El camino del teatro que se acerca a la danza y el de la danza que, por su parte, cada vez más se despreocupa del movimiento. Que no se malinterprete, no es en sentido peyorativo que se apuntan  estas ideas. No es indignante ni escandaloso que esto sea así. Solo resulta interesante remarcar los rumbos que el arte va abriendo: un teatro que es casi danza, una danza que es casi teatro; un teatro que ya casi no habla (en sentido estricto), una danza que habla cada vez más; un teatro que se mueve, una danza que se queda quieta. Al fin y al cabo, siempre se supo que esto de separar al arte en lenguajes, era, por lo menos, arbitrario.
 
El cuento ya es viejo, pero en Cinthia se hace carne sin querer, o mejor dicho, sin intentar ser una provocación directa. Hay cierta madurez en esta realización. Problematiza las capacidades de representación del teatro (o las multiplica…o las hace interminables) pero sin ser eso mismo la temática de la obra. No está peleándose con la herencia teatral. Simplemente la asume y da un paso adelante (o hacia atrás, o al costado da igual, más bien da un paso para otro lado, que ya es mucho). En Cinthia, el cuerpo es interminable. Desborda permanentemente.
 
En una mesa de comedor, están sentados los integrantes de una familia. La madre, con los ojos que se entreabren y que están permanentemente al borde del llanto, los niños con una media sonrisa impávida que solo se desdibuja en momentos muy tensos. El padre, parado detrás comienza a dar órdenes (es el único que habla), grita, exige la cena que debiera haber sido, da indicaciones del buen comer, manipula a su esposa y a sus hijos. Nada. No hay respuesta de ningún tipo. Y él sigue repitiendo “orden, método y disciplina” y se violenta. Los demás permanecen inmutables porque eso es lo que deben hacer: lo primero es el respeto al padre y al esposo.
 
En esta familia que poco se dice, mucho está pasando. A través de secuencias de movimiento impecables, de una prolijidad extrema, y repletas de una potencia que hace que nuestra mirada, a pesar de todo, disfrute, los intérpretes logran que se comprenda todo lo que sucede sin necesidad de que pronuncien palabra. Uno de los hijos aprende del padre la violencia, la madre nos muestra lo repetitivo, maquinal y descolorido que es su mundo como ama de casa, los hijos nos revelan sus deseos escondidos, todos exponen su mutua repulsión y hartazgo. Los espectadores pasan de la indignación a la bronca, al enojo por estas situaciones, pero también atraviesan el placer de poder sentir en sus propios cuerpos algo de lo que sucede arriba del escenario, hay cosas que solo se pueden decir de cuerpo a cuerpo.
 
Dicen, que lo que entra por un oído sale por el otro, y el rastro, si queda, permanece dando vueltas en la cabeza. Pero… lo que entra por el cuerpo entero, sale ¿por dónde?, lo atraviesa completamente, y el rastro, entonces queda en todo el cuerpo. Al final, cuando todo está a punto de explotar (o de implosionar), siguen comiendo, el padre ordena que sigan comiendo. Las formas hay que guardarlas siempre. En Cinthia, el cuerpo es interminable. Porque es el que cuenta, pero también el que conserva las marcas del pasado.
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