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Un viaje onírico a la realidad
La gran belleza (La grande bellezza), dirigida por Paolo Sorrentino. Con Toni Servillo, Carlo Verdone y Sabrina Ferilli.



Ganadora del último Oscar de la Academia a Mejor Película Extranjera, La Grande Bellezza, producción del napolitano Paolo Sorrentino, fue desde su estreno en el Festival de Cannes de 2013, un éxito de crítica y audiencia rotunda. Tras su incursión en ingles (This Must Be the Place, con Sean Penn), Sorrentino retoma su interés por mostrar la polisémica identidad italiana. Semejanzas con la realidad no son mera coincidencia y las analogías con la era “berlusconiana” son inevitables. Como en Il divo del 2009, el genial Toni Servillo le pone el cuerpo al protagonista, en este caso un carismático y bon vivant conflictuado llamado Jep Gambardella.

El director hace gala de una producción expansiva y voluptuosa de la que nadie quedará inmune. La gramática posmoderna del montaje fragmentario acentúa la segmentación de la historia que pareciera no tener principio ni fin. En La Grande Belleza está presente aquel pastiche irreverente de Rancière, desfachatada mezcla entre elementos del lenguaje modernos y tradicionales. En la Roma de Sorrentino conviven y danzan entre sí los contrastes, la espiritualidad con las fiestas eternas,  las lánguidas modelos con los enanos, la serenata mexicana con el striptease, la carne joven con los ancianos demodé. El desenfreno y el ensimismamiento bailan al ritmo de Rafaela Carrá.

El film es la historia de un sexagenario en la desesperada búsqueda del motivo vital de su existencia. Jep Gambardella, escritor perteneciente a la decadente elite romana actual, deambula junto a viejos amigos la tortuosa sinrazón de aquel de mente lúcida que se siente envejecer. A propósito, el fragmento del poema de Louis Ferdinand Celine que abre el film es esclarecedor y brinda al espectador una guía de la que aferrarse cuando el devenir ecléctico de los acontecimientos lo deje abrumado. El viaje, dice Celine, entre la vida y la muerte es imaginario, es todo un truco, y para estar en otro lado, sólo bastaría con cerrar los ojos y dejarse mecer al compás de Lele Marchitelli o Rachel’s, como la hacen los personajes.

En ese sentido, no es azarosa la oscilación entre lo onírico y la realidad. Los planos cortos al escritor mientras reflexiona absorto, se repiten cuando soñador entrecierra los parpados para encontrar mares de cielorraso flotando sobre su sofá cama. La banda de sonido exquisitamente seleccionada, los exteriores escenográficos y los personajes hiperbólicos refuerzan la retórica del sueño. Todo puede pasar en la imaginación y en la vida de Jep Gambardella y sus amigos. Todo ha pasado ya y el futuro es incierto en la Roma de Sorrentino.

Atravesado por la muerte, como la propia vida, La Grande Bellezza no deja de interpelar al espectador en cada dialogo mordaz, en cada observación irónica, a la vez tan propia del cinismo del protagonista. Es que los parlamentos de Jep son absolutos, no podría decirse mejor ni pensarse de otra manera. En ese discurrir sin cesar que termina siempre en el mismo lugar y con la misma forma, la fuerza metafórica del agua cobra en el film singular importancia. Todo fluye y es imposible escapar, sólo resta dejarse llevar por la corriente y disfrutar de la gran belleza de ese océano de ensueños que es la vida.
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