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La importancia de ser Roswell
Los Roswells en Melonio bar, Montevideo 175, 31 de mayo de 2014. Entrada: 20 pesos (negociables).



"Apenas si puedo reprimir el remordimiento por haber malgastado tantos años de mi vida sin haber conocido una voluptuosidad tan barata y desprovista de todo riesgo. Hay algo raro y embriagador en ello."
Witold Gombrowicz
 
 
La casi totalidad de las bandas de la Argentina no llenan un estadio. Tampoco hay muchas que puedan completar las localidades que ofrece un teatro, independientemente de las dimensiones del mismo. En proporción a la suma de las existentes, prácticamente ninguna colma los límites de un bar. Poquísimas salen de gira. Y se puede seguir bajando y bajando hasta llegar a Los Roswells, una banda punk cabeza (en alguna ocasión también referido por sus miembros como “punk misógino” y “punk escatológico”) que, de alguna manera, ha hechizado a poco menos de una veintena de fieles seguidores. Anunciado como el último recital en el que iba a participar Ezequiel Roswell, único miembro fundador todavía vigente en la formación, Melonio Bar recibió a Los Roswells para dar un botón de muestra de este grupo. Analizar este recital es preguntarse por todas las bandas chicas que pueblan la Argentina, por todas las que quieren decir algo a pesar de los constantes embates de la fortuna, por todos los sueños de los jóvenes que alguna vez empuñaron una guitarra o se creyeron con una voz digna de ser escuchada.
 
Melonio Bar tiene una planta baja y un sótano. La primera es atendida por gente entrada en años y en carnes, que tienen tatuajes como cicatrices de una lejana juventud rebelde que se empecinan en mantener más por costumbre que ganas. Al bajar, aparece un espacio que no superaría inspección alguna, por benigna que sea. Allí, con un ambiente que parece viciado, el humo constante que proviene de las más diversas sustancias recorre el aire y hay otra barra en la que una chica distribuye litros de cerveza en vasos enormes. Buena parte del público de Los Roswells se conoce entre sí. Algunos sólo se ven en ese contexto, se saludan, saben a quién le toca subir a cantar determinado tema, comparten cervezas por esa extraña unión que forma el estar. Tampoco es un público punk promedio, no hay crestas ni camperas con pinches. En su mayoría, son oficinistas que rondan los treinta años, gente que casi siempre tiene estudios superiores a los que se suman un grupo de adolescentes que han sido atraídos, en su mayoría, por el hijo del bajista de una banda amiga de Los Roswells. Los mismos Roswells tampoco son lo esperable en este tipo de bandas; se incluyen licenciados en Letras, bibliotecarios y otras yerbas. La promesa de destrucción y de falta de futuro que tiene el punk parece un juego aquí, una puesta en escena que dura lo que dura la representación.
 
Terminan de tocar Los porrones, uno de los mejores recitales que se les ha escuchado tras su vuelta y el ambiente retoma la densidad típica de un recital Roswell, una que es muy difícil de explicar pero muy fácil de entender si se está ahí. Los músicos organizan sus pertrechos, Caro Porrón se transforma en Caro Roswell y se pone detrás de la batería, María Roswell intenta afinar el bajo al tiempo que hace unas escalas azarosas y Mariano Roswell prueba la guitarra mientras da indicaciones a un oculto operador de sonido para que la cosa funcione. Es una corta ceremonia que se detiene bruscamente cuando Ezequiel Roswell toma el micrófono y exclama “Buenas noches, putos” con una voz grave, el micrófono en una mano, el puño apretado en la otra, actitud de no esperar nada de nadie.
 
Los veinte fans se congregan alrededor de la banda y algunos, que vinieron para escuchar a otras agrupaciones, se suman con generosa curiosidad. Empiezan con un ritmo tranquilo, la voz de Ezequiel se escucha nítida por sobre la guitarra de Mariano que dibuja sobre el monótono ir y venir de la batería. Entona las primeras estrofas de uno de los grandes éxitos de la banda, “Oso Polar”, canción que empieza con dos versos que deberían ser incluidos entre los mejores de la historia de la lengua castellana: “¿Cómo te puedo explicar/ que no me importa lo que pensás?”. Enorme tensión se acumula allí, hay un intento de explicar, de preguntarse en forma consciente cómo hacerlo bien, pero esa explicación es sobre lo poco que le importa el pensamiento ajeno: ¿cómo te explico que no me importa explicarte? Dos versos que resumen el sentir de una generación y que, en el estribillo, se vuelven violentos: “Yo no quiero ser tu amigo/quiero ser un vampiro/ y chuparte el flujo femenino”. Los fans gritan a voz en cuello esas estrofas, María Roswell y Caro Roswell también, Mariano Roswell hace la segunda voz para reafirmar la proclama de Ezequiel y el estruendo se eleva muchísimos decibeles, un subir y bajar que es toda la experiencia Roswell, casi siempre igual a sí misma, con una base en la que se desarrolla una situación y un estribillo furioso en el que, siempre, todo explota por el lado más grueso: en “Cómo las quiero” Ezequiel coordina el grito del público: “Putas,/son todas putas”, en “Miserable boy scout” se grita “Porque yo,/vivo escuchando punk rock/ y yo, me cojo a tu vieja /y vos/ vos sos sólo un triste boy scout”, hay un largo etcétera.
 
Los Roswells no apelan a una identificación con su público, no enfatizan (como hizo el rock chabón) la eventualidad de estar arriba o abajo del escenario. Directamente la ejercen. Ezequiel anuncia “Vamos a hacer Veterana, ¿alguien quiere cantar?” y alguien se sube y canta. A lo largo de los recitales, ciertos intérpretes se han adueñado de ciertos temas. Pasa con “Veterana”, también con “Gorda, gordaza”. Los Roswells partieron como una broma musical entre Santi Roswell, Damián Roswell y Ezequiel Roswell. Hacer letras obscenas, principalmente ideadas por Santi, y agregarles música es algo que interesa a mucha gente. Mantenerlo durante siete años, con idas y vueltas, con distintas formaciones, es menos común. En especial cuando los temas son casi siempre viejos (y por eso conocidos y fáciles de corear), apenas hay novedad en Los Roswells, “Novia umbanda” y “La canción de Mariano” ya tienen un buen par de años. Musicalmente, las innovaciones también son mínimas, la guitarra de Mariano suena siempre bien y salvará todo lo que pueda ensuciar el bajo de María, Carolina ha ido aprendiendo a tocar la batería más o menos el mismo tiempo que lleva en el grupo y ya es una sólida intérprete. No son temas de compleja ejecución, pero mantienen el ánimo de broma, de travesura que tiene toda la experiencia. Es una bola de ruido que genera una sonrisa y que, en cierta forma, ha sabido mantener el espíritu amateur que funciona como fuente de eterna juventud. Porque en todo ser humano anida el deseo de gritar obscenidades a voz en cuello, de buscar la forma de detallar por qué todo es un desastre y sólo en los más lúcidos se evita caer en la agachada de intentar solucionarlo. Y si Los Roswells no son más conocidos o no han llegado a llenar bares, teatros ni estadios (aunque, los que saben, cuentan de un mítico recital que habría tenido lugar en una iglesia) es un poco porque en su planteo mismo parece estar su condenación: el día que hagan eso mismo que hacen pero en serio, dejarán de ser Roswells. Por supuesto, tras terminar el recital, Ezequiel Roswell estaba preguntando a los demás miembros de la nueva guardia cuándo sería el próximo, su renuncia no tuvo efecto y nadie se preguntó por qué sí cuando la presentó ni por qué no cuando la quitó. Condena y bendición, se es o no se es Roswell, nadie se sube ni se baja por su propia voluntad.
Ezequiel Roswell
dice:

Muchas gracias por la reseña, después de casi dos años encuentro este artículo dedicado a un recital nuestro! Saludos!
20.01.16


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