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La insoportable reprensión del ser

Relatos salvajes, dirigida por Damian Szifron. Con Ricardo Darin, Oscar Martinez y Leonardo Sbaraglia.




¿Quién es un hombre libre? ¿Qué es la libertad? Estas parecen ser  las incógnitas que penetran las mentes de los seres salvajes representados en la nueva película de Damián Szifron. Seres absorbidos por un pasado que les pesa, por un futuro que los amenaza, observados por una sociedad insípida donde todos son victimarios (y víctimas). Relatos salvajes con  seis episodios logra una radiografía perfecta de una realidad social latente: el intendente corrupto, la lucha constante entre “el resentido” y el empresario (o el más fuerte), la enfermedad de la burocracia, la muerte de un inocente no tan ingenuo y, de repente, un clip de fotos de Erica Rivas y Diego Gentile.
 
Si bien en cuanto a la estética, la película tiene un abordaje prolijo, correcto e incluso bello, es imposible no caer en la descripción narrativa de la historia. Los planos sin duda acompañan el vértigo de los personajes al igual que la música de Gustavo Santaolalla y justamente es el montaje lo que permite al espectador entrar de lleno al relato. Es un placer visual donde lo único que desborda es la cabeza de los protagonistas extasiados. El film plantea un supuesto que suena a ironía y la moral parece desvanecerse en el aire empujada por una falsa construcción del bien y del mal. ¿Quién dispone que es lo  correcto en un mundo de mentiras? ¿Hasta dónde puede soportar la mente humana sin la existencia de la adorable represión? A modo de respuesta  Szifron parece dar una palmadita en el hombro: “tranquilo, campeón, somos todos igual de reprimidos”, y con esto juega en Relatos salvajes.
 
 La sociedad sigue siendo la misma y es imposible sentirse ajeno a ella, sin embargo, los personajes tienen otro papel, el papel del inconsciente, del deseo. Llevan al extremo todo eso que se escapa de la racionalidad (o de lo permitido). Por medio de acciones, para nada predecibles,  los intérpretes no solo abarcan la explosión de la violencia, si no que documentan un acto de justicia; un stop mental; y la lucha grotesca entre  las clases dominantes, las no tan dominantes y la falsa dominación. Entonces, si este mundo “civilizado” funciona como una cárcel (o peor), ¿quién es un hombre libre? Nadie, igual cada cual anhela la falsa libertad del otro por vivir de maneras diferentes.
 
Es banal caer en que Relatos salvajes es la tragicomedia de la existencia, porque es la tragedia a carne viva: el héroe es el sacadito que hace volar el espacio físico donde operan un par de delincuentes funcionales; y la “hija de puta” es la que le quiere sacar la plata al marido que la convirtió en el venado de la selva en su propia fiesta de casamiento. Ellos estallan, suspiran en la locura por estar demasiado cuerdos, pero la vida sigue sucediendo. Relatos salvajes es una crítica social preocupada por la cabeza de las personas. Siempre hay tiempo para vengarse o ser un poco más parecido a lo que uno odia. ¿No será eso en verdad lo salvaje? ¿La intuición que los lleva a lo recíproco de responder a todo con más mentiras y más violencia? Si, la mente humana es perversa y  el espectador se ríe… se ríe de  lo absurdo de sí mismo. 
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