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Farinelli: la voz del “off” que se deja oír
Farinelli, el castrado, de Rolo Sosiuk. Dirigida por Rolo Sosiuk. Dirección musical de Jorge Caldelari. Con Penélope Bahl, Gonzalo Foncea y Rodrigo Fornillo. En el teatro Empire. Hipólito Yrigoyen 1934, CABA. Funciones: viernes 22.45 hs. Entrada: $ 150.



Llevar al teatro musical una historia del siglo XVIII puede entrañar una serie de riesgos. En primer lugar, cuando se opta por la “fidelidad” a la biografía del personaje que da vida a una obra, se pueden obtener historias interesantes como la de Los Miserables, con personajes lineales y fáciles de acompañar a lo largo de una hora y media, contagiarse de sus pasiones y compadecerse de sus infortunios.  Si por otra parte se optara por la transposición de temas y motivos a la contemporaneidad, se puede obtener un resultado igualmente exitoso, como la versión de Romeo y Julieta de William Shakespeare que fue llevada al cine por Baz Luhrmann en 1996, donde el cambio de época permite que los personajes se tornen más complejos y sus pasiones cobren nuevas dimensiones. 
 
Farinelli, la obra estrenada el 5 de Septiembre en el teatro Empire comparte con las anteriormente citadas el mérito de debilitar la acentuación en lo epocal de la historia, para que toda la atención se centre en los personajes y su despliegue de voces y acciones sobre el escenario. Con una escenografía despojada, valiéndose con gran astucia de una escalera móvil que se traslada por el escenario, de escena en escena, y acompañada por la proyección de videos de formas orgánicas o abstractas sobre el telón de fondo, la primera hora logra crear una atmósfera seductora gracias a la iluminación intimista, la música en vivo, y la eficacia de los coros.
 
La voz del protagonista, Rodrigo Fornillo, acierta en la creación de un Farinelli convincente y sólido, a la vez que recrea acertadamente sus debilidades, producto de una niñez y juventud cercenadas. Se destacan en esta primera parte, el “racconto” de las situaciones y personajes clave del “siglo de las luces” que tiene a su cargo el coro, y que ubica al espectador en el contexto histórico, lo justo y necesario para hacer comprensibles los verosímiles de la puesta; las angustias de la madre del artista (la excelente cantante, Georgina Frere), las hipnóticas escenas eróticas a cargo del ensemble; y la escena del ménage à trois, a cargo de Fornillo, Foncea y Pahl, resuelta con habilidad y elegancia.
 
Si bien los cortes de escena están marcados solo por la oscuridad, promediando la representación se puede advertir una segunda parte, donde el director y dramaturgo, Rolo Sosiuk, introduce un efecto de flashback al volver sobre la infancia de Farinelli, sus padres y maestro, así como la relación con su hermano. Se quiebra de esta manera el crescendo dramático que venía construyendo la obra y en lugar de darle “aire” a la representación, quizás logra sin proponérselo que la narrativa se torne repetitiva y los acontecimientos parezcan precipitarse en la hora final, en una rápida sucesión de escenas donde la decepción, el engaño, la muerte y la locura hacen su aparición para desvanecerse sin poder asentarse con la misma profundidad lograda en la primera parte.
 
En suma, Farinelli, el castrado (Un musical barroco), con el toque de humor y autoconciencia que parece reflejar esta última frase, logra serlo de manera acertada. Sin embargo, el vestuario de época, los peinados, y el maquillaje adecuados, la puesta minimalista, el excelente acompañamiento de la orquesta de cuerdas y piano en vivo, unidos a elementos acaso surrealistas como la presencia de demonios, que acompañan fielmente a los personajes en cada una de las escenas, constituyen los fundamentos de una gran obra, no necesariamente barroca, que con algunos retoques y acortamientos pudiera estar destinada a ser un verdadero acierto del teatro musical y un lujo para el “off” porteño.
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