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Recurrir a la ficción para encontrarse
Recordar 30 años para vivir 65 minutos, dirigida e interpretada por Marina Otero. En El excéntrico de la 18, Lerma 420.
 
Alguien pega una foto en el ventanal. Luego, la misma persona fija en algún otro vidrio una hoja blanca con una frase escrita a mano: “¿Y si lo que recuerdo, lo inventé?”. Más allá, otra foto: una nena posando, disfrazada de princesa. Otra más: una nena, ya adolescente, rodeada de chicos. Otra hoja: “¿Qué hace que algo sea real?”. Más acá, un documento de identidad: Marina Belén Otero. Se le superpone un garabato y otro papel: “¿Qué es bailar?”. Otra foto, otra hoja, otro garabato, y otra nota más que avisa: “Guarda la ficción”.
La ante-obra ya había empezado en la antesala. Se armaba por pedazos, por un collage acumulativo infinito que había empezado en algún momento, pero que no se conocía cuándo ni dónde iba a terminar. Un prólogo en permanente formación mientras se espera para entrar. Las fotos se van sumando a las preguntas existenciales. Fragmentos de vida. De vida pasada (o presente en el recuerdo), partes de una identidad cristalizadas, fijadas para siempre en imágenes fotográficas, en interrogantes manuscritos. No hay un orden aparente en la sumatoria de esas piezas. No es cronológico, no es espacial, no es necesariamente plástico, ni prolijo. Son partes de recuerdo arrojadas sobre el ventanal.
“Guarda la ficción”. Con esta frase que resuena, se entra en la sala. Ella se presenta, cuenta sobre su infancia mientras se la ve, niña, en alguno de sus festejos de cumpleaños en un video casero de los noventa. Y no tarda en hacer saber que la obra abordará eso, su propia vida artístico/personal.
Desde ese instante, comienzan a surgir, uno detrás del otro, arrolladora y fugazmente, retazos de vida de Marina Otero, el personaje. No, la mujer. No, la bailarina. No, la actriz, la hermana, la novia, la hija. ¿El personaje Marina? ¿O la persona Marina? Volviendo a los papeles manuscritos del prólogo: “¿Qué hace que algo sea real?”, “¿Y si lo que recuerdo, lo inventé?”.
 
Entonces se expone. Expone la relación con su familia, cuenta sobre sus relaciones amorosas y algunas de sus íntimas fantasías sexuales. Exhibe sus dudas, debilidades y fortalezas. Pero no sólo revela historias pasadas. Se exhibe, también, presente, en lo extremadamente físico de un baldazo de agua recibido por parte de un espectador invitado al escenario, en lo increíblemente concreto de movimientos entrecortados y bruscos que hacen golpear el cuerpo con el piso y que producen sonidos secos; presente en la potencia que transmite improvisando un tema a capella con el micrófono y colgándose por los recovecos de la sala.
 
Mostrar, mostrar, mostrar esos fragmentos de realidad/ficción para recordar y preguntarse sobre sus propias elecciones, sobre su carrera artística y hasta sobre esta mismísima obra que estamos presenciando, a través de la lectura en vivo de alguna opinión sobre funciones pasadas.
Los videos están ahí, las fotos están ahí, la ropa vieja está ahí, sus emociones están ahí, las obras anteriores, los ex, la tía abuela, el whisky. Pero también el asistente de escena, el público, la persona y el personaje. Todo se muestra en una lógica documental en la que Marina presenta su propia vida a través de una autobiografía  efímera, ficcional y, siempre, infinita. Va emparchando el ventanal, el escenario y su presente con gajos de recuerdo mediante los cuales, admite, intenta encontrarse. Y tanto y tan poderosa y sinceramente se abre que en la grieta que asoma se empiezan a ver también los espectadores. 
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