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Resignarse a la incomprensión
Sin lugar para los débiles (No country for old men), dirigida por Joel y Ethan Coen. Con Tommy Lee Jones, Javier Bardem y Josh Brolin.



Basado en una novela de Cormac McCarthy, No country for old men es un film en donde los personajes nos conducen a través de un presente concreto, violento e incomprensible que desborda ante un pasado añorado y nos acerca a un impreciso futuro.

Una pantalla de policial esconde una historia en donde lo que se juega son los códigos de cada personaje y hasta dónde están dispuestos a seguirlos: sus culpas, sus remordimientos, sus ambiciones. Entre todos ellos, Ed Tom Bell, un sheriff nostálgico y reflexivo, funciona de guía de la historia: el principio y el final del film son suyos.

Junto con planos generales del desierto texano que sugieren la desolación, la aridez y la extensión, el primer monólogo nos muestra al personaje de Tommy Lee Jones añorando un pasado en donde, a su entender, a diferencia del presente, existían códigos, un hombre que se lamenta del nivel y modo de violencia contemporáneo y evoca los tiempos en que no era necesario llevar un arma para el cumplimiento de su deber.

La perplejidad que vive Ed Tom Bell ante su época es la misma que vive el espectador ante un personaje como el de Javier Bardem, Anton Chigurh, que se acerca al motivo de un asesino serial sin serlo del todo. Sus asesinatos se suceden sin una intención personal o moral, él tiene un objetivo conciso y sus propias reglas que, a pesar de ser insólitas para los demás, las sigue a rajatabla sin cuestionarse las consecuencias. Ya de entrada nos preguntamos por ese extraño dispositivo que un policía le secuestra que parece ser un tanque de oxígeno. La importancia de este elemento se ve reforzada por los planos que muestran solamente las piernas de Bardem cada vez que entra a algún lugar y a este artefacto que cuelga de sus dedos. Desconcierta su nivel de violencia, sus modos de entender las situaciones que lo llevan a la aparente sin razón de alguna de las muertes, no se comprende bien por qué a algunos les otorga el “beneficio” del azar y otros no tienen opción. Lo que más asusta y confunde es su serenidad y aplomo ante esas muertes que nos acercan tanto los ángulos de las tomas que muestran su rostro durante un asesinato así como también el manejo de los tiempos que intensifican la tensión y alejan el desenlace de las situaciones.

El personaje de Josh Brolin, Llewelyn Moss, hace que mantengamos la esperanza, por un momento, de que Chigurh tendrá su merecido: es el único que lo lastima y es el único que parece poder enfrentarlo y darnos así la tranquilidad de que todo volvió a su lugar. Pero eso no es lo que nos muestran los Coen. La violencia y la extrañeza son protagonistas, la suerte que le toca y sus acciones ponen en juego también sus propios límites.

La lentitud con la que se desarrolla la mayoría de las acciones -la cámara se toma el tiempo de tomar la expresión de los personajes, algunas de las pausas entre interlocutores son bastante largas, los planos detalle de la rendija iluminada debajo de las puertas y del agujero que deja el arma de Anton en las cerraduras- abren un espacio imprescindible de reflexión otorgando al espectador el tiempo para un cuestionamiento interno, como probando si uno mismo puede lograr comprender.

Este es el tiempo que se toma Ed Tom Bell. Luego de una investigación que resulta poco fructífera ante un delincuente del cual él no puede entender ni sus razones ni sus modos, la noticia del retiro viene a confirmarnos su absoluta impotencia frente a la situación.

Como cierre del círculo, esta vez en la cara de Ed Tom, ya retirado, vemos nuevamente la aridez y la desolación del principio. La incomprensión se hace patente en el rostro de este personaje serio, resignado, mientras relata a su esposa un sueño reciente sobre los “viejos tiempos”, ámbito onírico en donde lo que rige, otra vez, es el desentendimiento.

 

 

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