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Mandarinas o una fábula antibélica
Mandarinas (Mandariinid). Estonia/Georgia, 2013. Guión y dirección: Zaza Urushadze. Con Lembit Ufzak, Elmo Nüganen, Giorgi Nakashidze, Misha Mezkhi.
 
Una cabaña que oficia de carpintería en el medio de un bosque espeso y helado. En su interior, un viejo carpintero trabaja con la sierra eléctrica: el filo frío de la cuchilla, la madera que parece blanda y unas manos que trabajan. Un coche frena afuera, el hombre sale y se encuentra con dos milicianos que primero lo interrogan bruscamente y luego le piden alimento. Esta son las primeras imágenes de Mandarinas, del director georgiano Zaza Urushadze, filme nominado al Oscar a Mejor película en idioma extranjero en 2013, que recién ahora se estrenó en Argentina. Ese contraste entre lo frío y lo caliente, lo peligroso y lo hospitalario, el hombre y la naturaleza, el odio y el afecto, el mapa y el territorio, la guerra y la paz es el eje a partir del cual se desarrolla la historia de cuatro personajes a los que las circunstancias los llevan a compartir un mismo espacio. Ivo (el carpintero) y su amigo, vecino y compañero alla Sancho Panza, Marcus –ambos estonios–  rescatan a dos soldados rivales que resultan gravemente heridos en un enfrentamiento: Ahmed, checheno, serio, robusto y musulmán y Nika, un joven georgiano, prepotente y cristiano.
 
La acción transcurre en el año 1992, durante el conflicto que se conoció como “La Guerra de Abjesia” que enfrentó a abjsianos y georgianos por el dominio de la región, históricamente habitada por familias de origen estonio. El director se sirve de esos antagonismos políticos, religiosos y culturales para transmitir un mensaje antibélico y humanitario que puede resultar naïf, si no fantasioso.
 
Un film casi teatral, en el que la inmensidad del bosque vuelve todavía más claustrofóbica la realidad de estos cuatro hombres. Una historia atravesada por una tensión traducida en diálogos cortos, concisos y duros, en miradas ásperas y cansadas y en escenas cuidadosamente elaboradas en las que cada detalle parece reproducir un equilibrio tan frágil como la paz entre esos dos enemigos que se ven en la situación de tener que compartir la mesa de Ivo a pesar del odio, del rencor, de la necesidad de venganza que los separa y los une a la vez.
 
El exterior y el interior están escenificados y fotografiados por Urushadze en función de dar profundidad a los contrastes. Las escenas al aire libre son frías, con una paleta de colores sombríos y un ambiente brumoso, en el que lo único que resalta es el naranja de las mandarinas. Ese afuera hostil, rudo, en el que no queda otro remedio que enfrentarse a los horrores de la guerra es retratado con planos largos, con una cámara quieta que observa y late. Los escenarios en interiores  –el de la casa de Ivo, especialmente– aparecen organizados y cuidados hasta el más mínimo elemento. Cada objeto que es alcanzado por la cámara obedece a un orden, una austeridad y una elegancia visual que hace de cada plano un instante casi pictórico. El interior es cálido. El interior es amable. El interior es el último rincón donde encontrar un ratito de paz. 
 
La película parecería preguntarse cuántos de los sentimientos que desatan las guerras son naturales a los hombres y cuántos son coyunturales.  A través de 87 minutos, la narración pivotea entre esos puntos opuestos, a la vez que hace visibles las hendiduras a través de las cuales el director entiende que es posible quebrar lo inevitable. Allí están la muerte, el dolor, la soledad, el miedo, el odio, el sinsentido y el silencio, pero también la amistad, los valores, la identidad, la palabra y el honor. Mandarinas da cuenta de esos extremos que se juntan, límites que se borran cuando las circunstancias se vuelven inmanejables, cuando la locura de la guerra desacomoda tanto todo que da lo mismo bombas o mandarinas.
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