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El lado B de una tragedia pasional
La maldecida de Fedra, de Patricia Suárez. Dirección: Marcelo Moncarz. Intérprete: Eleonora Wexler. Teatro Gastón Barral de la UOCRA, Rawson 42, Buenos Aires. Funciones: Sábados 7, 14, 21 y 28 de mayo, 2016. 
 
Escrita por Patricia Suárez y dirigida por Marcelo Moncarz, La maldecida de Fedra es un monólogo introspectivo sobre el desamor y la nostalgia, inspirado en Fedra (1677) de Jean Racine. Lejos de ser una versión unipersonal de la tragedia francesa, la pieza contemporánea repone fragmentariamente el argumento mítico como pretexto para explorar la psiquis de un personaje secundario y marginado. La nodriza de Fedra -convertida aquí en esclava- ocupa el papel central como una mujer desterrada al desierto y condenada a llevar el final de su vida en soledad.
 
Interpretada por Eleonora Wexler y con el nombre de Pelegrina, la protagonista ofrece una declamación descarnada sobre los vínculos humanos, caracterizados -desde su experiencia personal- por las traiciones y el desamor. Vendida por su madre a los ocho años, Pelegrina sufrió tempranamente el abandono y la esclavitud, aunque no guarda resentimiento hacia su familia de origen. En cambio, considera que Fedra es la principal responsable de su desdicha. De esta manera, el texto de Patricia Suárez transgrede un elemento esencial de la cultura griega clásica, presente aún en la tragedia de Racine: la culpabilización del Destino en tanto fuerza superior a la voluntad humana. No son ya las Moiras quienes atormentan al personaje, sino una maldición originada por las pasiones incestuosas de Fedra.
 
En contraste con el desprecio que le merece su Señora, Pelegrina llora la desaparición de su compañero, a quien simplemente llama “perro”. Este personaje innominado representa un daño colateral de la historia protagonizada por Fedra, Teseo e Hipólito: según se relata, el animal huyó ante el drama familiar desatado entre la Señora, su esposo y su hijastro. Desde una presencia puramente discursiva, funciona como hilo conductor del monólogo y constituye una vara con la cual se miden los comportamientos humanos: nadie es tan fiel, bueno y protector como él. La identificación proyectiva de Pelegrina con su perro es resuelta de manera convincente por Wexler, quien se transmuta en escena para adquirir –por momentos- los más bestiales rasgos caninos. 
 
Como si encontrara cierto placer en el catálogo de sus desgracias personales, Pelegrinase aventura a explorar las oscuridades del abandono y el desprecio, desde una honestidad brutal que no admite una inmediata empatía por parte del espectador. Sin embargo, Wexler logra mantener cautivo a su auditorio en un remarcable esfuerzo interpretativo, desprovisto de artilugios que decoren su despliegue corporal. A falta de intervalos, los juegos de iluminación permiten aportar versatilidad a los elementos simples y estáticos de la escenografía: un círculo de arena y un pequeño montículo de piedra (ambos, no obstante, de gran poder simbólico).
 
A través de paralelismos retóricos, el unipersonal deja en evidencia la asociación de dos amores no correspondidos: el de Pelegrina por su madre y el de Fedra por Hipólito ¿Por qué ambas quieren a quien no las ama? Es en este aspecto donde la dicotomía dominante-marginado se disuelve: la protagonista encuentra una forma de equidad social en la desdicha, en tanto “todos los mortales sufren el poder de la diosa Venus”. Casi a modo de confesión, el discurso de Pelegrina no edulcora los hechos: “Mucho me cuidé de no querer a nadie. Igual a mí tampoco nadie me quiso”. En sus palabras, se advierte una peculiar concepción de la dignidad a través del desapego.
 
En síntesis, La maldecida de Fedra pone en escena un trabajo introspectivo del cual afloran traumas infantiles y rencores de la vida adulta, aunque Pelegrina halla consuelo a su desdicha en la nostalgia: “Tengo un recuerdo brillante de todo el tiempo pasado”, se repite una y otra vez como concesión a los traumas vividos. Así, la obrase convierte en un drama sobre la búsqueda de sentido en el desamor y la soledad. 
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