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Noche de saberes silenciosos
Vigilia de noche, de Lars Norén. Adaptada y dirigida por Daniel Veronese. Con Pilar Gamboa, Walter Jakob, Luis Machín y Mara Bestelli. En el Teatro Picadero, Pasaje Santos Discépolo 1857 C.A.B.A. Funciones: martes 20.30 hs. Entrada: desde $200 hasta $280. 

Nada de lo que vemos en escena escapa a la lógica del vacío, de la pérdida, de lo que no está o no existe más. No hay madre, no hay hija, no hay relación posible entre las dos parejas ni entre los hermanos. No hay amor, no hay deseo, no hay fraternidad. Vigilia de noche bordea, se aproxima, se adentra, se sumerge y se regodea en la ausencia. Sólo podemos observar cuerpos que se van descomponiendo y que cegados por una pasión embriagadora soportan el peso de lo que Roland Barthes denominaba el “saber silencioso”: saber que el otro sabe que yo sé. A lo largo de la vigilia, ese saber subleva a los personajes contra sí mismos y atomiza la más mínima posibilidad de liberación.
 
La obra cuenta la historia de Alan y John, dos hermanos que tras la muerte y cremación de su madre vuelven a encontrarse tras mucho tiempo de no verse. Alan llega con Mónica, su mujer, a pasar la noche en casa de su hermano, invitado por su cuñada Charlotte. Carga la urna con las cenizas de la madre. Y esos restos, se convierten en el elemento disparador que posibilita un sinfín de reproches guardados por años.
 
Daniel Veronese, uno de los dramaturgos y directores más importantes de nuestro país, es quien dirige esta producción. Aunque emergió del teatro independiente, se decantó en los últimos años por estrenos en el teatro comercial. En sus obras explora lo que él llama un “realismo exacerbado”, un intento de llevar las situaciones al límite, y donde el cuerpo de los actores es más importante que el texto mismo. Se interesó en Vigilia de noche, pieza de Lars Norén, por su crueldad y por la necesidad casi histérica de los personajes de querer solucionar lo imposible en una sola noche. Un tiempo que debería servir para amar y no para la contienda emocional.
 
A partir del texto original ‒un texto extenso y algo frío‒ Veronese escribe una versión más breve y más intensa. Los personajes femeninos siguen siendo los que se atreven a más, los que quieren alcanzar el amor y los que como Nora en Casa de muñecas, ya no esperan conseguir “el milagro”. Vigilia de noche retoma en ciertos aspectos la obra de Ibsen, sobre todo, a través del personaje de Mónica y su relación con Alan.
 
Ahora bien, su “realismo exacerbado” carecería de verosimilitud sin la actuación sólida de los cuatro protagonistas. A medida que avanza la historia, se tiene la sensación de que los personajes de Luis Machín (Alan) y Pilar Gamboa (Charlotte) están por encima del de sus compañeros. Pero nada más alejado de eso. Sólo se trata de una mera necesidad dramática. Si los personajes de Mara Bestelli (Mónica) y Walter Jakob (John) están más contenidos, es porque parecen estar un poco más cerca de aceptar que el vínculo con sus respectivas parejas está ya muerto. Sin embargo, eso de nada les sirve para librarse del hastío colectivo.
 
Vigilia de noche, que se presentó por primera vez en Suecia en 1985, retrata una historia contemporánea a su época que transcurre en Estocolmo. En cambio, la puesta de Veronese propone una interesante atemporalidad. La combinación de elementos modernos y antiguos ‒como el tipo de vestuario, de maquillaje, la música, los vinilos, los muebles e incluso el teléfono inalámbrico‒ subraya esa indeterminación temporal, lo mismo que ciertos indicios en el texto, como la frecuente referencia a la serie Dallas o la mención de viejos modelos de automóviles. Esta ambigüedad espacio-temporal, sumada a la decisión de iluminar gran parte de la sala y a la de musicalizar algunos pasajes con el tocadiscos que aparece en escena, no hacen más que interpelar al espectador.
 
Por último, es necesario destacar el trabajo de Luis Machín. Durante dos horas se observa a su personaje transformarse, completamente, en otro. Ya es sabido que cuenta con una versatilidad única para encarnar papeles tanto cómicos como dramáticos, pero en esta producción logra un nivel performático único. El magnetismo que desprende Alan, aun cuando su cinismo se vuelve insoportable, se debe al cuerpo que le pone Machín. Un cuerpo que se desdobla y del que Veronese sabe sacar partido para que diga todavía más cosas de las ya dichas. Un cuerpo que (como el de casi todos los personajes del director) transita lo velado, lo oculto y lo callado con la certeza del “saber silencioso”. 
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