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Confort y música para bailar
L.H.O.N. (La humanidad o nosotros), Illya Kuryaki & The Valderramas/Dante Spinetta-Emmanuel Horvilleur. Sony Music, 2016.

 “The funk is back, motherfuckers!”, anunciaban (¿amenazaban?) los Illya Kuryaki en el inicio de Chances, disco con el que volvieron a las pistas en 2012. Se trató del regreso como dúo de Dante Spinetta y Emmanuel Horvilleur tras diez años en los que se dedicaron a desarrollar sus carreras solistas. Años que pusieron de manifiesto los componentes de esa dialéctica que hace síntesis en IKV. Años tras los cuales fue posible confirmar que 1+1 no siempre es igual a 2, que la unión hace la fuerza, que la suma de las partes puede dar un resultado mucho más interesante, jugoso, estrepitoso, sexy y atrevido que las partes por separado, y un montón de lugares comunes más. Chances fue la cristalización de todos esos conceptos. Un disco ajustado, firme y con una energía y un vigor que hacen creer que los comebacks no siempre son inspirados por meros motivos recaudatorios.

 ¿Qué pasa, entonces, con la vuelta de ese funk, ahora? La pregunta se dispara luego de enfrentarse por primera vez con L.H.O.N (La humanidad o nosotros), flamante placa del dúo/banda que desde abril se consigue en los diferentes formatos que ofrece el mercado. Tras un par de escuchas, invade la sensación de que algo se perdió en el camino. Que esa energía transformadora que los hizo transitar primero el desparpajo y la desfachatez beastieboysescas de dos adolescentes, después el funky hip hop de caderas bamboleantes y contenidos sensuales y sexuales de dos jóvenes todavía algo impertinentes y, más tarde, la madurez llena de groove, arreglos precisos y detalles arriesgados de dos hombres sentados sobre sus treinta y con carreras musicales consagradas, ahora los convirtió en una versión prolija y contenida de sí mismos. ¿A quién está dirigido ese giro? ¿Qué tipo de público pretende captar? ¿La humanidad? ¿Nosotros? ¿Los otros? Veamos.

“Aleluya” da el puntapié inicial con elegancia y potencia. Las voces de las chicas se debaten entre el goce sagrado y el gemido erótico y se abren paso entre bronces y percusiones: IKV haciendo lo que sabe hacer. Inmediatamente después, llega “Gallo negro”: una breve y contundente patada latina en la que el dúo pretende, con éxito relativo, poner a todos a mover el coolo. “Hombre libre” es quizás el tema que más se ciñe a la tradición Kuryaki no sólo por la base rítmica furiosamente funky sino también por el para nada metafórico “En mi última cena quiero el flujo de esa mujer” de su estribillo. Llegado este punto, es preciso destacar el trabajo realizado a lo largo de todo el disco tanto con la sección de vientos −cuyos arreglos estuvieron a cargo de Michael B. Nelson−  como con la de cuerdas, a cargo de la Filarmónica de Praga.

El problema (si es que es posible llamarlo “problema”: en realidad, el giro, la transformación) aparece más marcadamente a partir del cuarto tema y reside en una especie de pasteurización del estilo IKV que da como resultado baladas melosas que logran extinguir el calor generado al principio. “Sigue”, “Los Ángeles” ,“Ey Dios” y “Estrella Fugaz” (esta últimas, con la participación de Natalia Lafourcade y del cantante estadounidense Miguel respectivamente) y, más adelante, “Diciembre” desprenden un tufillo a factoría Disney: canciones impecablemente producidas e interpretadas pero reblandecidas, sin fuerza, chatas, sin swing.

 Afortunadamente, estos muchachos no olvidaron cómo hacer mover la patita y, tras el interludio de lentos desdibujados, se ponen el traje que mejor les queda e invitan a bailar a ese dancefloor glamoroso que aparece ante “Ritmo mezcal”: un funk ardiente en el que queda bien clarito que Dante y Emmanuel han escuchado a Prince mucho y muy bien. Ese espíritu se mantiene en “África” y vuelve a perder fuerza hacia el cierre con “Mi futuro”. Una vez más, la sensación es que el equilibrio le ganó al desborde, que cada elemento musical de este disco está calculado y aplicado meticulosamente con un fin específico y que, en ese traspaso del caos al orden, se perdió frescura y organicidad.

 Si Chances aportaba esperanzas, L.H.O.N. genera dudas. La “nueva etapa Kuryaki” parecería erigirse sobre más interrogantes que certezas. ¿Quién es la humanidad y quiénes son (somos) nosotros? ¿Dónde se ubica esa brecha, ese punto y aparte? ¿Es el postulado del título una afrenta o una afirmación? Eso todavía está por verse.

 

 

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