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Folk del paisaje escandinavo
José González y banda. Vestiges & Claws Tour. José González: guitarra y voz. Moussa Fadera: batería. Andrés Renteria: timbales. James Mathé (Barbarossa): teclado y coros. Jakob Albinsson: guitarra y coros. Teatro Coliseo, Marcelo T. de Alvear 1155. 10 de mayo de 2016, 21 hs. Entradas desde $ 200.
 
De pie, solo con su guitarra criolla y su voz. La luz tenue lo ilumina desde arriba para cantar “Crosses”, canción de su primer disco Veneer. Así abre José González su concierto en Buenos Aires, en el que presenta su más reciente disco Vestiges & Claws, editado en 2015. Luego de esta introducción solista, ingresa la banda para brindar un show de dieciocho canciones que apenas pasan la hora y veinte. A pesar de que todos sus discos están grabados únicamente en guitarra y voz, González sale de gira acompañado por cuatro músicos más que completan la formación de la banda con batería, timbales, teclados, segunda guitarra y coros. Las armonías en las voces y la percusión quizás sean el mayor aporte a estas guitarras; parecía que las versiones de estudio las estaban reclamando.
 
González hace uso de uno de sus sellos distintivos, que es darle un sonido propio a canciones ajenas y bajo esta premisa incluye varios covers en su recital. Se destacan los ya clásicos en su discografía “Heartbeats” de The Knife y “Teardrop” de Massive Attack, “This is How We Walk on the Moon” del compositor norteamericano Arthur Rusell y una versión folk de “Hand to your heart” de la australiana Kylie Minogue. También rescata algunos temas de su -otra- banda Junip. Sin embargo, lo que predomina en el show en Buenos Aires -un calco del set de Brasil y Perú- son los temas del tercer disco Vestiges & Claws, entre los que sobresalen la adorable balada “Every Age”, la intimista “With the Ink of a Ghost” y “Leaf off/The Cave”, de ritmo pegadizo, casi bailable.
 
Una mezcla de estilos y estados se perciben en la música de José González, criado en el barrio latino de Gotenburg, en Suecia. De origen argentino -su padre mendocino y su madre oriunda de San Luis emigraron a Suecia durante la última dictadura militar-, González es europeo desde la cuna, pero influenciado tanto por el folklore argentino como por Simon & Garfunkel. Canta en inglés, habla en castellano con acento centroamericano y utiliza guitarra clásica y ritmos africanos para hacer covers de canciones pop. A lo largo de su discografía se mantiene fiel a su estilo indie folk, que se caracteriza especialmente por el uso de la guitarra española con una afinación poco usual.
 
Valles boscosos, frutos rojos y la delicadeza de la nieve son evocados por la música hipnótica de José González. Metáforas del bosque para hablar del paso del tiempo y letras de tinte filosófico contribuyen a crear en el oyente el estado de meditación, de suspensión en sí mismo. “Deja que la razón te guíe/Mira las viejas huellas alejarte de la oscuridad/Mira las viejas huellas acercarte a las estrellas” reza en “Leaf off/The Cave” o “No creo en el karma ni en el infierno/pero sí en la memoria y las historias que construimos” en “Stories We Build, Stories We Tell”.
 
José González casi nunca levanta la voz, su tono es tranquilo, incluso en “Killing for Love”y en el cierre enérgico con “Down the Line” -ambas de su segundo disco In Our Nature. La banda casi no habla con la audiencia, simplemente se suceden las canciones y crean un set compacto. El silencio en el auditorio es sepulcral, el público escucha atento, se mueve apenas. Casi no hay tiempo de acomodarse en la butaca, de estirar las piernas, la música concentra. La quietud del paisaje escandinavo también está presente desde la escenografía minimalista: una línea de luces blancas cuya silueta remite a montañas nevadas.
 
Un recital nórdico, si se quiere: breve, austero y prolijo. A pesar de algunos desperfectos de sonido -la fritura de un cable molesta en varios momentos del recital- González vuelve el Coliseo un living hogareño y hace entrar a la audiencia en un clima íntimo. La calidez de la guitarra española sube la temperatura de los bosques cercanos al polo norte y, con las cuerdas de nylon y una presencia tímida pero contundente, las bestias del público porteño se calman.
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