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Un exquisito relato sensorial
El limonero real (Argentina/2016). Dirección: Gustavo Fontán /Fotografía: Diego Poleri / Sonido: Abel Tortorelli/ Elenco: Germán de Silva, Patricia Sánchez, Rosendo Ruiz, Eva Bianco, Gastón Ceballos y Rocío Acosta. Basada en la novela de Juan José Saer, El limonero real (1974).

 

 

El director Gustavo Fontán conmueve con una poética cinematográfica que nos sumerge en el litoral argentino. Pareciera que en su film nada sucede, y sin embargo, casi sin darnos cuenta, Fontán nos instala en la cadencia narrativa del universo literario de Saer. La mesura dramática –sólo dos actores son profesionales- y estética –la fotografía imprime una iluminación sublime y el sonido fortalece la atmósfera- nos sumerge en una obra original, que no traiciona la propuesta literaria en la que se inspira.
 
El argumento se irá develando sin prisa, como todo el film. Una madre (Patricia Sánchez) de quien no conocemos su nombre –se la llama sucesivamente “ella”, la tía, la hermana-, hace seis años perdió a su hijo y sigue de luto. Su marido, Wenceslao (Germán de Silva), intenta continuar con la vida, mientras el duelo los acompaña a orillas del río.Discurre durante un día entero: a pesar de que no se pronuncia la frase-talismán de la novela de Saer (“Amanece / y ya está con los ojos abiertos”),la película comienza con el amanecer del matrimonio en el último día del año. Wenceslao recoge los limones –del “limonero real”,que da su fruto durante todo el año- y cruza solitario a la otra orilla del río Paraná para encontrarse a festejar el final de año con la familia de su mujer.
 
Cuando el protagonista se zambulle en el río, la cámara bajo el agua ralentiza el tiempo,que aparece sumergido en el eco de otra frase de la novela(“preguntándose si alguna vez le perdonará el simple hecho de estar vivo."). Con el relato del árbol místico y la aparición del arcángel San Gabriel, el drama se convierte en palabras que intentan dar una tranquilidad que no llega.En la cena de fin de año, un cordero es sacrificado y cocinado por los hombres de la familia. El film encierra una fuerte simbología, el último día del año, el árbol, el cordero, la luna, el agua que remite a los rituales sagrados, lo cíclico, el eterno retorno.
 
La construcción de lo femenino se muestra en planos con el detalle de los zapatos de las mujeres, los juegos con el maquillaje, el pelo; mientras que los hombres llevan con certeza la ocupación por asar las carnes, matar al animal, reunir a los hombres. Las acciones son mostradas con mesura y pudor, sin crudeza, como la escena en la que Wenceslao advierte el amor de una joven pareja o el silente baile de fin de año. Se sostiene el estado de ánimo que ritma todo e film. 
 
A diferencia de los recursos literarios que Saer supo conjugar a la perfección, Fontán no utiliza las palabras como medio. Los planos son originales y muy descriptivos del mundo sensorial y emocional de los personajes, que siguen con sus vidas, sin excesos de pasión. Los diálogos se presentan en dosis sutiles; la atmósfera de los personajes y los paisajes se fusionan en una dimensión visual y sonora que completa los diálogos. Los silencios respiran, los sonidos envuelven el relato con precisión.
 
El trabajo del director hace tiempo que está ligado al río Paraná y la poesía.Su formación en letras lo llevó a un recorrido que inició con Juan L. Ortiz y concluyó con Saer. El limonero real, es la tercera película de una tetralogía que comenzó con La orilla que se abisma (2008), siguió con El rostro (2013) y continuará con El día nuevo.
Estas películas dialogan entre sí e invitan a construir un puente para develar la poética de este cineasta.
 
Es notable cómo, pese a ser El limonero real una novela que no contiene una historia lineal, sino que recorre una y otra vez la misma historia y los mismos escenarios desde distintos lugares y puntos de vista, Fontán logró transponer esa historia absolutamente literaria al género visual por excelencia y deja al salir de la sala la sensación de que en los últimos 77 minutos se estuvo habitando en un mundo diferente, en el que la vida transcurre de otro modo.
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
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