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El punk ha muerto, larga vida al punk
Punk. La muerte joven e Historias paralelas, de Juan Carlos Kreimer, 2015 (edición original, 1978), Buenos Aires, Editorial Planeta, 337 páginas.
 
“No creo en la monarquía, pero siempre seré el rey del punk”. Hace poco, muy poco, John Lydon –AKA Johnny Rotten– hacía esta declaración en una entrevista que dio al diario Página/12 con motivo de su visita a la Argentina al frente de la banda PiL. El creador –y destructor– de los Sex Pistols se señalaba a sí mismo así: pleno de contradicciones. Las mismas contradicciones que condensa esa breve frase son las que atraviesan Punk: La muerte joven, de Juan Carlos Kreimer, libro fundacional, elemental y urgente del punk, editado por primera vez en España en 1978 y reeditado el año pasado en la Argentina. ¿Cuánto de elemental, fundacional y urgente puede quedarle a un libro que trata sobre un movimiento al que el propio autor considera muerto? ¿No constituye una contradicción en sí misma, reeditar después de tanto tiempo un texto a propósito de una vanguardia que se extinguió en su propio fuego? ¿Qué vanguardia no se extinguió en su propio fuego? ¿No es acaso la contradicción una característica inherente al ser humano? ¿Se puede hablar del fracaso del punk tan livianamente? ¿Qué sería de nosotros sin el punk? ¿Qué fue de aquello de Punk Not Dead?
 
La primera de estas preguntas se podría responder con una novedad que presenta la edición 2015 de Punk…: un posfacio, “Historias paralelas”, en el que el autor se repliega sobre sí mismo, revierte el tono analítico, descriptivo y reflexivo del texto original y pone al alcance del lector no sólo las anotaciones, borradores, ideas sueltas y párrafos y secciones que por algún motivo quedaron afuera de la edición original, sino también un relato en primera persona en el que detalla en qué circunstancias fue escrito el libro. Algunos hablan de una especie de “lado B”, como en los vinilos, pero la impresión que brinda ese anexo es más bien la de esas películas que guardan para después de los títulos escenas del making of: imágenes que desnudan la obra terminada y, sobre todo, a ese autor detrás de las palabras y de la experiencia. Entonces, eso: contradicción y experiencia. Las dos palabras clave del punk. Y las dos caras de esta edición.
 
La historia del libro ya era bien conocida inclusive antes de que Kreimer la contara por escrito: exiliado por elección, por temor, por no querer seguir viendo cómo la Argentina caía en la pesadilla de la dictadura, el joven periodista decidió partir rumbo a Londres, tras una novia bailarina que tenía posibilidades de entrar a trabajar en un ballet. No fue buscando el libro. No tuvo ni siquiera la idea del libro: una editorial española le ofreció escribir sobre la movida punk que estaba explotando en ese momento en Inglaterra luego de que él les enviara una novela y ellos se la rebotaran: “Es la típica novela de alguien que se cree maldito”. Los señores de las editoriales no se andan con rodeos.
 
Era septiembre de 1977 y le pedían el texto listo en treinta días. “Siete páginas por día. Más hacer reportajes, más ir a conciertos, más buscar información… Más que ganar el cuádruple, me entusiasma lo incumplible del compromiso”, se dijo a sí mismo. Y así nació Punk: La muerte joven. El libro que definió la escena punk, el que desmenuza la cultura del Do It Yourself, aquél que es reconocido como “la Biblia del punk” es, en realidad, un encargo de una importante editorial. Hablemos de contradicciones.
 
La lectura de esas páginas hoy pone más de manifiesto los dos relojes contra los que corría Kreimer: el propio, el deadline para la entrega del original, y el del punk, que se iba apagando, mutando, envejeciendo, ¿muriendo? en la medida que pasaban los días. Con los borcegos incrustados en el barro y con la arena del punk escurriéndose entre los puños, Kreimer logró un análisis del movimiento, de su historia, de sus antecedentes, de sus alcances, de su profundidad, de sus reflejos, de sus temores, de sus grietas, de sus proyecciones, de sus logros, de sus fracasos y, claro, de sus contradicciones que marca un antes y un después de cualquier otra reflexión que se haya hecho, se haga o se vaya a hacer sobre el punk: “La contradicción va, rebota, viene, rebota otra vez. Manteniendo la  ilusión de rebelión y usando la probada fórmula del cash-sex-drugs and fame, el rock business clavó los dientes en el punk rock para sorberle lo poco mucho que tuviera de subversivo. Un movimiento musical (portavoz de la cultura de toda una generación) que parecía tener sangre socio-política está resultando ser una diversión. La carcajada del establishment es el fantasma del punk”, observa ya desde los primeros capítulos.
 
Con el tiempo, el texto se erigió como una especie de némesis ontológica de otro de los musts de la literatura punk, Rastros de carmín, de Greil Marcus (¡de 1989!), donde el autor se despacha con un concienzudo y puntilloso análisis del movimiento punk en comparación con dadá y el Situacionismo Francés. Si este último representa un punto de vista casi académico, producto de una larga y profunda reflexión y de muchas, pero muchas lecturas, Punk… se para en el medio del pogo y, desde esa corta perspectiva, logra instalarse en el centro de la escena y gritar bien fuerte “EL PUNK ES ESTO”. Y está muriendo.
 
“El acontecimiento es inesperado, imprevisto, irrepetible”, asegura un Kreimer benjaminiano y ya mayor en el epílogo escrito para esta edición. “El punk muere joven al institucionalizarse”, señala hoy, con la seguridad, esta vez, de estar leyendo el diario del lunes. Y lo señala desde un libro que se llama Punk: La muerte joven. Que sigue vigente. Que sigue generando interés. Que vuelve a editarse casi cuarenta años después de haber sido escrito. Hablemos de contradicciones.
            
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