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Crecer bailando

Heroniña, dirección e interpretación Fabiana Capriotti. Directores asociados: Carlos Casella, Lucía Magdalena Disalvo, Marina Giancaspro. En Centro Cultural de la Cooperación. Av. Corrientes 1543. Funciones finalizadas

La Sala Solidaridad del Centro Cultural de la Cooperación tiene sus paredes hechas íntegramente de cientos de varillas de madera colocadas una al lado de la otra que convierten al espacio escénico en un ámbito cálido y proponen un marco particular para la interpretación de Fabiana Capriotti.
Heroniña es una obra conformada por varios pequeños momentos engranados sin más, y sin ninguna intención de sostener alguna historia ficcional, por la propia Capriotti yendo a cambiar la música en su i pod. Cada fragmento ofrece un breve instante cerrado en sí mismo en donde la observación de la danza se combina con la mirada interna de la intérprete sobre su propio movimiento y su marea de pensamientos/sensaciones que resulta en la danza que miramos que provoca nuestra propia marea de pensamientos/sensaciones. Con silencios, ritmos de movimiento, a veces, pausados, otras, un poco más ágiles, pero siempre con la espera y las escucha paciente de lo que va sucediendo, asistimos a la transformación de la niña en la heroniña.
El inicio la encuentra contenida en un rectángulo de luz con el sonido de un piano lejano que la acompaña. El cuerpo de la niña se toma el tiempo para moverse, la acción espera el movimiento, no se apresura, y se puede ver su recorrido desde la punta de los dedos de la mano, pasando por la cadera y terminando en la rodilla para descargar en el suelo. La niña explora también su cara, sacude la nariz, mueve la lengua, se muerde, se toca. Quizás esté reconociéndose, aprendiéndose a sí misma. 
Ahora la niña se pone una capa y es heroniña. Es heroniña porque crecer es eso: transitar amores mezquinos, conocer debilidades, superar riesgos, hacerse fuerte. No importa cuál sea la prueba que haya que superar, inclusive una flecha que apunta directo al centro del pecho. La heroniña le hace frente, la examina con prudencia y luego actúa. Una larga vara de madera, que estuvo ahí desde el comienzo de la obra, sostenida por dos parantes, pero que ahora parece haber salido inesperadamente del espacio circundante, ese espacio colmado de otras varas de madera similares, que en este contexto puede ser el resto del mundo o una sola persona, se convierte entonces en una amenaza para la heroniña. Pero ella logra hacerla caer, la recorre, la carga, se la lleva sobre los hombros y establece de a poco una cierta relación que le permite utilizarla a su gusto: como arma, como herramienta, como un juguete.
La heroniña se viste de negro, aunque cambie de atuendo. Bailar también hace de la niña una heroniña, bailar, pero también, enlutarse. Se tapa los ojos para no ver quizás algo que duele o quizás para experimentar cómo se puede estar en el mundo sin la mirada, la de los otros sobre uno y, especialmente, la de uno sobre los otros. O tal vez, para que los otros sentidos cobren mayor importancia y poder quedarse, como parece admitir en el programa de mano, con el olor o con los sabores antes que con las imágenes.
Esta creación de Capriotti tiene un trasfondo personal que no parecieran tener otras de sus producciones. Sin embargo, fiel a su estilo, aun cuando la obra tenga una dedicatoria especial, la vemos a ella en su faceta más física y siempre en relación a su “estar ahí” escénico. Presencia y movimiento, como los dos ejes fundamentales de la composición, aunque podamos sin duda, entrever las otras muchas cosas que suceden en el medio entre ella y nosotros porque lo heroico también es, a pesar de todo, estar para otros, salvar a otros y, por qué no, salvarse. Y así, volver a bailar. Y poder tararear tranquilamente una melodía y danzarla sin preocupación mientras la obra se va terminando…
 
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