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El arte de lo residual
La exforma, de Nicolas Bourriaud. Buenos Aires, Adriana Hidalgo editora, 2015. 
En su último libro, el reconocido teórico francés examina los lazos que se establecen entre arte y política desde una perspectiva materialista althusseriana, enfocándose particularmente en el estado de situación del arte contemporáneo, de principios del siglo XXI. Aunque se trate de un texto fuertemente teórico, el lenguaje utilizado es claro y accesible. Bourriaud propone al lector un recorrido ordenado en el que manifiesta abiertamente los objetivos que movilizan su estudio, las referencias teóricas, sus hipótesis, argumentos y conclusiones. En este recorrido, el autor plantea un nuevo concepto al que llama “exforma”, lo utiliza para describir las producciones artísticas del arte contemporáneo.
 
Una breve y eficaz introducción abre el texto, le siguen tres capítulos y un epílogo. En la introducción, se expone la cuestión de lo residual -no asimilable, prohibido, inutilizable- que engloba tanto a sujetos como a objetos. La problemática de lo excluido funciona como un hilo conductor presente a lo largo de todo el libro; el residuo es resultado de la energía social que genera zonas de exclusión, donde se concentra lo marginal, los desechos. En este contexto, se define la exforma como aquella forma atrapada en un procedimiento de exclusión o inclusión, un signo que transita entre el centro y la periferia, entre el poder y la disidencia.
 
El recorrido continúa en el primer capítulo, a lo largo del cual se recupera de los escritos tardíos de Althusser concepciones teóricas útiles para comprender la relación entre arte y política, desde un enfoque materialista renovado. La idea que subyace en el arte contemporáneo de “todo es figurable” presenta para Bourriaud un innegable paralelismo con la idea de “todo es material” de Althusser, por eso decide rescatarlo del olvido. Los aportes althusserianos más prolíferos son, por un lado, la certeza que funda su materialismo: no existe un doble de la realidad, todo se expone ante los ojos del hombre; por el otro, la concepción de la ideología como una práctica -no como un sistema de ideas- que se esconde a espaldas de los sujetos como el inconciente y desde allí ejerce su poder.
 
“El ángel de las masas” es el título de segundo capítulo. Esta figura, precedida por el “Ángel de la historia” de Benjamin, es definida en pocas palabras como el mensajero de la contemporaneidad. Aquí, Bourriaud realiza un análisis exhaustivo del arte contemporáneo, prestando especial atención a definir su programa político, su estética, la particularidad de sus artistas y la complejidad de sus productos. El tercer capítulo se dedica al proyecto realista, poniéndolo en relación con la pulsión documental y archivista que moviliza la informática, con la aparición de la Web 2.0, Google, las redes sociales, la lista resulta inagotable.
 
En definitiva, lo interesante del planteo teórico de Bourriaud, es el hecho de considerar el arte como un actor más de la historia, ya que sus productos tienen la capacidad de modificar el pasado, el presente, y por ende también el futuro. No hay que olvidar que, según su concepción, tanto el arte como la historia se encuentran en perpetuo movimiento y transformación. El mundo del arte es considerado como el lugar del materialismo por excelencia, por estar constituido de casos particulares -las obras o huellas materiales- que recomponen sin cesar las fronteras de su territorio y corroen las categorías y normas en las que se basa.
 
Antes de concluir, es indispensable mencionar brevemente lo que el autor considera como la problemática central de la estética contemporánea: la organización de lo múltiple. En las primeras décadas de siglo XXI lo heterogéneo se ha vuelto el régimen habitual de lo visible. En este punto, Bourriaud  retoma de sus publicaciones anteriores Estética relacional y Radicante principalmente la idea de lo múltiple, las formas reticulares, el pasaje, la figura de la constelación y las formas-trayecto. Les toca a los artistas contemporáneos la tarea de aprender a dominar y articular la realidad, con sus símbolos, repeticiones, metáforas y sobre todo con lo que cae durante ese proceso de construcción de la realidad, o sea sus desechos.
 
Esta visión le otorga un nuevo sentido político al arte contemporáneo. El autor considera que en la incertidumbre del presente, el arte viene a aportar algo más. Por señalar el carácter precario de la realidad induce al observador a un estado de lucidez activa, que resulta inseparable de la acción política. En sus propias palabras: “El arte expone el carácter no-definitivo del mundo. Lo disloca, descompagina, devuelve el desorden y la poesía. Es productor de representaciones y de contramodelos que subrayan la fragilidad intrínseca del orden existente”. Bourriaud deja claro que la tarea política primordial del arte contemporáneo es incitar la precariedad en las mentes, mantener activa la noción de intervención en el mundo y extender el potencial creativo del ser humano en todas sus formas, sobre todo utilizando los desperdicios que expulsa todo proceso de producción, ya sean materiales o simbólicos.
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