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Barreras inevitables
Barrage. Luxemburgo/Bélgica/Francia, 2017. Dirección: Laura Shroeder. Guión: Laura Shroeder y Marie Nimier. Dirección de Fotografía: Heléne Louvart. Con Lolita Chammah, Themis Pauwels, Isabelle Huppert.
 
En su primera película desde el 2012, la directora Laura Shroeder se propone agregar su aporte a una larga línea de películas que a lo largo de la historia del cine han reflejado, o intentado reflejar,  distintas generaciones de mujeres y cómo sus costumbres, sus historias compartidas y sus maneras divergentes de concebir el mundo las dejan al borde del aislamiento.
 
La acción ocurre en Luxemburgo, donde Elisabeth (Isabelle Huppert) cría a su nieta adolescente Alba (Themis Pauwels) en una estricta rutina deportiva, con la intención de volverla una tenista profesional y adonde, luego de diez años de ausencia, Catherine (Lolita Chammah) llegará para reclamar su lugar en la familia como madre de Alba, en automático antagonismo con su propia madre. Descontando elementos muy específicos, esta premisa puede sonar familiar a un espectador habituado al cine dramático, e incluso el guión por momentos parece tentado a dejarse definir por los lugares comunes del género, pero es en esos momentos en que la dirección de Schroeder elige sacar el máximo provecho de las apenas más de dos horas que utiliza para contar su historia. Así, la directora colma la pantalla de acciones, pequeños gestos y grandes espacios que crean una sutileza en el desarrollo narrativo y que la apartan del cliché.
 
Sin embargo, la película no es una revelación en términos narrativos. Al fin y al cabo, la mujer que regresa a reclamar lo que se daba por perdido y encuentra una familia que ha seguido adelante sin ella es una historia que ha sido tratada con anterioridad. Las decisiones que Catherine tomará para acercarse a su hija y ganar su confianza a veces rozarán lo inverosímil, y por momentos será difícil discernir si determinadas acciones de los personajes pueden atribuirse a sus personalidades o a un guión que necesita moverse en una dirección específica sin haber encontrado la forma más orgánica de hacerlo.
 
Con todo esto, la barrera (el barrage del título, que en un juego de palabras representa una metafórica barrera y es simbolizada en la película por una represa que aparece alrededor de la mitad de la película) que divide a estas mujeres no podría volverse tan evidente y real para el espectador si no fuera por las actuaciones de sus protagonistas, que anclan la propuesta narrativa escena tras escena. Incluso es sus momentos menos creíbles, Chammah interpreta a Catherine con la convicción de una mujer que lo ha perdido todo y no está dispuesta a cometer los mismos errores, pero que no por eso está libre de volver a caer en sus antiguos vicios; otorgarle esta complejidad a su protagonista le permite a Schroeder crear un universo de relaciones en torno a ella a través del cual todo lo demás logra fluir con mayor naturalidad. Las (pocas) escenas entre Chammah y Huppert, quien es su madre en la vida real, irradian de una manera tal que otros críticos seguramente atribuirán a su obvia familiaridad fuera de cámara, pero esto sería tal vez desmerecer el trabajo de dos actrices que demuestran su capacidad para representar en pocas palabras años de trauma e historias interrumpidas. Aún así, Schroeder y Hélene Louvart, su directora de fotografía, hacen uso en un par de escenas clave del parecido de ambas actrices para encuadrarlas de forma idéntica o diametralmente opuesta según el caso, lo que añade un peso extra a su relación. Y si estas dos mujeres solo parecieran tener conflictos entre ellas, Pauwels en el papel de Alba lleva la carga de ser la heredera de sus traumas, y la forma en que lidia con ellos, si bien por momentos se inclina demasiado al estereotipo adolescente, finalmente se constituye en un personaje específico, que solo podría existir bajo la tutela de sus dos figuras maternas.
 
Schroeder y Louvart aprovechan al máximo las locaciones a su disposición: presentan los inmensos bosques y montañas de Luxemburgo en planos generales, y los colocan en oposición a espacios cerrados y casi asfixiantes tanto en el campo como en la ciudad, lo que junto a la ubicación de los personajes dentro de estos espacios logra comunicar sin palabras lo que ellos no pueden, o eligen no decir. En cuanto a la música, puede decirse que va por un camino decididamente melodramático, ya que es utilizada para enfatizar emociones de manera directa y amplificada, cuando podría haber bastado uno de esos gestos que Schroeder claramente sabe cómo extraer de sus actrices.
 
Tal vez Barrage no se convierta en un clásico dentro de su género, y tal vez sólo los “completistas”de Isabelle Huppert lleguen a ella cuando sea estrenada para el público general, ya que hasta ahora sólo ha sido presentada en festivales (tuvo su première latinoamericana en el Bafici) ; cualquiera sea el caso, se trata de una película que parte de una premisa familiar y no sólo pone en el centro a un personaje femenino complejo y difícil de definir, sino que también se atreve a tomar el drama intergeneracional como punto de origen para interpelar al espectador sobre sus propias barreras, y no necesariamente para pedirle que las baje, sino todo lo contrario. 
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