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Lo que la guerra dejó
Frantz, dirigida por Francois Ozon. Guión de Francois Ozon y fotografía de Pascal Marti. Música de Philippe Rombi. Intérpretes: Paula Beer, Pierre Niney, Ernst Stötzner, Marie Gruber. 
 
Filmada en locaciones de Francia y Alemania, la nueva película del prolífico Franҫois Ozon evoca la época del fin de la primera guerra mundial. Frantz versiona el argumento del film clásico americano Broken Lullaby (1932) de Ernst Lubitsch, dando como resultado un melodrama en blanco y negro, con algunos pasajes en color y una presencia musical moderada, pero muy eficaz para apuntalar uno de los principales objetivos del género: emocionar al espectador.
 
Al comenzar el film se ve a una mujer caminar por las calles empedradas de una pequeña ciudad alemana de posguerra, desde distintos ángulos, la cámara la sigue de cerca y focaliza su atención en ella. La imagen es en blanco y negro, sólo se escucha el sonido de sus pasos y la tierra debajo de sus zapatos, camina decidida y la expresión en su rostro es algo vacía. Su nombre es Anna y, como todos los días, se dirigía al cementerio para poner flores en la tumba de su prometido caído en guerra: Frantz. Anna vive en la casa de sus suegros, un doctor que se siente culpable por la muerte de su primogénito y una madre sin consuelo; ambos cobijan a la joven en su casa como si fuera su hija, o mejor dicho, como si fuera su hijo.
 
Frantz es en el film dolor, recuerdos y ausencia. De hecho, pareciera que al morir se hubiera llevado consigo el color y la música de la vida de Anna. La narración del film se centra en el personaje de la prometida, construyendo de manera visual y sonora lo monótona que se ha vuelto la vida para la joven, quien desea que todo sea una mentira y su amado esté vivo. Los mismos escenarios, las mismas rutinas, los mismos ruidos, la ausencia de color, los silencios, la misma mirada en los personajes. Todo se aprecia visualmente por los planos sumamente descriptivos del film, incluso los primeros planos que son abundantes. Por otro lado, el guión es sutil y no brinda tanta información a través de los diálogos sino sobre todo mediante los detalles visuales y sonoros, que generan sugestivas ambigüedades.
 
Un hombre joven se halla también en la tumba de Frantz, el casero del cementerio le asegura a la desconcertada Anna que el extraño que se encuentra allí es francés. ¿Por qué un francés le deja flores a Frantz? ¿Qué hace un francés en Alemania tan poco tiempo después de la gran guerra que enfrentó a ambos países? Son algunas de las preguntas que se realizan Anna, su suegra y se realizará el espectador. Devastado, el joven, soldado también, asegura haber sido amigo del alemán y logra ser recibido en casa de la incompleta familia, a pesar de ser considerado lo que todo francés sería en aquella época en tierras alemanas: un enemigo. Con su llegada inesperada, Frantz revive poco a poco en la casa. Una luz se enciende en tanta oscuridad, sobre todo en Anna, y también para el espectador: por momentos esporádicos vuelve el color, aparece la música, la poesía, los escenarios de expanden con una mayor presencia de la naturaleza; y luego, en la segunda parte del film: la ciudad de París y los vestigios de la guerra, los museos y Monet. Sorpresivamente, el fino y romántico francés parece representar la posibilidad de volver a ver color, de bailar y escuchar música para Anna, la posibilidad de volver a vivir.
 
Pero el film restringe información y suscita cada vez más sospechas de algo, no se sabe exactamente qué. Y ese qué estallará porque no está bien, quizás algo esperable por las reglas del género: en un melodrama el amor lo es todo menos sencillo. Las mentiras saldrán a flote (algo característico en los personajes de Ozon) para poner en juego la capacidad del perdón, generando prácticamente una nueva trama y escapando así del clasicismo de Broken Lullaby, fuente de esta gran recreación.
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