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En sentido levógiro: de derecha a izquierda
La terquedad, de Rafael Spregelburd, dirigida por Rafael Spregelburd. Con Diego Velázquez, Andrea Garrote, Mónica Raiola, Analía Couceyro, Pilar Gamboa, Santiago Gobernori, Lalo Rotavería, Alberto Suárez, Rafael Spregelburd, Guido Losantos, Paloma Contreras, Pablo Seijo, Javier Drolas. En Teatro Nacional Cervantes, de jueves a domingos, 20 hs. Duración aproximada: 180 minutos.
 
La terquedad es el arte de dar vueltas, de volver sobre lo mismo, de repetir hasta que las palabras ya no tengan sentido. Escrita, dirigida y actuada por Rafael Spregelburd La terquedad volvió a la escena en el Teatro Cervantes, diez años después de haber hecho su debut en Alemania y como cierre del ciclo Heptalogía de Hieronymus Bosch.
La trama, instalada en un lugar histórico definido, abre con la denuncia de un caso policial: es el último día de la Guerra Civil Española y el comisario Jaume Planc acomodado en su residencia familiar divaga indiferente sobre las noticias del día que recibe alternativamente de una pareja de vecinos, la denuncia urgente de un presunto robo y secuestro, que desacuerdan con los informes de un subalterno sobre el mismo asunto, el chisme de seducción y resuelto escape de tres damas y su peculio. Los diálogos de Planc, que discurren entre fórmulas gramaticales y teorías lingüísticas tan rebuscadas para la ocasión ‒como el uso del término “levógiro” para una crítica teatral‒, ponen en escena el eterno conflicto sobre la utilidad/inutilidad de las humanidades. La irrupción de la vida familiar que se desenvuelve en escenas principales y virtuales, las disertaciones monológicas de temática lingüística y el contexto político que late como una promesa de repetición en todos los tiempos son el marco para el despliegue de la vida de trece personajes que desde su ensimismamiento oscilan de derecha a izquierda, entre posiciones que resultan tan incompatibles con sus deseos como insoportables en su realidad.
Siguiendo la estrategia discursiva de sus antecesoras (“La inapetencia”, “La extravagancia”, “La modestia”, “La estupidez”, “El pánico” y “La paranoia”), la pieza dramática mantiene la correspondencia intertextual con la pintura/mueble del cinquecento La mesa de los pecados capitales tanto en la caracterización satírica de los personajes, como en la figuración del espacio, en el que una escena cotidiana reconcilia la representación de la perspectiva renacentista y el uso de los planos rebatidos para la revelación de detalles sin romper la unidad de la composición.
En La terquedad la arquitectura teatral articula las posibilidades técnicas del prototípico teatro barroco (tamaño grande del escenario, el proscenio y la tramoya) con la estructura en tres actos de la pieza teatral, el tiempo se repite y el espacio se rebate, revelando por acumulación una trama simultánea que en cada acto pone de frente una cara de la historia. El giro escenográfico, que ocurre a la vista del espectador, es un giro a contramarcha, en sentido levógiro, que devuelve el tiempo al punto de partida pero que además quiebra la lógica tanto de la representación como de la comprensión y empatía de sus personajes. En la ruptura y repetición el argumento abandona el futuro, intersecta espacios íntimos como recodos de contradicción: un sacerdote que accede al sexo no admitido, un secreto que atrapa en la locura a una adolescente a quien nadie quiere rescatar, la hija de un comisario fascista español que esconde a un miliciano revolucionario inglés, las expresiones incompatibles en una graciosa torre de babel a la que no le alcanza la traducción de las palabras para hacerse entender, etcétera.
Finalmente, el tiempo en el tercer acto se repite otra vez. Ahora el juego ocurre en la escena del segundo plano, para verlo el cubo/casa vuelve a girar quedando a medio camino en posición triangulada sobre el jardín trasero, ocurren conversaciones no tan íntimas que requieran resguardo, operan más bien en ese disimulo de la conversación inadvertida; los detalles ya no importan tan sólo aclaran y aclaran hasta el infinito indefinido. El sentido se desgasta como el pasado repetido, como lo que se describe en abismo: el uno sobre lo mismo, algo está roto, algo se rompió en el último giro. 
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