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Caetano ataca de nuevo
El otro hermano (2017). Dirección: Israel Adrián Caetano. Fotografía: Julián Apezteguia. Música: Iván Wyszogrod. Intérpretes: Leonardo Sbaraglia, Daniel Hendler, Alian Devetac. Guión: Adrián Caetano y Nora Mazzitelli, basado en la novela Bajo este sol tremendo de Carlos Busqued. 
 
Articular magistralmente en un relato la violencia, la desidia y la marginalidad de una clase postergada y descreída de casi todos los valores es un desafío al que este director ya se enfrentó en algunos de sus films anteriores como Pizza, birra, faso (1997) y Un oso rojo (2002). En su actual producción suma, además, el rasgo siniestro. El de una amenaza que se percibe cerca e intangible pero que genera un aire denso y sofocante, como una caldera llevada a mucha presión y a punto de estallar.
 
Tal es el clima en Lapachito, el pueblo de Chaco donde vive Duarte (Leo Sbaraglia), un oficial retirado de la Fuerza Aérea. Investido de la autoridad que la institución policial y que algunos contactos oscuros le otorgaron, no tarda en mostrarse como el reflejo conocido de la mano de obra desocupada de un tiempo no tan lejano: secuestra, roba, viola, mata. Perverso y codicioso, todo se traduce en plata para Duarte, al que Sbaraglia le construye un personaje de una socarronería amenazante y muy satisfecho de sí mismo. En sus tropelías, viene secundado por Danielito (Alian Devetac), que modela una figura ambigua, reconcentrada. La de un desamparado del amor con algo de humanidad que a lo largo del film muta en indiferencia, quizá frente a tanta crueldad y desapego afectivo.
 
La acción se inicia cuando se acerca al pueblo Cetarti (Daniel Hendler), un porteño cansino, desinteresado de la vida y recientemente desocupado, que viaja a Chaco convocado por Duarte para reconocer los cuerpos salvajemente asesinados de su madre y de su hermano. Para la gente de Lapachito es un trámite mas de los tantos relacionados con el sepelio y la cremación, frente a los que el deudo también muestra una escalofriante indiferencia, hasta que Duarte le presenta la posibilidad de cobrar, maniobras fraudulentas mediante, un seguro de vida. Aparece en Cetarti un atisbo de interés y sentido común al comentar sobre el riesgo del “chanchullo”, reparo que se esfuma al instante ante la promesa del dinero.
 
A partir de ese pacto inicial -un “gancho” que al mejor estilo Hitchcock pierde relevancia a lo largo del film- el porteño, incitado por la codicia, se queda en el pueblo. Allí se verá envuelto en una trama violenta y cruel, donde la autoridad es también mafia, corrupción y descontrol. Donde la avidez monetaria y la maldad gobiernan todos los planos. Donde no hay consideración por la vida: si los perros ladran y molestan, los matan; si el capo quiere plata, recurre al secuestro extorsivo y de paso, despliega todo su sadismo en violaciones, torturas y -por qué no?- un tirito de gracia.
 
La película construye, con sus imágenes y un sonido por momentos sincopado y ascendente,una sensación de suspenso opresiva. Además del clima tórrido del lugar, que se percibe en el sudor que baña a los personajes, la cámara encuadra ambientes cerrados, oscuros, sin ventanas. Se presentan como sucedáneos mortuorios de lugares donde no hay posibilidad de vida. No en vano en las tomas aparece, una y otra vez, la mirada desde el estante donde las urnas que contienen las cenizas de la madre y del hermano asesinados quedan depositadas: por momentos, tal parece ser el punto de vista desde el que Caetano nos cuenta la película.
 
Como si fuera el relato de los muertos, inoperantes ante tanta crueldad, la madre o el hermano de Cetartiofician irremediablemente como testigos mientras escuchan las conversaciones en off de los protagonistas. Cómo digerir la maldad o la indiferencia son interrogantes que en la co-escritura de Nora Mazzitelli y de Adrián Caetano no se plantean, aunque se desarrollan sus consecuencias como hechos cotidianos. Basado en la novela Bajo este sol tremendo de Carlos Busqued, el guión se despliega encuadrado en una marcada exacerbación de los rasgos genéricos: los malos son muy malos y no hay piedad ni posibilidad de final feliz.
 
Con todos los rasgos del policial negro, caracterizado por la corrupción y el proceder mafioso de la autoridad que en ningún momento se reivindica con una buena acción, Caetano arma una sólida trama acompañado por un elenco que no se queda a la zaga. En un paisaje que se intuye próximo, ahicito nomás, como dirían en tantos de esos pueblos perdidos parecidos al Lapachito de Chaco, Caetano hace presente una y otra vez lo indecible. El estremecimiento que produce la codicia inexplicable, el medio descarnado, las gentes sin ilusiones ni creencias. Con la conciencia todavía obnubilada, la última escena se deja ver tomada en el reflejo de un espejo de auto, como una manera sutil de recordarle al espectador que sólo se trata de un film.
 
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