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Cuando la ausencia no es omisión
El cuervo (The Raven), monodrama para mezzosoprano y doce músicos de Toshio Hosokawa, basado en el poema de Edgar Allan Poe. Dirección musical: Natalia Salinas /Dirección escénica: Federico Lamas/Mezzosoprano: Adriana Mastrángelo/ Asistente de dirección musical: Juan Saavedra /Asistente de dirección: Ana Crapis /Vestuario: Mariana Seropián /Escenografía: Isabel Gual. Primer violín: Laura Hackstein /Piano y preparación musical: DemiánApicella /Flauta: Patricia Da Dalt /Clarinete: Federico Landaburu /Saxo: Mariano Migliora /Trompeta: Martín Mengel/ Trombón: Heini Schneebeli /Percusión: Bruno Lo Bianco/ Segundo violín: Katharina Deißler /Viola: Marcela Magin/ Violonchelo Jorge Bergero /Contrabajo: Carlos Vega. Teatro Colón, Buenos Aires.

“La música cumple y comunica algo imposible, una ‘cerrada dilatación’ de sí, a través de una paradoja que se encarna en los sonidos. Lleva a su cúspide el doloroso placer de la condición humana: esta cárcel abierta ante lo inaccesible”, así reflexiona Jeanne Hersch en las conferencias reunidas en Tiempo y música. La contradicción en la música. (Editorial Acantilado, 2013: p. 24). Sostiene también que si no podemos prever su devenir, entonces la música es música. Es simultaneidad sin duración, es decir, una promesa.
Basado en el poema El cuervo de Edgar Allan Poe, el intenso monodrama homónimo para mezzosoprano y 12 instrumentistas de Toshio Hosokawa(estrenado en Argentina bajo la dirección de Natalia Salinas) se asemeja a la mencionada “cárcel abierta ante lo inaccesible”. Partiendo del inasequible diálogo entre el cuervo y el poeta la composición musical parece ser una oscura versión de esa promesa de la que habla Hersch: el diálogo es en realidad monólogo. Un drama, un monodrama. Quizás el más tortuoso, el de la no comunicación.
 
El compositor japonés nacido en 1955 propone a la cultura nipona examinar el mundo occidental una vez más, de manera cuidadosa, para poder verse a sí mismos desde afuera y acceder a otra vía de conocerse. En sus obras también hace hincapié en la transitoriedad de la música. El compositor sostuvo en alguna entrevista que al escuchar las notas individuales al mismo tiempo estamos apreciando el proceso de nacimiento y muerte de los sonidos y así se genera un paisaje sonoro de “devenir continuo que se anima a sí mismo”. Al leer el poema, la misteriosa presencia y no respuesta del cuervo hacen crecer el desasosiego, se despliega también así la música, cada vez más violenta, con cortes similares a la percusión , con una cantante que a medida que transfigura su voz se despoja de sus vestimentas (y de su elegancia). El poder de proyección vocal de Adriana Mastrángelo es impecable, controlar el cambio de la voz hablada a la cantada (y viceversa) es una tarea titánica, más aun cuando se tiene poca amplificación y se está sobre un par de tacos. Aunque de manera ambigua, también se destaca el pretencioso trabajo de puesta de Federico Lamas que, como el cuervo, tampoco dialoga distrayendo por su insustancialidad y aparente deseo de protagonismo. Concepto que parece no haber sido entendido por el artista ya que en el mismo poema que sirve de inspiración la ausencia tiene el mayor protagonismo. De todos modos, y generosamente, hay cierta correspondencia entre las figuras de yeso que funcionan como máscaras y los conceptos musicales de Hosokawa, relacionados con la tradición japonesa del citado teatro Nō.
 
 
Otra ausencia, o alteración, puede sorprender a los amantes de Poe: el puesto del poeta ha sido tomado por una mujer. Sin embargo, Mastrángelo y el preciso y creativo vestuario de Mariana Seropián hacen de este cambio algo más que satisfactorio. A su vez, el famoso “Nevermore” no se pronuncia y el cuervo tampoco aparece: las ausencias parecen definir a esta versión musical del poema. Acierto sutil ya que si la promesa es la fuerza que mantiene viva a la música, a la espera de las dos peculiaridades de El cuervo no desesperamos sino todo lo contrario: nos entregamos con placer a la no previsión del devenir musical. Ante lo inaccesible, el uso de los colores que hace Julián Gómez Christean en la iluminación equilibra la ruptura de Lamas generando una comunicación alternativa.
 
 
Al subir lentamente en espiral las escaleras hacia la salida del Centro de Experimentación del Teatro Colón, se siente que la música abstracta y siempre penetrante cumplió su misión y que aleteando desde un lejano y oscuro 1845 el cuervo sobrevuela a los oyentes como si repitiera “Nevermore”. El círculo se cierra pero gira, abriéndose. Así, paradójicamente, la intensa sensación de ausencia se vuelve presencia porque cuando la ausencia no es omisión, entonces, es creatividad.
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