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Canciones cultivadas entre Madrid y Buenos Aires
Amores bonsái, Rodrigo Soler. Curtite discos, 2017.
 
“Nunca sabemos si cambiar o volver”, reza “Perdimos” en Diletancia, el primer disco de Rodrigo Soler. Después de ocho años en España, Buenos Aires recibe a su ciudadano exiliado y lo invita a cerrar heridas, a cambiar y volver con la producción de su segundo hijo –como llama él–: Amores bonsái.
 
Cantante multitasking en el escenario, compositor e hincha de San Lorenzo, a Rodrigo lo define la música autogestionada y un sinnúmero de proyectos que lleva a cabo rodeado de colegas y amigos. Su segundo disco tiene once canciones que pelean por la primacía, en una rica mezcla instrumental, combinada con letras heterogéneas. Cada una de ellas desafía a los oyentes con frases profundas de batallas intensas, de guerras perdidas, algunas treguas y varias resignaciones. Todas sueñan con ser la primera coreada por el público. Y algunas lo lograron. En medio del locro y los pastelitos del 25 de mayo pasado, el show presentación en nuestro país llenó el teatro La Tangente de amigos, colegas, familia y admiradores. Ahora, Soler se fue a presentar las canciones a España, cuyas tierras fueron cómplices de su inspiración.
 
Amores bonsái hila más fino y construye escenas más complejas que su predecesor, le canta a los hechos con ese inconfundible dejo de toda España, pero sobre todo de Madrid, fusionando acentos donde palabras como “liado” y “mezclado” juegan a ser sinónimos en una misma canción.  Los sonidos también son de acá y de allá, de allá y acá. Rodrigo no volvió a su país ahacer mudanza como amenaza a una musa anónima en “Merecido”. Parece que le dejaron el piano y también una armónica, trompetas, una varieté de percusión y algunas guitarras para componer un disco que va desde el candombe al rock, pasando por la rumba española, el reggae, el swing y hasta el tango. A diferencia del primero, a este trabajo se le notan la experiencia, los viajes, el crecimiento en cada dolor y cada aeropuerto y la interacción con otros cantautores fuera del rock nacional argentino. Con menos Fito Páez que Diletancia, ahora aparecen nuevos rumbos instrumentales, rítmicos y se adivinan algunas citas de Gardel. En este disco emergen canciones ambientadas en numerosos climas, una seguidilla de frases imposibles de cantar sin perder el aliento y largos entremeses instrumentales donde un piano, una armónica y un bajo se disputan el protagonismo en cada melodía.
 
Desde “Merecido”–tema que fue adelanto del disco– hasta “Julieta y el jinete del nogal”, cada estrofa está llena de metáforas, de guiños a las musas, denuncias a los egos corrompidos, juegos de palabras y sobre todo: identidad. El cantautor demuestra haber podido firmarse la paz consigo mismo. Lejos de ser su peor enemigo, usa con astucia la riqueza de la lengua castellana para combinar estribillos de recuerdos agridulces, contados con ironía en ese sano reírse de sí mismo al que  accede después de que las heridas cicatrizaron. La pluralidad de acordes que componen cada tema funciona como una combinación de especias de origen diverso combinadas para formar un único condimento de sabor inolvidable.
 
Como en toda poesía bien construida, Amores bonsái permite hacer analogías con otras historias, invita a entregar el alma, a cantar y a transitar el camino de este joven cantautor que se vale de todos los recursos que la vida le fue dando para hacer lo que más le gusta: canciones propias.
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