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Tire y afloje

Pensar en abstracto. Museo Arte Contemporáneo de Buenos Aires, San Juan 328, San Telmo. Del 11 de marzo al 13 de agosto, entrada general $60, miércoles: estudiantes, docents y jubilados: sin cargo. Curaduría, Rodrigo Alonso.

 
“La abstracción geométrica es mucho más que el resultado del escrutinio de las posibilidades formales de la geometría”, asegura desde la propia exhibición Rodrigo Alonso, curador invitado a cargo de la nueva exhibición patrimonial del MACBA, ahora Fundación Aldo Rubino. Entre colores y ausencias, movimiento cinético o virtual, formas o sistemas, la muestra viste al museo de dinamismos tanto espaciales como conceptuales que desafían la quietud propia del lugar. Pensar en abstracto es una curaduría en tensión con las grietas propias de la institución. 
 
Obras de aproximadamente 28 artistas, en su mayoría argentinos, ocupan los cuatro pisos del museo y participan de un diálogo, a partir de la contigüidad en el espacio, entre obras de la colección permanente junto a obras no pertenecientes a la misma y tres proyectos site-specific por tres artistas contemporáneos: Daniel Joglar, Diego Mur y Andrés Sobrino. Haciendo frente, de este modo, según Alonso, a la condición fragmentaria propia de los museos, una colección no puede abarcar totalidades de estilos y movimientos, como por ejemplo en este caso, la generalidad del arte abstracto y geométrico argentino. Es decir, se trata de un gesto que completa y complementa lo histórico y, a su vez, dialoga con el guión curatorial propio de la muestra. De hecho, cada piso tiene un lineamiento conceptual que ordena la mirada sobre la selección de obras, o mejor dicho, ordena el diálogo propuesto entre lo tradicional y contemporáneo (“Sin Título”-1971- de Polesello con “Painting” -2016- de Gilda Picabea, por ejemplo), lo que pertenece y lo que no (“Construcción a partir de un eje en vertical”-1965- de Ary Brizzi perteneciente al patrimonio del MACBA con “Rama” -2017-de Mariano Del Verme, obra prestada, por ejemplo). Cada piso plantea un nivel: la construcción y de-construcción de sistemas y formas en la planta baja, conjuntos y combinaciones de colores en el primer piso, construcción espacial a partir de la línea en el primer subsuelo y , por último, la incorporación de la tecnología como condición de producción en el segundo subsuelo.
 
Ordenar la selección y diálogos en el espacio bajo estos conceptos resuelve de manera inteligente las complicaciones de la propia espacialidad del museo, cuatro plantas independientes unidas por una gran rampa hacia un costado, y sobre todo llenando de color y movimiento la quietud y oscuridad de sus paredes grises de cemento. De hecho, si bien el edificio fue construido para ser un museo, arquitectónicamente es muy incómodo para desempeñarse como tal. Esta actitud de revivir el espacio es visible sobre todo en los tres proyectos site-especific. En el caso de Diego Mur, interviene la fachada institucional con “Pipeline” en donde líneas rectas de colores verde, azul y violeta recorren de punta a punta, de alto y bajo los vidrios del museo. En el caso de Daniel Joglar, en un espacio muerto al costado de la sala “Flow Flow” interviene específicamente el vacío del primer subsuelo. Y, por último, la pared de las rampas (gris cemento al igual que el resto del museo), a cargo de Mariano del Verme, una franja ploteada de tres colores de techo a piso, también en diálogo directo, por similaridad, con una obra en planta baja de Sergio Avello: “Chorreado”, serie homenaje a Sol LeWitt (2003).
 
Si bien la curaduría (de alguien externo al propio museo) resuelve bien cuestiones espaciales unificando lo aislado y dando color y dinamismo a la inmovilidad a partir de este ordenamiento conceptual del guión, esta cuestión central no se encuentra señalada en el espacio (títulos-epígrafes en pared) ni presente en el texto curatorial, por lo cual lamentablemente suele pasar desapercibida, sobre todo en los visitantes no especializados en artes. A su vez, el antes MACBA no brinda material didáctico, informativo o “de recuerdo” sobre la muestra para el visitante, como algún tipo de folleto o carta de exploración, algo muy presente en otras instituciones culturales de Buenos Aires. También se ha invadido la muestra colocando un registro (cajas y pantalla de video) de una performance realizada en el museo que nada tiene que ver con la muestra vigente.
 
Pensar en abstracto se configura sobre un tire y afloje entre el más allá de las posibilidades formales de la geometría y las posibilidades físicas e institucionales reales que la condicionan en tanto producto final; se constituye como un conjunto conformado por lo externo y lo interno, lo real y lo fantasmal del lugar, planteando algunas contras visibles para la propia muestra.
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