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El arte y la costumbre de criticar

 

Se suele decir – aunque no es seguro que se suela pensar – que preguntarse por el modo en el que se lleva adelante la actividad propia es una manera de reducir los automatismos del acostumbramiento. Valdría entonces el esfuerzo examinar algunas modalidades de la crítica de arte referidas particularmente a las artes visuales. Y así, estar realmente advertidos sobre las consecuencias, ya sea de la transgresión de los hábitos o del dejarse llevar.

El caso es la última de las instalaciones de Diego Bianchi en el MAMBA, El presente está encantador, y las lecturas críticas seleccionadas son las de Cristina Civale, en el suplemente Radar de Página 12 -el 4 de junio del 2017 -, Ana María Battistozzi, en la Revista Ñ de Clarín  -29 de abril del 2017- y Laura Isola, en la sección Cultura de la versión digital de Perfil -el 14 de mayo del mismo año-. 

Para comenzar, todas las notas dan cuenta de la manera en que Bianchi  articula su instalación con una clara intencionalidad dialéctica, como un entretejido. Y para tal fin, la escritura de estas críticas manifiesta una abierta aptitud descriptiva. Civale es quién más exhaustivamente  se aboca a esta tarea: “Bianchi se nutre de parte de la colección del museo para transformarla en una gran obra…donde se mezclan piezas propias y de artistas como…Aizemberg, Brizzy, Burton, Iommi, Renart, Heredia…”. Señala de que manera la disposición, a la que califica de laberíntica y teatral, está precedida por “…un largo pasillo que la rodea casi por completo…que hay que atravesar para llegar al centro de la sala…formada por los restos de la arquitectura de la exposición anterior…”. Y concluye  que “…el público va perdiendo el sentido de la ubicación…”, y que tales elecciones visibilizan lo tradicionalmente oculto, al “…percibir los espacios residuales del museo…”. Isola no se queda atrás, tanto en la larga enumeración de los artistas invitados a dialogar  como en el retrato del espacio: “Después del ingreso deliberadamente obstaculizado –pasillo, rampa, puertas que se van abriendo…mirillas y rejas que aportan opresión y suspenso – la entrada es a toda orquesta”. E incluso avanza sobre aspectos menos considerados por Civale: “La música resuena en los oídos…los parpadeos de los focos, las intermitencias de las luces…”.

Battistozzi, en cambio, se muestra algo menos preocupada por este tipo de información y solo apunta: “…un caos escenográfico donde todo se entrevera en cruces inquietantes…”, o “…en el dificultoso acceso que orienta al visitante por un estrecho pasillo…”. Su criterio parece ser amalgamar la lectura argumentativa con la necesidad de la ilustración, como se puede ver en este pasaje: “…la estructura arquitectónica heredada de la muestra anterior…dió la oportunidad de poner en juego…un balance entre destrucción y construcción…una experiencia de discoteca, con espejos y luces estroboscópicas”. Y es justamente en esta crítica en la que prevalece una línea interpretativa más integrada al cuerpo del texto, aunque no menos visible y sugerente. Un ejemplo del análisis de Battistozzi: “La destrucción y el desecho se revelan…como catalizadores de la existencia en el presente…”, aunque “…el dispar amasijo de materialidad rotunda – piedras, maderas y alambres -…no resignan…el impulso constructivo…”. En observaciones como ésta,  la crítica deja entrever la tensión entre la posibilidad de lo propio y la amenaza de la alienación que pone en escena la instalación de Bianchi.

Por su parte, Isola recurre a concepciones del filósofo alemán Martín Heidegger para interrogarse sobre el tiempo – a propósito de ese presente del título de la pieza en cuestión - como causa fundante de las diferentes formas de(l) ser, y explica la propuesta por lo informe a partir de frases como ésta: “De ahí que sea menester priorizar la potencia por sobre el acto”. Aunque también señala a “La discoteca y la basura como modelos de producción de significados”, en un intento de lectura de lo múltiple y lo fragmentario en claves grotescas y marxistas.

La estrategia de Civale es diferente y es tal vez el punto débil de su nota. Elige, a la hora de analizar, cederle en gran medida la palabra al propio artista y al curador. Se puede entonces leer a Bianchi decir: “A mí me interesa y me preocupa el ahora…es un estado transitorio…el presente está…”. Y otro tanto a Javier Villa: “El presente se devora…el pasado, pero el pasado tampoco deja de perseguir el presente…”. Civale opta por ponerse a un lado y parafrasear: “Justamente decidió denominar su obra usando el verbo “estar” y no “ser”…”; o: “Su apuesta bucea en la posibilidad de alterar y tergiversar lo existente”.

Si este ejercicio de lectura analítica sobre estas pocas críticas de artes visuales pudiese tomarse como ejemplo, como un espejo en el que se mirasen las demás, entonces, ¿Qué se podría concluir? Acaso sería deseable que toda crítica fuese considerada e ilustrativa con su lector, y que no cediese al capricho individual o del mercado. Que con tal objetivo, despliegue  descriptivamente la información e interprete el fenómeno que la ocupe con argumentos más o menos claros que se esfuercen por explicitar. Y que con estas herramientas promoviese no solo cierto interés por el objeto tratado, en lugar de anteponer de manera mecánica una simple valoración, sino también una cierta concepción estética sobre el arte.

Quedaría por pensar que concepción de crítica de arte supondrían estas rápidas conclusiones. Sin duda, algún tipo de crítica comunicativa, bien intencionada y bien pensante. ¿Podría considerarse válida alguna otra? ¿O acaso existen de antemano ciertos límites impuestos por la crítica en tanto género? ¿Pero esos límites, no son en todo caso históricos, y entonces frágiles? Son varios interrogantes, por lo que sería necesario tomarse un tiempo más para pensarlo, y sobre todo un espacio mayor. En otra oportunidad, tal vez. Porque como se sabe, la extensión en caracteres a la que se debe toda  reseña crítica es algo sobre lo que finalmente no se puede especular.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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