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Más de lo mismo: la paradoja de autodenunciarse
La expulsión de lo distinto, de Byung-Chul Han. Buenos Aires, Herder Editorial, 2017.
 
Cada cierto tiempo, entre los estudiosos del mundo y sus dinámicas, se destaca alguna voz que se convierte en referencia obligada para comprender el Zeitgeist. Ese parece ser el caso del ensayista surcoreano-alemán Byung-Chul Han en nuestros días. Con su estilo de fácil lectura, este pensador se ha popularizado entre los círculos intelectuales de habla hispana desde que la editorial Herder comenzó a traducir su obra en 2012, con La sociedad del cansancio.
En La expulsión de lo distinto, Han vuelve a visitar los mismos temas que se han vuelto recurrentes en su obra, caracterizada por el diálogo constante con otros filósofos y ensayistas de nuestro tiempo. Tomando una metáfora orgánica de Baudrillard para el estudio de la sociedad, expone su punto de vista sobre loque considera como el cáncer que aqueja a la cultura en la actualidad: el violento poder de lo global. La consecuencia inevitable es el rechazo de lo distinto, el fin de la alteridad, que Han disecciona en sus múltiples expresiones, desde el consumo compulsivo de series televisivas hasta el terrorismo, pasando por ejemplos cinematográficos que ilustran el universo distópico de lo igual.
Para alguien que quiera estudiar el pensamiento contemporáneo, esta obra de Byung-Chul Han ofrece una interesante condensación temática. Sin embargo, el exceso de generalización y repetición da por resultado un texto que aporta muy poco de novedoso en el campo del conocimiento. Sobresale la utilización de recursos retóricos inesperadamente elementales, como un sinfín de citas descontextualizadas de Heidegger, Benjamin, Scheler, y el ya mencionado Baudrillard, para apelar a un principio de autoridad que no termina de ser convincente.
El compendio de temas que caracterizan a la sociedad global neoliberal, a la que denuesta con esmero, termina pareciendo un breviario de aforismos de escasa profundidad, lo cual  no puede resultar menos que paradójico. Su forma de argumentar, escueta y pletórica de obviedades es fiel reflejo de uno de los problemas contemporáneos que denuncia, a saber, el exceso de información inútil que no logra cuajar en conocimiento.
Sin estar necesariamente en desacuerdo con sus postulados, resulta sencillo concluir que su argumentación no soporta el escrutinio. Tal vez sea ese el mayor problema: los doce ensayos breves que componen La expulsión de lo distinto son una lectura de la realidad actual con la que resulta demasiado fácil concordar (lo cual justificaría en parte su popularidad), pero al escudriñar la retórica, se revela como una retahila de reflexiones que cualquier persona que lea noticias podría concluir por sí misma. O peor aún, los razonamientos expuestos son de tal reduccionismo moralista que a ratos parecen consejos de un padre a su hijo adolescente: “La hospitalidad promete reconciliación. Estéticamente, se manifiesta como belleza. (…) La política de lo bello es la política de la hospitalidad. La xenofobia es odio y es fea. Es expresión de la falta de razón universal, un indicio de que la sociedad todavía se encuentra en un estado irreconciliado”.
La aproximación a temas de interés mundano, como la adicción a las selfies, también se reduce a planteamientos excesivamente simples con tono aleccionador, dignos de un comentario en Facebook espetado a la ligera por cualquier opinólogo: las selfies son “la marcha en vacío de un yo narcisista”; la adicción a las selfies “intensifica la sensación de vacío”; las selfies reflejan “un yo vacío que se siente inseguro”; y así continúa, abundante en repeticiones y escaso en explicaciones.
Otros episodios abordan problemas de difícil entendimiento con afirmaciones falaces, que parecen destinadas a instalar polémicas en torno a asuntos particularmente sensibles. De esta manera, por ejemplo, compara a los terroristas con los adolescentes que se auto-inflingen heridas para llamar la atención.De este modo, aduce el autor, el terrorista abre brechas en el sistema global de lo igual, inmolándose en un acto de rebeldía que el autor caracteriza como el acto último de autenticidad.
Los planteamientos de Byung-Chul Han en esta obra, tal vez demasiado similares a sus ensayos anteriores como para denotar algún tipo de evolución o elaboración intelectual más desarrollada, terminan por convertirse en una autoconfirmación de la mismidad del pensamiento contemporáneo. Este es un ejercicio retórico de escaso valor, que resulta preocupante por la alta estima que parece tenérsele en el ámbito intelectual: el pensador que rechaza la violencia de lo global acaba siendo el filósofo de moda entre los hipsters. ¡Vaya ironía!
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