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El espejo digital
La incorporación de las nuevas tecnologías como parte de la rutina diaria no sólo permitió repensar distintas formas de interacción entre los sujetos, sino que suscitó modos alternativos en que los mismos pueden experimentar con su  propia identidad. El uso creciente de las redes sociales las consolidó como base casi ineludible para sustentar y propiciar las relaciones en distintos ámbitos de la experiencia sensible. De esta manera, su adhesión al funcionamiento de la telefonía móvil admitió el acceso a una cantidad de información descomunal, delegándonos la difícil tarea de reflexionar sobre cómo estos mecanismos de comunicación atraviesan nuestras prácticas, y de qué manera influyen en la conformación de la psiquis como producto de la relación del sujeto con su entorno.
 
Sólo basta con mirar el crecimiento estrepitoso de la red social Instagram, plataforma que en pocos meses de existencia pasó a monopolizar la atención de los usuarios, compitiendo directamente con Whatsapp y dejando un paso atrás a Facebook. Este hiper-medio, cuya dinámica consiste en manipular imágenes a través de programas de edición profesional, posibilitó que todos pudieran producir imágenes “como de revista”. En esta red, las palabras ocupan un margen más reducido en un claro viraje a la preponderancia de  la fotografía, que se exhibe en su estado más icónico en una búsqueda de estetización de cada aspecto de la vida cotidiana.
 
Día a día el sujeto es incitado a retratar cada momento de su intimidad para exhibirlo frente a miles de espectadores, en la inagotable tarea de recibir  un tipo muy particular de  aceptación social, que expresado en términos de “me gusta” o de formas similares estimula un borramiento total de cualquier indicio de negatividad. En este caso la utilización del lenguaje fotográfico busca despegarse de su carácter indicial, es decir de ese “estar ahí”, para paradójicamente sustentarse en su calidad de ser mera imagen. Un cambio que presupone un trastrocamiento con el concepto de temporalidad, ya que si en un pasado la fotografía de uso cotidiano servía para resguardar un recuerdo o para reponerlo donde la memoria se presenta como insuficiente, hoy en día se traduce a un estado de pura  actualidad. A su vez, por la propia naturaleza del dispositivo en red, la fotografía se desprende de su necesidad de perdurabilidad. 
 
Si ya Foucault vislumbró de qué manera en el siglo XIX se edificó el germen del pensamiento moderno, cristalizado en cómo el mundo se configura a sí mismo como representación, en la contemporaneidad podemos decir que ese funcionamiento se exacerbó. La imagen, provocando una fractura en la esfera de lo verosímil, se aleja de manera desmedida de este concepto o genera variaciones en la manera de percibirlo. Las redes sociales funcionan bajo el contrato ideológico del “como si” y despliegan todo un abanico de posibilidades ante el usuario. Los sujetos actúan de forma compulsiva como vouyeristas, a través del visualización de los distintos perfiles también van configurando su propia identidad virtual.
 
En el análisis de estos usos, la licenciada  Silvia Tabachnik  en Imágenes de auto ficción encuentra estos dispositivos más como espacios de experimentación poética que como lugares de construcción de realidad. Sólo basta con observar la serie de autorretratos disgregados en la red, que en su mayoría no buscan ocultar la huella de la alteración digital. Los filtros o las tan mencionadas “apps”, que permiten la hiperbolización de los rasgos  o la modificación de las imágenes en cualquiera de sus dimensiones, son una evidencia de esta operación. Nadie parece tomar como “verdad” lo que aparece contenido dentro de la imagen, sino como una de las tantas variaciones en la esfera de lo posible.
 
Si las oportunidades otorgadas por las redes  nos ubican en las antípodas de dos posiciones claramente contrapuestas, como son la de volverse un objeto de exhibición y ser observador a la vez, habría que replantearse si en este sentido el usuario es capaz de obtener algún tipo de placer al no encontrarse anclado en ninguno de los roles. De este modo, el individuo al sentirse acechado por una insatisfacción constante, se ve enfrentado a la imposibilidad de obtener en tiempo real la cantidad de vivencias que proporcionan estas plataformas.
 
Ante el encantamiento ofrecido por  las mismas la experiencia cotidiana se retrae. El sujeto, ante su propia frustración, decide volcarse a un mundo de apariencias en el que cada uno es creador de su cuerpo virtual. De este modo, la red asemejándose a una fuerza anónima que funciona por motus propio, articula un imaginario colectivo donde todas las sensaciones al ser presentadas como una vidriera construyen un efecto de fantasmagoría embriagador. Pero su aplicación en escenas de disenso, visibilizando voces que muchas veces terminan por ser opacadas, las vuelve también una herramienta clave a la hora de redefinir las relaciones de poder.
 
Sólo basta con recordar la campaña impulsada por el diseñador israelí Ronny Eddry, que ante el riesgo de una inminente guerra entre Irán e Israel, decidió viralizar un autorretrato con su hija poblando a todas las redes con el contundente mensaje: “Iraníes, nosotros nunca vamos a bombardear su país. Los amamos”. En menos de 24 hs la respuesta no tardó en llegar en forma de miles de fotos bajo el eslogan: “Israel nosotros también los amamos. Tampoco queremos bombardearlos”.
 
Esta visualización de la opinión pública no sólo evidenció la fractura incipiente entre los intereses del gobierno y los ciudadanos, sino que puso en tela de juicio temas fundamentales como la religión, los límites geográficos, las políticas internacionales y los conflictos bélicos. Este tipo de utilidad incitó a repensar que si a través de estos medios las fuerzas hegemónicas se afianzan o incluso llegan a  perpetuarse, es quizá también sobre este territorio que las relaciones establecidas pueden, al menos en términos abstractos, replantearse o ponerse en discusión. Si las redes son el espejo virtual donde las fantasías se despliegan, son también quizá el lugar para cuestionar aquellos mandatos donde la experiencia cotidiana, por distintos motivos, decide plegarse sobre sí misma.
 
La utilización de estas herramientas para la promoción de reclamos populares es cada vez más usual. Sólo basta con mirar un caso de gran actualidad en nuestro país, como  es la desaparición forzosa de Santiago Maldonado. Ante la iniciativa de un gobierno que buscaba invisibilizarlo, de manera totalmente disruptiva en un medio que se presume como “democrático”, comenzó a circular su imagen con la leyenda “¿Dónde está Santiago Maldonado?” Instantáneamente la respuesta de los usuarios no sólo fue plagar las redes con la pregunta sobre su paradero, sino que la imagen de Santiago se hizo tan mediática que traspasó los límites de las redes sociales, para infiltrarse en los medios de comunicación más importantes del mundo. La materialización de la imagen de Maldonado planteó una incomodidad al encontrarse inserta en ella dos funcionamientos. Por un lado, su carácter icónico, en tanto su cara se vuelve un emblema de lucha y de reclamo popular; por otro, se ve anulada su  naturaleza indicial por su  incapacidad de referirse a “ese estar ahí”, en la negativa de poder ubicar a ese cuerpo en tiempo y espacio. Adquiriendo esta gráfica una dimensión política fundamental que fluctúa  ante la contradicción de una presencia, representada en términos de imagen, de la más devastadora de las ausencias.
 
De esta manera, si bien hoy la noticia de su paradero sigue incierta, ahí donde el poder establecido quiso que la experiencia cotidiana se retraiga, ciertos sectores de la sociedad al impulsar la pregunta “¿Dónde está Santiago Maldonado?” forzaron a que este suceso  irrumpa en la vivencia diaria de cada ciudadano.
 
En estos casos se puede visualizar cómo ciertos dispositivos pueden volverse una herramienta fundamental para la redistribución del poder, en la supresión, el cuestionamiento o la revalidación de ciertas verdades. Las mismas son puestas en tela de juicio a través de los beneficios exhibidos por estas plataformas, que al habilitar la  conexión entre millones de usuarios de diferentes partes del globo,  podrían replantear no sólo la reconfiguración de las prácticas individuales sino también generar nuevas dinámicas en las que confluyan, de maneras renovadoras, las energías políticas, estéticas y sociales.
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