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Hacerse cargo de lo que vendrá
 
Revolución en el arte, de Oscar Masotta. Buenos Aires, Mansalva, 2017.
 
A 13 años de la primera edición, de la mano del sello editorial Edhasa, Mansalva reedita Revolución en el arte –uno de los libros más suspicaces de Oscar Masotta–  que es un compilado de textos, escritos entre 1965 y 1968, sobre arte y política (happening, arte-pop, arte conceptual,arte de los medios, y su concepto de  desmaterialización), algunos inéditos y otros que Masotta había publicado como libros por separado y como ensayos en revistas y catálogos. La tercera sección de Conciencia y estructura es una parte fundamental que recoge Revolución en el arte ya que se puede rastrear allí la orientación estructuralista y la perspectiva psicoanalítica que el escritor y teórico del arte difundía por la Argentina de los ’60.
 
Oscar Masotta fue esencialmente un revolucionario, un teórico prolífero en el campo de las artes y del psicoanálisis. No solamente introdujo a Lacan en Argentina, sino que le abrió las puertas al país hacia la producción artística y cultural de Europa, principalmente. A contracorriente de los ortodoxos circundantes de las academias y universidades, estudió la historieta y la moda con la sutileza y el bagaje teórico de la filosofía, la lingüística, la antropología, la sociología y la teoría del arte, posicionando las producciones populares, desdeñadas hasta ese momento, dentro de los estudios culturales.
 
Su trabajo como escritor le permitió manifestarse en ámbitos que llegó a considerar hostiles dentro del marco de los estudios culturales. Aunque Masotta comenzó a estudiar filosofía en los años ´50 en la UBA, su estadía duró poco tiempo; su relación con el Instituto Di Tella fue lateral –y no por eso superflua– siendo más afín a las producciones intelectuales deslindadas de lo académico. Fundó el Centro de Estudios Superiores de la UBA, junto al arquitecto César Janello en 1964, en el que investigó y dio clases, pero tuvo que abandonar su labor debido a la dictadura de Onganía; y si bien dio clases luego en el Centro Cultural Rojas lo hizo a costas de personalidades que se pronunciaban en contra de sus ideas políticos y de su forma de enseñar. Pero siempre conservó su postura. Coloquial y serio, pero descontracturado y lúdico, fue un ejemplo de la enseñanza horizontal. Sus clases eran una apertura hacia quienes quisieran compartir momentos de charlas intelectuales y estar dispuestos a la producción de un nuevo saber.
 
No es sólo anecdótico que se hable de la faceta de Masotta como estudiante/profesor sino que hace a la esencia de lo que fundó en torno al acercamiento al saber. Una de las aristas que se hallan en el estudio preliminar del libro pone foco en estas apreciaciones, al tiempo que releva otras facetas más exploradas. Ana Longoni, teórica del arte de nuestros tiempos, fue la encargada de escribirlo. Dicho estudio es idéntico en ambas ediciones, pero no por eso pierde su valor. Funciona como un trabajo de curaduría que se ocupa de indagar las producciones de Masotta tanto desde la teoría como desde la práctica. Pero además orienta al lector poco avezado en la vida y obra de Masotta de modo que el resultado de leer el prólogo es análogo a leer al autor. En esa simbiosis amorosa que logra Longoni con Masotta recupera los gestos más auténticos del prolífico personaje; de aquí que no resulten azarosos los ensayos reunidos en Revolución en el arte, y de aquí que el nombre del libro cobre sentido.
 
Masotta siempre se ubicó en el entre, es decir, en los límites. Su pivoteo constante entre el discurso universitario y el discurso del analista fue lo que marcó toda su producción y es lo que se encendió desde aquel momento como debate intelectual. Se casó con el psicoanálisis pero fluctuó entre el existencialismo y el estructuralismo. Ejerció la poligamia desde la política: era un “marxista ilegímito”; si bien se pronunciaba a favor de la izquierda marxista, nunca se afilió al PC. Las razones fueron varias y, entre ellas, la más fuerte era la no posibilidad de reconciliación entre el PC y el psicoanálisis. Según Masotta, no habría consenso alguno entre ambas políticas.Fue un adelantado: tanto desde la teoría como desde la práctica encaró temas tan despreciados como poco estudiados en la época.
 
El pensamiento de Masotta es lo que asombra y resulta revolucionario. Tanto considerar al psicoanálisis como una política y como una ética en los ’60 en Argentina, como cuestionar ciertos eslóganes de partidos con los que de todos modos simpatizaba, e interpelar al discurso universitario sin ceñirse a la academia para teorizar sobre temas de interés cultural, que quedaban incluso sesgados a las luces de las instituciones, son muestra de la formidable lucha que emprendió Masotta y que delegó para futuras generaciones.
 
Su escrito más revolucionario quizá sea “Yo cometí un happening”, donde se sitúa en un lugar poco habitual como espectador de dos happenings que habría presenciado en Nueva York, en el año 1966. Pero su concepto de “apercepción” aplicado a la obra de Warhol es lo que lo llevó más lejos en la crítica de arte, refiriéndose a éste como un régimen escópico que requiere de un nivel de legibilidad complejo en sus relaciones intrínsecas por portar la mirada del Otro en la de uno mismo. La constitución del deseo del Otro es también la de uno, el sujeto que mira es mirado y de allí que se constituya como sujeto y se distinga en el lugar de deseo del Otro. El uso que Masotta le da al concepto de apercepción proviene de la conjunción de lo éxtimo y de la pulsión escópica, de Jacques Lacan, con el existencialismo sartreano. Aquí Masotta establece una retroalimentación entre psicoanálisis y arte que es la semilla para el desarrollo de posteriores escritos sobre el tema. Christian Metz, por ejemplo, retomaría más tarde el concepto de extimidad y de la pulsión escópica para hablar específicamente sobre cine en su libro El significante imaginario: psicoanálisis y cine.
 
La discusión todavía vigente, incluso dentro de las instituciones, sobre la teoría entendida como acción, y visceversa, que Masotta implantó en los ’60, supone un desplazamiento intelectual e ideológico hacia lugares no diagramados como el arte (y dentro de éste la historieta y la poesía) y el ejercicio de la escritura (el ensayo) como producción. Sus escritos se avocaron a echar luz sobre las nuevas formas y los nuevos paradigmas artísticos de la época desde distintos marcos teóricos que mutaban al paso que los iba utilizando mientras se ocupaba de detallar,  con un sesgo evidente de interpretación, obras de Warhol y Lichtenstein, por nombrar algunos artistas de los tantos que tuvo en consideración. Fue duramente criticado por hablar de esas obras a las que vería in situ tiempo después de tomarlas como objeto de análisis.
 
Masotta se ocupó, además, de alojar preguntas aún abiertas al debate sobre el papel de los medios de comunicación en la sociedad contemporánea, con las nuevas producciones arremetiendo contra el tiempo. A su vez, propugnó el diálogo del arte y la cultura locales con lo que se estaba discutiendo y produciendo en otros países, en pos del desarrollo artístico-intelectual de la Argentina de 1960.
 
Leer Revolución en el arte es zambullirse en el ensayo moderno que Oscar Masotta consideró como una manifestación literaria en constante movimiento que trasmuta de ejercicio a práctica política, sostenido por una dialéctica y una ética de las palabras. Es entender que las letras vivas son pensamientos activos, que la palabra nunca está petrificada; y que el escribir es producir saber incluso para el escritor, porque éste descubre en el ejercicio y conoce en la práctica. La acertada reedición del libro que recoge a Masotta, en su impostura y en sus gestos, es un acercamiento a su realidad y es un modo de conocer aquello que Masotta quiso que frecuentáramos los escritores y los intelectuales de las generaciones venideras.
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