Búsqueda
artículos
debates / libros
De las selfies en los museos
 
Entre las prácticas sociales que caracterizan las visitas al museo en la actualidad, pocas pueden resultar más perturbadoras que esa costumbre pseudo-documentalista de algunos asistentes, sobre todo los más jóvenes, de tomarse selfies al lado de cada obra, o fotografiar las obras mismas para luego presumir la visita al museo a través de las redes sociales. Basta imaginar la situación: una exposición del trabajo de Diane Arbus, donde las fotografías difícilmente pueden ser apreciadas de modo contemplativo por la omnipresencia de teléfonos celulares intentando reproducir imágenes de imágenes que ya inundan la Internet. Algunos asistentes ni siquiera parecen apreciar la obra en cuestión, sólo extienden el brazo, toman la foto o la selfie, y siguen su camino, con la mirada concentrada en la pantalla del celular.
Es evidente que la forma de disfrutar el arte ha cambiado en los últimos años, porque el público mismo ha cambiado, y su comportamiento así lo confirma. Después de todo, pensarán algunos, ¿para qué ir al museo si no es para publicarlo en las redes sociales? Lo mismo ocurre con otros espacios públicos, desde restaurantes hasta boliches, pasando por plazas, lugares de interés turístico y recitales. En esta era de vida virtual y sobreexposición de lo íntimo, cuando es tan difícil sacar a un joven de su casa para interactuar en espacios reales, los museos también se han visto en la engorrosa tarea de reinventarse para atraer a una nueva generación de espectadores.
En este afán por hacerse de una nueva y más amplia audiencia, las instituciones en cuestiónhan recurrido a la incorporación de manifestaciones artísticas que puedan resultar más atractivas para el público millenial y de la generación digital. Es de esta manera que en los últimos años se ha podido ver a personajes de la cultura popular, incluyendo cantantes, diseñadores de moda y directores de cine, convertirse en objeto de exposiciones retrospectivas en los grandes museos. No faltan ejemplos, como las recientes exposiciones en honor a Alexander McQueen en el Metropolitan Museum de Nueva York, a Tim Burton en el MoMA, o a Björk también en el MoMA, sólo por mencionar algunos que, además de ilustrar el punto, han establecido récords de visitantes.
Este coqueteo con la cultura popular, sin embargo, podría interpretarse como un alejamiento del museo de sus funciones clásicas. Pero es una realidad ineludible que, con el devenir social, debe sobrevenir una transformación institucional que lo refleje. Así lo entiende Luis Grau Lobo, Director del Museo de León, en su artículo “Museo, globalización y otros cambios climáticos: ensayos sobre sus derivas”: “Los museos ya no son lo que eran. Porque no otra es su condición sino la de reflejar y responder a una sociedad que tampoco es la misma, que tampoco piensa sobre sí y sobre su pasado lo mismo, que ni siquiera se comporta respecto a los museos de la manera en que lo hacía cuando concibió estos como manera de perpetuarse”.
Es, entonces, una cuestión de supervivencia. Los museos son parte de un mundo que se ha complejizado, y aunque suene a perogrullada, hoy más que nunca es el dinero el que mueve el funcionamiento de las instituciones. Por ello, en lugar de apegarse a una ortodoxia nostálgica, el museo se ha visto en la obligación de comportarse como empresa, con gestiones mensurables en términos de número de visitantes, recaudación de taquilla, venta de artículos en tienda y otros compilados de números y estadísticas que amenazarían con aplastarlos si se ponen de espaldas a las dinámicas sociales.
Son estos los mismos motivos que han impulsado a los grandes museos a buscar casi con desesperación la atención de la nueva generación de inversionistas. Como explica Ford W. Bell, presidente de la Alianza Estadounidense de Museos, citado por David Gelles en el artículo del New York Times “Asombrando a una nueva generación de patrocinadores de museos”: “El donante tradicional está muriendo, acortando donaciones, o delegando sus funciones en sus hijos o nietos. Ese cambio generacional es algo de lo que muchos museos han estado hablando”. Es por esto, por ejemplo, que el Museo Guggenheim ha establecido un Consejo de Jóvenes Coleccionistas, y ofrece una gala anual para desplegar su capacidad de mantenerse “en onda” ante la nueva generación de la clase acomodada. No es poca la competencia que tienen: los estudios del Fondo Nacional para las Artes (NEA, por sus siglas en inglés) han concluido que la generación del Baby Boom (los nacidos durante la década del '70), que controla más del 70% del presupuesto destinado a donaciones en los Estados Unidos, tiene otras prioridades filantrópicas, relacionadas con la asistencia social más que con las causas artísticas.
Ante este panorama, resulta comprensible que los museos apelen no sólo a la cultura popular, sino también a la participación de los espectadores en las redes sociales, promoviendo hashtags para Twitter, por ejemplo, o estimulando al público a tomarse selfies para compartir en Instagram y otras redes. Es indudable que son necesarios nuevos y más profundos estudios sobre la generación de sentido desde la instancia de recepción en el ámbito de las artes, considerando que estos cambios son tan recientes como significativos. E invariablemente estas prácticas les seguirán resultando degradantes y perturbadoras a muchos, para quienes morderse la lengua parece la única solución posible.
Nombre
Email
Comentario