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“El peronismo no purifica a nadie”

Nacido y criado en la ciudad de Buenos Aires a mediados de la década del cincuenta, Daniel Santoro es el creador de una obra que ha sido siempre motivo de polémicas interesantes. En pos de clasificar un objeto que resulta claro, la reelaboración de la imaginería peronista, su producción encierra y proyecta las mismas virtudes y prejuicios que comprende la experiencia política desde aquel entonces. A pesar de no ser el mejor momento para el mundo peronista, Santoro abre las puertas de su estudio y comparte sus preocupaciones más urgentes.

 
‒Teniendo en cuenta que no has sido un testigo directo de los hechos que ocupan la temática de tu obra, ¿en qué momento surge la necesidad de poner en valor esa parte de la historia?
‒Forma parte de esa sensación que surge en una charla de café, hablando en los bares, en la librería Ghandi sobre todo, con gente que compartía las mismas preocupaciones. En un contexto muy hostil, de no poder hacer nada, donde todo estaba mal y no había posibilidad de nada. Ahí, a finales de los noventa, el ocaso del menemismo y el desastre de la Alianza, espanto tras espanto. Y es un poco así, ahí se prospera, las ideas vienen mejor en ese contexto, el arte nunca es celebratorio, el arte necesita contraste, no hay un arte celebratorio, eso nunca va a ningún lado. Es propaganda nada más, no tiene que ver con la pintura, la pintura habla de lo oscuro, del agujero interior, de lo que no se puede decir: la muerte, los dramas humanos, esos no son celebratorios. El peronismo tiene mucho de  oscuridad, y lo que me gusta es precisamente eso, la parte oscura del peronismo, no la celebración.
 
‒Sin embargo, tu obra, se encuentra determinada por el éspíritu ideológico de la doctrina peronista. Más allá de cualquier autocritica,  ¿de qué modo crees que escapa, en tanto te reconoces como peronista, a esa instancia celebratoria?
‒La ideología es una instancia de elaboración que uno puede llegar a tener para adentro, pero no para con el pueblo, el pueblo no está ideologizado. Ese es el gran quilombo, porque las ideologías son estructuras que se protegen a sí mismas, son endogámicas, por eso el de izquierda tiene que ser de izquierda absolutamente, y se convierte, como diría Lacan, en un significante amo, se auto propulsa. El capitalismo es nuestro gran enemigo también, pero no tiene porque ser el instrumento de izquierda para combatirlo. El peronismo es un instrumento paradójico en contra del capitalismo porque no lo rechaza, lo utiliza de forma contra natura al proclamar el reparto real, el goce colectivo, el goce democrático. También está el tema de la felicidad, el peronismo es una búsqueda de la felicidad. ¿Y qué es la felicidad? ¿Son objetos la felicidad? ¿Qué es la felicidad para cada uno? Es una búsqueda de la felicidad, entonces la felicidad también es una búsqueda vana.  Es el amor viste, hay un amor ahí en el medio, el amor anda dando vueltas en el peronismo, funciona el amor en el peronismo, y esa palabra tiene sus referencias. La pareja emblemática es una figura del amor, ahí esta el amor. Y ese es el corazón del peronismo, que no es ideológico, es otra cosa, es la búsqueda de la felicidad, y a la felicidad del pueblo se llega por medio de muchas heterodoxias, nunca la formula es ortodoxa, siempre se llega aplicando distintas fórmulas. El peronismo no purifica a nadie, se compone de todo, se entiende de otra manera, tiene otra forma de ejercer la democracia, es más cruel, más sucio, más humano. Ahí está también la paradoja de mi obra.
 
‒Más allá de las especulaciones en torno a las simpatías de Perón para con los fascismos europeos, ¿creés que tú obra surge como una expresión de reivindicación del peronismo?
‒Como te decía, uno admira el peronismo pero lo admira porque es oscuro, por las fallas también, hasta por lo autoritario si queres, porque también lo es. Tiene sus quilombos, reconoce en la democracia la herramienta formal, pero sabe que es una forma liberal, que no es la solución última. Entiende que no les podés pedir permiso a los grandes terratenientes o a los empresarios para que todo vaya de una determinada manera. El peronismo revela eso y entonces, claro, se lo ve como un fascismo. En las calificaciones del peronismo nunca hay una objetividad, porque tiene esa cosa de no ser objetivo. Ese es el gran quilombo también, y hay cosas que no podés decir. Entonces ahí aparece el arte que te permite, de alguna manera, sacar a la luz esas cuestiones. Ahí puede haber una reivindicación de ciertos aspectos. Para eso es siempre muy importante la distancia histórica.
 
‒De alguna manera planteás un ejercicio catártico a través del arte. La historia suele repetirse, los hombres tienen esa capacidad de recrear condiciones semejantes a lo largo del tiempo. ¿Te parece que el momento político actual es propicio para llevar adelante una operación similar?
‒Es muy difícil seguir el recorrido de un icono, nadie sabe que itinerario hace un icono. Tal vez Evita era como Luli Salazar en su momento, como una botinera de coroneles, por ahí era eso, qué se yo. Quién sabía al principio, cuando le sacaban una foto, que esa mujer iba a ser un icono universal, como el Che. Nadie sabe porque se llega a eso, el personaje se va componiendo con el tiempo, se va reformulando y entonces no podés saberlo. Ahí no podes vos tener una intención en eso porque haces celebración, no hay nada detrás, no estás vos. Porque siempre hay una subjetividad, tiene que estar tu desgarramiento, tu opinión, que siempre es una zona de oscuridad, no puede funcionar a la luz.  No es como decir: “ay es clarísimo el arte, vamos a hacer el realismo socialista, el sujeto histórico, y hacemos así “. Eso es una pelotudez.
 
‒En ese sentido, el kirchnerismo le hizo grandes homenajes a Eva y no tanto a Perón. Al mismo tiempo, Perón aparece muy poco en tu obra. ¿Creés que no es una figura “iconizable”?
Si, aparece poco. A Perón se lo desprecia en ese sentido y está bien, tampoco estoy de acuerdo en hacer monumentos. Pero bueno, si los hacés, hacelos todos, si te gusta dale un uso pleno. Yo no comulgo, no estuve de acuerdo con respecto a Juana Azurduy, en ponerla ahí, en el eje histórico. A mí me parece que había que correrla quince metros y correr a Colon quince metros y hacer un diálogo. También porque una vez que hiciste el monumento ya no hay que sacarlo. Si sacás el monumento, estás peor que antes. Me parece mucho mejor crear diálogos, porque eso sos vos, como Nación, como identidad, no negando, ahí es donde está el eje histórico. En los dos: inmigración y pueblos originarios. Lo mismo pasa con Roca. Está mal que Colón este en el eje, pero tiene que estar, y es necesario crear un diálogo. Eso es lo que yo imagino que intenta representar mi obra, tanto en las contradicciones del peronismo, en la amalgama de figuras contrastantes, como en las relaciones históricas que propicia.
 
‒Al mismo tiempo, y más allá de la figura de Eva, hacés una lectura de ciertos puntos emblemáticos del peronismo. Ahí si aparecen imágenes icónicas que tienen más que ver con acciones especificas del peronismo, sobre todo la relación con la tecnología. Pienso en el Pulqui por ejemplo…
‒Claro, toda la audacia tecnológica, las epopeyas tecnológicas siempre están en el corazón del peronismo, porque tiene esa cosa de sumarse a la aventura del progreso con ingenuidad. A veces, incluso, diciendo “bueno mirá, nosotros tenemos un avioncito del carajo” porque el Pulqui era un avión del carajo, y nada más. Tampoco hay un criterio racional, vamos a construir una tecnología como si fuéramos alemanes. El tema es que nadie se sacrifique en el peronismo, el peronismo no pide sacrificios. Si pide sacrificios no es más peronismo. Eso es algo muy interesante de cómo se usa, ese uso liviano del trabajo; hay trabajo, pero también hay vacaciones. El tema de la felicidad es no trabajar, no es el sacrificio del trabajo, del inmigrante que viene a hacer y no paga, eso separa, y ahí funciona el amor. Toda la cosa de  la misericordia: “bueno, no laburó mucho pero también le damos”. Corremos un poquito la ley y lo jubilamos, eso es la misericordia. El mundo peronista es, hay que trabajar pero también hay que darle, y eso irrita muchísimo.
 
‒Algo parecido pasa con el avance tecnológico. ¿Para qué querés científicos investigando, un satélite dando vueltas, al final no labura nadie en este país? 
‒Exacto, es esa cosa lacaniana del fantasma neurótico del goce, eso de ver al otro y decir “hijos de puta están cogiendo y le dan guita y coge, cuando va a parar esto, son negros encima”. Capussoto funciona así, esos personajes son así, están afectados por ese fantasma neurótico. Entonces vos ves ahí un enemigo, la injusticia, y ahí pedís justicia, que no es justicia social, porque si vos pedís justicia social entonces estás jodido. Tenés que tener misericordia, no justicia entendida como penalidad. Esos son los corrimientos del peronismo que a mí me interesan y que lo hacen en un punto vulnerable. Porque tiene un montón de flancos. Si vos vas a venir con un ajuste cagaste, eso no es peronismo, como vas a venir con un ajuste, el peronismo es reparto, producción y distribución. Eso genera un montón de quilombos. Perón planificaba todo, los planes quinquenales eran muy difíciles de sostener, porque es entrar en una lógica que te desbarranca. Por eso se necesita un conductor, alguien que se haga cargo. El peronismo cambió las estructuras productivas en serio, no es joda, todo eso es de una complejidad enorme. Incluso es muy difícil de explicar en Europa, recién ahora se están dando cuenta, ciertos populismos- porque ahora los acusan a ellos de populistas- que buscan esto, repartir un poco. Por supuesto que no les resulta nada fácil, es romper una lógica de muchos años, que yo no sé si lo van a poder hacer. Andá a hacer el peronismo en España.
 
‒El mercado del arte siempre muestra interés por esas expresiones que abordan  la reflexión sobre una realidad social determinada. Algunos creen que es una forma de desactivar ese contenido reflexivo, de denuncia en algunos casos. ¿Cómo fue tu inserción en ese entramado?
‒He tenido siempre buena aceptación, mi obra les interesa mucho, he recibido mucho más de sectores que uno podría pensar ajenos a la temática de mi obra. Por ejemplo, recibo mejor trato de parte de La Nación que de periódicos amigos, por citarte un caso. Es un tema que convoca mucho, les interesan las reflexiones en torno al peronismo. En parte porque no hay mucho de eso, quizás hay más arte político y es difícil correr ese eje. Porque en ese mundo no hay muchas novedades, eso está muy instalado desde la izquierda y correr ese eje es lo que más les interesa. Al mismo tiempo yo no tengo ningún prejuicio, al contrario, y como no hay resistencias yo me entrego al goce.  A veces se enojan más desde el peronismo, pero porque yo no comulgo en hacer esa cosa monumental, celebratoria. En algún sentido, se revela un interés que parte incluso desde el morbo. La proclamación del peronismo hace que funcione como un gran enemigo, siempre es el gran enemigo; la desgracia de la nación es siempre el peronismo. Eso funciona para los dos lados, sus detractores se afirman en esa idea y los que acompañan tienen ciertos recelos a la hora de aceptar la inclusión en terrenos donde es necesario dar la discusión. Si detrás del gorilismo siempre está ese anatema: “somos lo que somos, esta desgracia, por culpa del peronismo; si no, seríamos Suiza”. Dentro del peronismo siempre aparece el prejuicio del progre, que ingresa al peronismo pero para mantenerse libre. También es cierto que con el tiempo todos los progresistas se hacen peronistas y desaparecen en el peronismo, se mimetizan. Otros mantienen esa cosa de “no, pero yo no soy eso, yo no soy los varones del conurbano”. Bueno está bien, vamos a purificar, saco mi pastilla de gamexane y la tiro ni bien veo una rata. La verdad, es que el peronismo está lleno de ratas; siempre hubo, siempre va a haber, es parte de la esencia popular. Hay gente de mala vida… qué novedad. De nuevo, el peronismo no purifica a nadie, se compone de todo, y el progre intenta hacer un partido luminoso, de plena luminosidad. En ese sentido, yo me inscribo en esa discusión y trato de que mi obra funcione como un catalizador. 
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