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Poniendo el cuerpo
Zama, Argentina (2017). Dirección y guion: Lucrecia Martel, con Daniel Giménez Cacho, Lola Dueñas, Juan Minujin, Matheus Nachtergaele y Rafael Spregelburd, Fotografía: Rui Poҫas. Sonido: Guido Beremblun y Emannuel Croset. Duración: 115 minutos.

 

“La posmodernidad está marcada por el regreso de los ‘otros’ de la modernidad: la mujer, el otro sexual del hombre, el otro étnico o nativo del sujeto eurocéntrico y el otro natural o terrestre de la tecnocultura emergen como contrasubjetividades.”

 Rosi Braidotti.

Peces, sólo peces. No un bello pez colorido nadando sereno en aguas cristalinas, sino peces grandes, marrones, bigotudos, moviéndose uno sobre el otro, frotándose en un extraño frenesí. Casi puedo sentir el chasquido de las aletas que agita el agua barrosa. Los imagino fríos, resbaladizos, ávidos y su inquietud me resulta contagiosa. Así principia Zama, la última película de Lucrecia Martel, basada en la novela homónima de Antonio Di Benedetto.  Esta enigmática introducción encuentra su explicación casi inmediatamente en boca de un otro, un indio del lugar, que se nos presenta atado y encapuchado, despojado de toda humanidad, casi irreconocible en su estado de sometimiento. Es él quien nos cuenta sobre la existencia de un pez, que las aguas del río rechazan y que pasa su vida entera luchando por permanecer en ellas. Imposible no pensar que así lucharon los primeros conquistadores, por permanecer en esta América desconocida y peligrosa, que se esfuerza por expulsarlos.
Siguiendo a Braidotti podríamos decir que Don Diego de Zama ocupa la posición del sujeto dominante: masculino, heterosexual, hablante de una lengua estándar, dueño de un patrimonio; pero eso es una mera ilusión, una mentira que se busca imponer. Es 1790 y los españoles están lejos de detentar un poder hegemónico en estas tierras. Conviven, muy a su pesar en un constante vaivén, entre la omnipotencia y la indefensión, invocando un poder demasiado lejano y recomponiendo, día tras día, la frontera que los separa de los otros, los distintos, los animales y la naturaleza. Los cuerpos cubiertos y sudorosos de los españoles son evidencia de ese límite, imponen una distancia, al tiempo que contrastan fuertemente con la desnudez superior del cuerpo de las mujeres nativas. Esas que pescan y lavan la ropa junto al río. Los cuerpos desnudos de sus hijos, que corretean por los alrededores, jugando con los perros entre los arbustos, nos llevan a ver a los indios en un estado de armonía con la naturaleza. Una naturaleza que el español busca dominar en vez de comprender.  
 
Abundan los planos generales en los que se muestra a  Diego de Zama, totalmente vestido, a la vera del río, de espaldas a la naturaleza, la mirada perdida en el horizonte. Las botas altas, su sombrero, la espada ceñida a su cintura evidencian su condición de español, su alto linaje y su destacada posición en la administración. Las prendas son símbolo de autoridad. Así el mulato descalzo, que viste apenas un taparrabos, pero lleva una ostentosa levita celeste, profusamente bordada, abierta sobre su torso, se transforma en emisario del poder y es escuchado con atención.
 
De la misma manera, el muy carnal gobernador, que pasa las tardes jugando y bebiendo disipadamente, ejerce un poder indiscutido a la hora de calzar su peluca. Las mujeres se nos presentan en su vulnerabilidad vistiendo tan sólo un camisón blanco, símbolo de su indefensión, pero también de su otredad. En este mundo inconquistado, el cuerpo de la mujer es otro terreno a conquistar. Los vaporosos camisones parecen exhibirlas en una posición de disponibilidad continua. Luciana, la exuberante esposa de un influyente comerciante, que jamás conocemos, es la excepción. Ella detenta el poder de su invisible esposo y es deseada y temida, por lo que luce una extravagante peluca y atuendo completo en casi todas las escenas.  
 
La naturaleza se torna visible y palpable en todo momento. Hay gran cantidad de tomas en exteriores. Priman los planos amplios, en los que el verde de la vegetación y los amarillos y ocres del terreno y el río son los principales protagonistas. El polvo y el calor se hacen visibles en las muchas tomas a sol pleno, como un ligero vibrar del aire alrededor. Lo más extraño de esta naturaleza omnipresente es, quizás, el hecho de que abunden los animales, aún en tomas interiores. Así mientras Don Diego administra justicia en un abarrotado despacho, un perro asiste a la escena impávido, mientras que otro lame compulsivamente las manos de una joven, que no hace nada por impedirlo. Hay cabras y animales de corral compartiendo el espacio con los humanos en casas y patios. Los caballos, más allá de su rol tradicional como montura, tienen una presencia más ominosa e inquietante. Su asociación con la potencia sexual se pone en juego en una de las tomas del burdel, cuando se ven dos largos brazos, blancos y femeninos, acariciando los flancos de un semental. Otro ejemplar bellísimo se desploma ante nuestros ojos, abatido por su propio amo, sin que medie explicación alguna.
 
Este es el mundo del que Zama quiere escapar sin éxito. Don Diego de Zama, el fiel súbdito de la corona, que recibió honores del monarca y clama por volver a España con su familia. Don Diego de Zama, que supo pacificar indios y hacer justicia sin emplear la espada, cuya función  hoy se limita a tramitar asuntos intrascendentes en un remoto rincón del imperio. Don Diego, que acompaña a un mercader de licor de la Banda Oriental, obligado por la necesidad de  ganarse unas monedas extra que le permitan paliar su difícil situación económica. ¿Qué hace de Don Diego de Zama lo que es? ¿Su pura sangre española? ¿Sus modales? ¿La silla que traslada a todas partes? Quizás ese Zama del que se habla al comienzo de la película ya no existe, es una mera sombra de sí mismo, que ha empezado a ser erosionada por el tedio y la soledad.
 
En los vericuetos de la trama Don Diego de Zama converge, una y otra vez, en las mismas encrucijadas. Sus encuentros con el mensajero, con la mujer del mercader, con el gobernador, son algunos ejemplos. Se trata de personajes que producen los mismos diálogos, pero mientras Zama carga con todo el peso de la historia y los vive como una repetición desgastante y absurda, el otro parece atemporal y acomete la historia con total frescura, como si ésta estuviera siempre a punto de comenzar. El gobernador repite sus líneas sin ninguna culpa, con absoluta naturalidad. Me pregunto si, en la escena en la que Don Diego vuelve a discutir la posibilidad de una carta que lo saque finalmente de ese destino, los europeos comprenderán que el animal que danza vertiginosamente a su alrededor, apareciendo y desapareciendo es una vicuña. Desde tiempos inmemoriales los animales funcionan metáforas vivas. Esa criatura que nos interpela y mira burlona al gobernador, al tiempo que emite sonidos estridentes, representa a otro Vicuña, ese fantasma que asuela no sólo a Zama sino a la comunidad toda y en el que recaen todas las acusaciones y todos los males.
 
A partir de ese momento comienza un verdadero periplo, un viaje que llevará a Zama hasta el límite de su propia capacidad de resistir. Zama, que ya ha dejado su posición, la mayoría de sus pertenencias y aún su orgullo, se unirá a una partida que buscará al famoso forajido para presentarlo ante la ley. A medida que avance, irá trasponiendo umbrales y deviniendo en otro. Perderá los símbolos de poder que tan preciados le habían parecido: su sombrero y su espada. Quedará a merced de los indios de la región, con quienes tendrá que compartir comida y rituales para conservar la vida y finalmente, será apresado por los mismos que debía comandar. Heidegger consideraba la definición del hombre como un animal racional uno de los más grandes errores. La esencia humana consiste en su conciencia de la temporalidad. El hombre es para la muerte, en su finitud está el sentido de su vida.
 
A medida que transcurre la película, Don Diego de Zama es cada vez más humano, cada vez más expuesto a la finitud humana, propia y ajena.
Zama encarna, finalmente, como ser discapacitado, monstruoso, que está totalmente a merced de las fuerzas naturales y del otro, el dilema de la identidad del cuerpo. ¿Cuánto cuerpo necesita Zama para seguir siendo él? Su pulsión por la vida, su elección vital se impone a todo. Pensar es, en la opinión de Deleuze, vivir en el grado más elevado de poder. Zama no pierde esa capacidad de pensar y decidir jamás, aún cuando sus decisiones se restringen más y más. Vivirá como ese pez, condenado a la periferia, luchando denodadamente por no ser expulsado del río de la vida. 
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