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De cómo ser revolucionario sin molestar a nadie
Arte en flujo. Ensayos sobre la evanescencia del presente, de Boris Groys, Buenos Aires, Caja Negra, 2016.
En Arte en flujo. Ensayos sobre la evanescencia del presente, Boris Groys vuelve sobre los mismos temas que en Volverse público, a veces en idénticos términos y formulaciones. En el libro aparecen, uno tras otro, Malevich y su Cuadrado negro, el tiempo como factor fundamental de reflexión, el verdadero arte contemporáneo caracterizado como algo necesariamente efímero, la ponderación de los efectos de la documentación y del archivo sobre la producción artística y, por último, internet como el gran punto de inflexión que requiere de esta nueva forma de cavilación poética y anti-filosófica que aquí se nos ofrece, ya que: “Los artistas necesitan de la teoría para explicar lo que están haciendo, no a otros, sino a sí mismos”.
 
La novedad pasa por la utilización del concepto de flujo como analogía inicial sobre la que se construye esta colección de ensayos, ahondando luego en los ya conocidos planteamientos. La única realidad universal es el flujo material, afirma el pensador alemán aficionado al comunismo. Razón por la cual, al contrario del objetivo de las primeras vanguardias (que era, según él, salirse del flujo del tiempo en busca de la inmortalidad) el arte contemporáneo busca evanecer en la inevitable corriente del cambio físico y visible. Incluso colabora con ella performando su propia desaparición para igualarse al resto de las cosas del mundo y se constituye, de ese modo, como legítimo en su compromiso para con el presente (“¿Cuál es la relevancia social de la performance artística? Me gustaría sugerir que es la producción de lo social como tal”).  Lo esperable tiene que ver con la explicación de la asumida postura poética, identificada con la perspectiva del productor de arte, en contra de la postura estética, presentada como propia del pasado y asociada con la posición de los espectadores.
 
Es un texto interesante por las discusiones que propicia, pero muy exigente, no por su complejidad, sino porque, como condición para disfrutar del ingenio y la fluidez narrativa que exhibe como atractivos le pide al lector obliterar por completo su juicio crítico. Las ideas que se quieren transmitir son enunciadas con eficacia, cualquiera que leyera el libro podría resumirlas en una reseña. El punto es cómo se construyen esas ideas, de un modo por completo caprichoso. El teórico acusa de error del cogito cartesiano señalando que no dice lo que justamente dice (que está vivo porque piensa). Afirma que: “el arte no debería teorizarse en términos sociológicos”, pero propone una definición esencialista del arte en base a consideraciones sociológicas, sustentadas en su funcionalidad política (“Hoy el artista debe abordar temas de interés público”). Declara que la relevancia del arte es “la producción social como tal”, es decir, algo que se puede conseguir comiendo en McDonald´s y que resulta difícil de conciliar con la afirmación previa. Se proclama como un pensador no teleológico, pero toda su explicación opera por diferencia con un pasado que se presenta como superado en la actualidad. Repite que hoy todos somos artistas, por tener Facebook o cuestiones así (“A través de internet, el arte conceptual se ha vuelto una práctica cultural masiva”), pero, en cambio, el arte popular no es arte sino mero diseño, dado que no es una efímera declaración política que se pretende activa en la transformación social. ¿Pero es que entonces mi Facebook es arte, pero no así el último disco de mi artista pop favorito? ¿Cuál es la intención de activismo político de Facebook? Tomarlo muy enserio invita a la esquizofrenia.
 
De entre todas las cosas que se deben ignorar para seguirle el hilo a los postulados de Groys, como si fueran coherentes, la más difícil es aceptar sus intenciones revolucionarias y, junto con ellas, las que le atribuye al arte contemporáneo ensu condición de“única expresión revolucionaria del presente”. Es necesario enfatizar el carácter del término utilizado, no “crítico”, ni “provocador”, sino “revolucionario”, con todo lo que ello implica. A la mencionada producción social, en la que consiste la esencia del arte, le es inherente: “La reducción de la obra de arte a la nada, al vacío, al grado cero”. Esto lo lleva a preguntarse: “¿Por qué todavía hablamos del arte como una práctica específica?”. Pero, al mismo tiempo, esa nada: “abre la mirada del espectador al contexto de la obra”. ¿Cómo puede suceder esto?, según Groys: “La revolución es la aceleración artificial del flujo del mundo. Es un efecto de impaciencia o de la falta de voluntad para esperar hasta que el orden existente colapse por sí mismo(…). Es por eso que la practica revolucionaria es el único modo en que el hombre materialista y post-metafísico puede acceder a la totalidad del flujo”. En tales circunstancias, colaborar con la situación dada para propiciar la profundización de sus actuales características es lo, en verdad, revolucionario. Por eso el arte solo lo es cuando es indiferenciable del resto de la producción social. Lo que lo hace único es la conciencia al respecto de la operación, el asumir la responsabilidad por ella. ¿Pero es que todos los internautas son conscientes de su producción auto-poética? Si todos somos artistas, ¿todos somos revolucionarios?
 
Por obra de una mala sofística, se puede leer que: “Google libera al lenguaje de la gramática”, o que: “los estados nación atentan contra el capitalismo”,etc., etc., etc. Hay como media docena de estas audaces y provocadoras afirmaciones por página (con creativos sustentos teóricos o tan solo arbitrarias), pero todas redundan en lo mismo, a saber, que todo es exactamente como debería ser, ya que: “El arte puede asumir la responsabilidad por el mundo entero (…) ya sea a través de la acción o la inacción” o, dicho de otra forma: para ser revolucionario no hay que hacer absolutamente nada. Todo argumento, falaz o verdadero, consistente o contradictorio, puede ser utilizado por el holístico filósofo para justificar el estado de las cosas.
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