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Un rincón de mundo
The Meeting Point, artes en diálogo, curaduría y dirección: Lucía Fernández Mouján y Valeria Primost. Performance: Música, Alejo Duek (guitarra), Guido Kohn (cello) Hernan Hayet (bajo); Danza, Pablo Burset, Fabiana Caprioti, Maria Aguirregomezcorta y Valeria Primost; Luces, Lucía Fernández Mouján y Facundo Adamo. En el Centro Cultural Matienzo. Pringles 1249. Función: jueves 16 de noviembre 21 hs. 
 
The Meeting Point es efectivamente eso, un punto de encuentro. Un punto preciso de espacio, tiempo y co-presencia. Un rincón de mundo en proceso en donde las inquietudes referenciales se dejan de lado para dar paso, en cambio, a la comunicación sin más, como acción de transmisión y no de transmisión de algo. Son los ojos (y los oídos y la nariz y la boca y la piel) de cada uno los que componen la obra: los que perciben un movimiento aquí, los que de pronto se ven llamados hacia aquel extremo para interrogarse sobre una vibración desconocida, para disfrutar de un dúo más allá, para asombrarse con alguna aceleración, un cambio de ritmo, un sonido extraño o para sorprender a algún intérprete en sus voluntades inmediatas no siempre realizadas. Son los ojos de cada uno los que luego o, más bien, mientras tanto, generan los lazos entre un momento y otro, entre un espacio y otro, entre un intérprete y otro, construyen recorridos y producen sentido (o no) a partir de esa conjunción.
 
De tal modo, no puedo más que escribir desde la conjunción de mi propia presencia con ese espacio, tiempo, cuerpos. Punto particular del proceso de producción de sentido que pasa de mí pero que también pasa en mí. Escucho una percusión y cuerdas. Estoy atenta no sólo a lo que hacen los bailarines, sino también a cómo se mueven los músicos. Imagino que en una obra en la que los músicos están en escena y la improvisación de movimiento es la pauta, no puedo dejar de prestar atención a las decisiones que toman el guitarrista, el cellista y el bajista y, especialmente, a las acciones que logran que los sonidos salgan de sus instrumentos: sus dedos en movimientos cortados y veloces, un codo en ángulo recto dibujando un semicírculo en el aire, rodillas que marcan ritmos. Y en este cambio de mirada, de escucha, de postura, entonces, puedo invertir las intenciones espectatoriales arraigadas en lo que se llama “obra de danza” y registrar cómo, por momentos, no son los bailarines los que “bailan la música” sino los músicos los que tocan la danza. Si tuviera que elegir un meeting point personal y particular, sin dudas, sería éste en donde, por primera vez, puedo realmente ver lo que los bailarines le hacen a la música.
 
Una vez que logré anclar esta interconexión, todo el espacio se transformó. Ya no veía bailarines moverse y escuchaba músicos tocando, sino que veía músicos y escuchaba bailarines o, mejor, veía y escuchaba lo que se producía en el medio. Momentos de unión, de sintonía fina, alineamientos, sostenes momentáneos, encuentros de sonido y movimiento. Rojo, naranja, negro, rayado.
De pronto, descubro lo llenos que están los desencuentros, esos momentos de espera, de atención y tensión hacia los que está por pasar, se puede percibir la maraña de decisiones que se agolpan en la piel y la alerta y la paciencia de aguardar lo que vendrá. El reconocimiento del abismo. Un segundo meeting point personal. Y cuando finalmente esa puja decide resolverse, disfruto de un encuentro extraordinario entre un bailarín, un guitarrista y sus instrumentos, y las luces que comienzan a ser un partícipe más de la historia.
 
Y así, entro en esa continuidad de mundo en la que no son solo imágenes las que se perciben. Se siente una buena conexión acá, algo así como un movimiento “acertado”, también puedo observar que algo que estaba en los pies, pasa a las manos y luego al centro del cuerpo, que mientras unos tienen un ritmo medio, otros mantienen un tiempo continuo, que la velocidad es sólo el fondo de la figura. Que una cabeza en un parlante, disruptiva pero atenta, a la espera, puede convertirse en la danza de un músico, un micrófono que cae, una danza “amicrofonada”. Que un brazo en la silla del cellista es suficiente para desencadenar una danza arácnida de brazos, cabezas, cuerdas, vibraciones y piernas.
 
Es mi cuerpo todo el que va viajando en cada concatenación, puedo ser consciente de qué es lo que despliega cada serie. Se organizan intensidades, energías proyectadas. El rincón de mundo se transforma de manera permanente. Ahora, dos continuidades, una en círculo, redonda que varía; otra en trío, lineal, con dirección única pero continua.
 
Es la guitarra con sus sonidos que se alejan y se oscurecen la que nos devuelve al tiempo presente. Tercer y último meeting point, el punto exacto en el cual puedo notar cómo la percepción se reacomoda a lo que se supone es su funcionamiento “normal”.
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