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El verde paraíso del agua
La forma del agua (The Shape of Water, Estados Unidos, 2017). Dirigida por Guillermo del Toro. Con Sally Hawkins, Octavia Spencer, Michael Shannon y Richard Jenkins.

 

“Si tuviera que hablar sobre esto, ¿qué te diría?”, comienza diciendo el narrador del film. ¿Algo sobre el tiempo, tal vez? Son los años de la Guerra Fría, durante una temporada de lluvias. ¿Sobre el lugar? Un laboratorio gubernamental de alta seguridad, en alguna ciudad en Estados Unidos. ¿O sobre la protagonista de esta historia? Elisa, en la piel Sally Hawkins (Blue Jasmine), una mujer muda que trabaja por las noches en el área de limpieza del laboratorio. Su vida, solitaria y silenciosa, cambiará en el momento en que junto con Zelda, su compañera de trabajo interpretada por Octavia Spencer (Historias cruzadas), descubren a una criatura, parte de un experimento secreto y clasificado.

La forma del agua, película escrita y dirigida por Guillermo del Toro, se presenta como superficie minuciosamente exquisita, pero con desarrollos poco profundos. La historia, que toma lugar en un clima bélico, muestra tintes de cuento de hadas, al igual que El Laberinto del Fauno y otras películas del director.

Del Toro logra sumergir a los espectadores en un clima húmedo y fantástico que va a estar presente a lo largo de toda la cinta. En una primera escena de ensueño, se ve un edificio sumergido en el agua mientras la protagonista duerme plácidamente. Luego, en un tono literario, se comienza a escuchar la voz de Giles, vecino homosexual y compañero de Elisa, interpretado por Richard Jenkins (Quémese después de leerse), quien narra la historia.

A nivel visual, el film es muy detallista y consistente. De principio a fin aparecen elementos que aportan a mantener una imagen acuosa: una paleta de verdes y celestes oscuros, lluvias, pisos mojados, goteras y bañeras repletas. Los vestuarios y locaciones ubican espacial y cronológicamente al espectador: los edificios que aparecen, en su mayoría, están en decadencia y destruidos por la humedad, la ropa de los personajes continúa con la paleta de colores verdes y ocres, pero probablemente lo que más se destaque como sesentoso sean los transportes, desde el colectivo en el que viaja Elisa todas las noches hasta el tan popular Chevy.

El aporte musical está a cargo del compositor Alexandre Desplatresponsable también de la banda sonora en  El gran hotel Budapest y en otras películas de Wes Anderson. Con un soundtrack más bien alegre y variado, más que situar temporalmente al espectador, contribuye a formar la imagen de un mundo mágico e ideal que Elisa crea para sí misma, quien incluso llega a imaginar un musical en blanco y negro en el que ella y la criatura son protagonistas. Si bien esta escena queda inconexa con el resto de la película por su cambio repentino de estilo y poco aporte al progreso de la historia, se podría decir que contribuye al ideal de paraíso  de la heroína.

Mientras que los aspectos técnicos son sobresalientes, lo narrativo queda atrás. Comienza una rápida corriente de sucesos, sin puntos de inflexión o detonantes claros, que elimina todo rastro de posibles misterios o intrigas.

Los personajes, quienes podrían encarar esos sucesos de una manera más compleja, carecen de un desarrollo profundo. Por un lado, se hace evidente que la criatura es un otro desconocido y amenazador, y que, como sucede en anteriores películas del director,  Elisa, Giles y Zelda pertenecen a minorías, a un otro que está en desventaja pero que se torna un héroe, en contraposición a Richard Strickland, el villano completamente estereotipado, interpretado por Michael Shannon, quien aparenta contar con el physique du rôle.

En líneas generales, pareciera que la esencia individual de estos personajes es la de su condición social, pero sin profundizar en eso y sin expandir rasgos característicos de su personalidad. Esto no sucede con Elisa, personificada como una mujer aniñada y muy sexual a la vez, poseedora de rituales diarios pero un poco despistada, interesada por programas televisivos musicales.

En la protagonista se centran los puntos de tensión más fuertes. Al conocer a la criatura, sale de su mundo interior y queda inmersa en un nuevo vínculo, y se convierte así en una persona capaz de darlo todo y hasta de abandonar sus rituales. Elisa realiza una introspección acerca de su limitación, con una excelente y emocionante interpretación Sally Hawkins, que la lleva a entregarse absolutamente. En este amor incondicional, parafraseando a Pizarnik, es donde atesora palabras para crear silencios, y renacer en un verde paraíso.

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