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Un Haneke menos corrosivo
Happy End (Francia 2017), director: Michael Haneke. Protagonizada por: Isabelle Huppert, Jean-Louis Trintignant, Mathieu Kassovitz, Fantine Harduin, Franz Rogowski y Laura Verlinden. Año: 2017. Género: Drama. Duración: 1 hora 36 minutos.
 
El cine del director austro-alemán Michael Haneke retrata el mito de la “buena familia nuclear”-del régimen heteropatriarcal‒, la revelación de sus secretos y como éstos derivan progresivamente en vínculos contaminados, caóticos y angustiantes. Estas formas, que tanto atraen al director, deconstruyen lentamente los supuestos sobre la felicidad familiar y los imaginarios sociales sobre la “normalidad”, advirtiendo la hipocresía, la estafa y la desesperanza que entraña ser parte de una trama vincular que constituye cada entorno hogareño.
 
A través de los años, Haneke se encargó de mostrarlo todo, no dar lugar a la metáfora, acabar ‒de una vez y para siempre‒ con la complacencia y reflejar las pasiones tristes producto de los microsistemas que enaltecen a la honrada familia moderna y su respectiva dimensión política de la vida íntima.
 
En este contexto, Happy End (2017), ambientada en parte en la zona de Calais, tiene como protagonista a la gran  familia burguesa Laurent, propietaria de un negocio de construcción. La película está protagonizada por intérpretes de reconocido talento como Isabelle Huppert y Jean-Louis Trintignant. La familia se dispone de la siguiente manera: el abuelo está en silla de ruedas tras un supuesto accidente de auto y desea profundamente morir, el padre es un hombre distante y hermético, su hermana es una empresaria frívola, el hijo mayor cumple el rol de niño rico mantenido y la hija pequeña parece ser la única que puede afectarse y generar empatía. De hecho, se podría afirmar que lo mejor del film es la actuación de Eve Laurent, la menor de la familia, que en una escena en el auto con su padre no resiste más y explota en llanto. No se trata de cualquier llanto, sino de lágrimas que contienen represiones, frustraciones y secretos. Algo terriblemente dañino parece emerger solapadamente. Pese a esto, luego de unos segundos, esa supuesta rabia se transforma en sollozo y simplemente nada sucede, no hay desarrollo. Esta escena es un ejemplo de tantas otras a lo largo del film, en las que la sangre nunca llega a helarse, y lo que usualmente congela nervios simplemente se presenta a modo de jugueteo inquieto entre la parodia y la tragedia. Haneke retrata la infancia lejos de ese lugar idealizado y empalagoso que el constructo social propone. En cambio, el director aborda la niñez y la adolescencia como ese tiempo donde los hijos, reflejo de la fragilidad, son significante de una juventud demasiado sensible al horror de la realidad, y de tan sensibles se vuelven intérpretes del terror.
 
Ésta película asume la misma progresión lógica conceptual que varios de sus otros films, como El séptimo continente (1989), La profesora de piano (2001) o La cinta blanca (2009). En definitiva, Haneke se encarga de versionar las mismas voces a través del tiempo, hacer estallar aquello inevitable pulverizando de una vez y para siempre la leyenda romántica, y dejar entrever el fingimiento producto de horizontes falsos. Sin embargo, a fuerza de volver sobre lo mismo, bajo diferentes historias, el espectador puede tener la sensación de que se encuentra ante una reiteración más sobre el mismo motivo. Dicho de otro modo, Happy End tiene en su esencia “una falta de furia”. Como de costumbre, Haneke está más interesado en ir generando una atmósfera que derive en estallidos de violencia como resultante de algo inminente; pero, pese a esta gran virtud autoral, estas famosas y desgarradoras irrupciones nunca aparecen en la película.
 
Happy End funciona como una suerte de pastiche en la filmografía de Haneke; una miscelánea que nunca arrincona, y pierde en comparación. La película deambula de manera tibia, y un poco predecible, por problemáticas como la indiferencia de Europa ante los refugiados y la mala consciencia de la alta aristocracia francesa, su hostilidady la corrupción moral. Experto en los juegos macabros de la desilusión, Haneke presenta una película un tanto magra, algo aburrida, pero sobre todo poco ambiciosa.
 
En una primera mirada, Happy End no se distingue por su singularidad; su supuesta comicidad se vuelve inocente y poco ávida. Sin embargo, pasado un tiempo, tal vez, los ecos resitúen a la película en el lugar que les corresponde a las obras notables de Michael Haneke. 
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