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El recuerdo de lo que no está

La intimidad (Argentina, 2017). Dirección, guion, dirección de fotografía y sonido: Andrés Perugini. Duración: 65 minutos.

Muchas abuelas son un universo de anécdotas, mates, miradas perdidas y colecciones de vajilla. La abuela del director Andrés Perugini es una de ellas. En el pueblo Germania del noroeste bonaerense, Perugini con cámara en mano registra a su abuela Irene en sus últimos años lúcidos y vitales, y el vaciamiento de la casa tras su muerte. Un trabajo de resignificación tanto de objetos como espacios, tomando mecanismos del documental observacional.

La lluvia, las flores del jardín, los empapelados, los juegos de reflejo en los espejos son muchas de las formas en las que el director configura de manera personal y sensible la identidad de Irene. Estos minutos iniciales del film se caracterizan por planos desfocalizados, desencuadres, recurrencia al zoom brusco, y sonidos diégeticos imperfectos. Sin embargo, el relato cambia de perspectiva al ser atravesado abruptamente por una elipsis temporal en la que la muerte de la anciana queda por fuera de lo documentado. Perugini se invisibiliza detrás de la cámara para evidenciar la realidad de lo cotidiano ante una pérdida: la labor de deshacerse de todo lo material que rodea a la persona.  De aquí en adelante, las voces y los ruidos se tornan nítidos, y revelan no solo conversaciones insustanciales sino también la especialidad del director: el sonido. La ausencia de Irene se materializa gracias a la estabilización de la imagen y la duración más larga de ciertas tomas. Estas últimas parecerían destacar el hecho como realidad universal por medio del diseño espacio-temporal ralentizado.

Entre el silencio y la nostalgia, Marta e Inés son las encargadas de vaciar la casa de Irene. Por momentos la cámara se detiene en objetos como un reloj de péndulo o las copas del casamiento; por otros, en situaciones como un hombre mirando fijo el suelo del garaje. El tiempo que pasa y parece no pasar materializa la ausencia: los muebles cubiertos por frazadas, la cocina repleta de cajas, quién hará la sucesión, a qué hora viene el flete, qué se dona, qué se guarda y qué se olvida. Los familiares se ven obligados a quebrar la privacidad de quien falleció, borronear las formas de habitar de Irene. De a ratos, estas dos mujeres se ríen de la cantidad de remeras sin usar, sábanas y vajilla que la abuela de Andrés conservaba, y las reparten y clasifican despojándolas de la singularidad que alguna vez tuvieron en aquellas habitaciones, en aquella casa, en aquel orden.

Finalmente, tras tomas que se demoran en los detalles de luz y sombra, el hogar se desocupa y ya no hay rincones para la intimidad de su antigua dueña. Los nuevos habitantes traen consigo un cúmulo de objetos que están generacionalmente lejos de los que le pertenecían a Irene. Celulares, tablets, auriculares colaboran resignificando las piezas y el patio con nuevas dialécticas de vida. Perugini registra sin apelar a subjetividades o emociones porque “esta casa todavía no tiene historias que contar respecto de la actual familia”.

La intimidad es un film documental que se arriesga a trasponer el hogar como espacio material que condensa el mundo intangible de los recuerdos y la nostalgia. Mundo que, sin embargo, la cámara no tiene acceso a registrar. Todo aquello que trasciende destaca una vez más que, si bien la intimidad se desparrama sigilosamente entre las escaleras, los cajones y los sillones, también se encuentra abierta al vendaval del tiempo: al olvido, al recuerdo o la dilución de ambos.

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