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Luvert para centrifugarse

 

La playa de Luvert, de La playa de Luvert. Guitarras, bajos y voces: Lisandro Rivas Joerg. Guitarras: Augusto Lagable. Batería: Gonzalo Lezcano. Teclado y sintetizadores: Genaro Melo. Duración: 36 minutos. Lanzamiento: Abril, 2018.

“Y como la vieja ropa del placard, de esas que ya nadie quiere usar, apareciste y me viniste a rescatar”, son algunas líneas con las que comienza el álbum homónimo de La playa de Luvert. Un viaje musical e introspectivo de 36 minutos hacia la propia adolescencia, casi la misma duración de un lavado rápido en el lavarropas.

Entra el agua mientras los nueve melancólicos temas desprenden la arena, el sol y la transpiración juvenil de remeras, bermudas y toallones. Como las prendas en un lavarropas, los versos de Los Luvert se distorsionan a la par de simples riffs destacando los sonidos abrasivos de las guitarras eléctricas. Entonces la forma y el color cambian: con “Las olas” la espuma se intensifica y cubre las telas como si fuera una la remera negra, “Máscara”, destiñe progresivamente de color marino las gotas que cuelgan en los bordes de la puerta. Se confunden las lágrimas con el sudor porque esas melodías no se sabe si invitan a bailar o a llorar.

Con voces lánguidas, pedales y coros en planos sonoros inferiores, la banda misionera comienza a “Caminar” por los médanos a perseguir el atardecer y se pregunta “¿qué estás haciendo de bien que me hace sentir tan bien?”. Ese tipo de interrogantes que aparecen cuando el amor es calor de verano. La atmósfera se torna cada vez más melancólica y de manera inesperada, como siempre, surgen las cadencias eufóricas y joviales características del surf rock, predilectas en la composición de bandas emblemáticas como Beach Fossils y Wild Nothing. Algunos sonidos alterados del sintetizador crean transiciones neo-psicodélicas mientras que la utilización del loop y skronk convergen al estilo shoegazing, influenciado por el indie pop de El mató a policía motorizado y sus amigos locales, La otra cara de la nada. Los efectos de delay y reverberación despliegan una odisea de caminos que no se cruzan, signos zodiacos, cansancio, sillas del parque y pesimismo encantador, en un fondo borroso de guitarras saturadas y chirriantes junto a cambios de ritmo en la batería y la aparición esporádica de los platillos.

A pesar de la simplicidad de las letras y los versos que no riman unos con otros, Los Luvert permiten entrever tanto la sensibilidad de su proyecto musical como su filosofía de producción de bajo presupuesto, conocida como lo-fi.  El grupo de rock alternativo promueve la autogestión, el DIY (Do It Yourself, hazlo tú mismo), por lo que se desentiende de la música comercializada. Desde el underground colaboran en la red de intercambio facilitada por el compañerismo de la nueva era contemporánea: sellos independientes y plataformas virtuales gratuitas como bandcamp.

La constelación de verano, amistad y estrellas que logran  Los Luvert inunda de nostalgia instantáneamente reconocible a los sentidos. Con el bagaje de experimentación sonora, los ojos giran y se enroscan con los movimientos circulares de la lavadora hasta que de pronto, termina el ciclo: comienza la centrifugación. El último beat ochentoso y ensoñador del álbum, “El día”, separa la ropa de aquello que se escurre y aparece por cualquier recoveco: las historias de los corazones rotos en las plazas, el mar, las zapatillas pesadas de arena, las mejillas incendiadas por el sol…en fin, recuerdos. La playa de Luvert centrifuga la melancolía veraniega de aquellos años: la trae al ahora, cavila y luego la aleja del hoy. Quizá, no esté mal centrifugarse cada tanto para traer consigo una oleada de inspiración. 

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