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Cuatro stripteases cuatro
Strip+tease = Cuatro desvelos, de Maricel Álvarez, Florencia Vecino, Pablo Rotemberg y Carlos Trunsky. En el Teatro de la Ribera, de viernes a domingos a las 19 horas.

 

Con curaduría de Diana Theocharidis se presenta en esta colorida sala del Complejo Teatral de Buenos Aires una obra que aúna a cuatro coreógrafos que muestran maneras diferentes de abordar una clase de espectáculo tan antiguo como marginal, tan popular como, al mismo tiempo, despreciado. Las distintas partes de Striptease están articuladas entre sí por cambios escénicos que ocurren mientras una pianista ejecuta de formas muy poco ortodoxas un piano de cola ubicado estratégicamente en un rincón del escenario. La participación de Carmen Baliero en este menester es destacable y muy interesante porque oficia de introducción a cada pieza coreográfica.

El primer striptease es una obra poética de Maricel Álvarez que presenta una película de una belleza increíble, con un estilo que podría ser recomendado a Nat Geo, en la cual nos propone el concepto de ecdisis. Al ver este maravilloso corto, el espectador se preguntará como equiparará la danza ese nivel de poesía. Álvarez lo logra al transformar este despojarse de ropa en una muda a la desnudez, que lleva a la escena con un bailarín de dos metros y diez centímetros de alto, que semeja a un insecto cambiando su exoesqueleto, sacándose un traje ajustado a su cuerpo, digno de Matrix. Un trabajo interesante en escena de Ulrico Eguizábal que se deshace de todo lo que cubre su cuerpo.

Casi sin dejar tiempo para los aplausos hace su segundo ingreso la pianista. Esta vez,  acompañada de tres bailarines que se ocupan de cambiar la escenografía con pequeñas coreografías funcionales, para dar lugar a Florencia Vecino. Su escena está sobrecargada de objetos de la cultura pop que enmascaran  sus movimientos sutiles y cuidados. No caben dudas que el minimalismo no es algo que le interese a esta coreógrafa y bailarina, porque su obra se ve invadida por objetos que distraen y la vuelven chabacana. Probablemente, debería vaciar el escenario de tantos objetos para poder darle más protagonismo a la muy interesante danza que propone.

Luego, la pianista hace un interludio muy largo y entretenido manipulando el piano con metales y haciéndolo sonar sin tocar las teclas. Es un momento lúdico en el que los bailarines retiran la abultada escenografía e ingresan la nueva que será usada en la presentación de Pablo Rotemberg. Si el espectador ya vio obras de este coreógrafo, nada lo sorprenderá. Juega con el absurdo, el humor de los gestos, la violencia  y el desnudo, al igual que lo viene haciendo desde sus comienzos. Si nunca vio nada de Rotemberg, se quedará maravillado por la entrega física de su intérprete, Pablo Bidegain, que se muestra multifacético, incansable, jugadísimo en lo emocional y muy resistente físicamente, en una evolución a través de los íconos del striptease masculino y algunas escenas que parecen sacadas de un libro del marqués de Sade,  para terminar en un truco de escena final que no es recomendable para menores de edad.

La última intervención pianística se realiza con un tema de vodevil que adelanta una presentación de un estilo muy diferente a los anteriores. La coreografía de Trunsky, que comienza seguida continuación, tiene solo dos mujeres en escena, que cumplen todas las fantasías heteronormativas masculinas. Fanny Bianco es una cantante sensual con boas de plumas que interpreta boleros de forma erótica y Mariela Anchipi es una bailarina que muestra una serie de fetiches dignos de A la cama con Madonna, con un estereotipado formato de cabaret fino. Esta bailarina pasa por diferentes facetas: dentro de una pecera, con ropa de cuero, peluca pelirroja y antifaz, asistente que va desvistiendo a la cantante en actitudes lésbicas impostadas y otros lugares comunes sobrepoblados de clichés. Sin embargo, la calidad de las intérpretes sostiene todos estos momentos y los vuelve artísticos e interesantes.

Sentarse en una butaca del teatro a ver este espectáculo es emprender un viaje a través de un recorrido sobre cuatro concepciones diferentes de un mismo tema, que tienen en claro que el secreto del striptease no es el del desnudo sino desnudarse. No se trata tanto del punto de llegada como de la manera en que se llega allí. El striptease es el arte de la demora, de la postergación. Es seguro que el espectador elegirá la que más le guste de este combo que presenta una gama cualitativamente diferenciada. Para emular el eslogan típico de los cabarets que enunciaba “treinta chicas bonitas treinta”, la propuesta es que vea estos “cuatro stripteases cuatro”.

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