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La reina del miedo y algo más...

 

La reina del miedo (Argentina-Dinamarca/2018). Dirigida por Valeria Bertuccelli y Fabiana Tiscornia, con Valeria Bertuccelli, Diego Velázquez, Gabriel Goity, Darío Grandinetti, Mercedes Scápola y Sary López.

¿Cómo sería la vida sin miedos, fobias o ansiedades, si el transcurrir de los hechos fuese tan solo parte de un caos emergente que a cada paso revela una instancia más que transitar? De alguna forma, esta película se adentra un tanto entre esos parajes.

La reina del miedo cuenta un tiempo de la vida de Robertina, una reconocida y asustada actriz que, ante el inminente estreno de su unipersonal, recibe la noticia de que Lisandro, su querido amigo que vive en Dinamarca, está muy enfermo. Sin más que su pasaporte, ella decide abandonar sus compromisos y viajar a verlo.

Robertina, que de aquí en adelante será Tina, se acaba de casar y también de separar. Vive con su perro y con una empleada de servicio con la que comparte miedos e inseguridades, en una casa con muchas puertas bloqueadas y con un jardín donde siempre hay reformas y trasplantes que realizar. Una serie de problemas domésticos la distraen y la desbordan a diario alejándola de la urgencia que tiene por definir los lineamientos básicos de su próximo espectáculo.

Tina tiene una vida socialmente acomodada, pero se debate en un mundo de ansiedades que apenas puede sostener. Estas flaquezas, que Bertuccelli sostiene perfectamente en la interpretación, se acentúan con la blanca ambientación de su casa y se refuerzan con un vestuario que, al igual que su personaje, se detiene en los tonos pasteles o neutros. Solo en una escena Tina discutirá enfáticamente con su jardinero sobre la vitalidad de un cerezo, como si con ello pudiese identificar su propio desorden. Sin embargo, la llamada de Lisandro determina un reencuentro entre ambos que inevitablemente tendrá consecuencias en Tina. La fragilidad e indefensión del personaje que por momentos causan tedio se resignifican ante la posible pérdida y dan cuerpo a cada parte y a cada miedo que la componen.

Esta es una coproducción entre Argentina y Dinamarca y es la ópera prima de Fabiana Tiscornia y Valeria Bertuccelli. Esta última también es la escritora del guion y su intérprete protagónica. La acompaña Diego Velázquez como Lisandro, impecable en el cambio dramático que atraviesa su personaje, Gabriel Goity en una desacostumbrada interpretación como su representante, y Darío Grandineti como su futuro exesposo. A este elenco se suma la participación de Mercedes Scápola y la presentación de Sary Paz, en una actuación que da brillo y frescura a gran parte de las escenas. Cabe destacar la excelente fotografía de Matías Mesa y la banda sonora de Vicentico que funciona muy bien como sostén dramático del filme.

Se trata de una película intimista que, si bien no presenta fascinaciones espectaculares ni soberbias, sostiene con calidad y calidez desde la dirección, la imagen y las interpretaciones el devenir de una vida que se ve alterada en su propia inercia. El montaje acompañará estos cambios y la cámara será la narradora de la salida de Tina de un mundo de ficción a la realidad con un vestuario que, como su vida, cambiará de tonos porque de cualquier forma el caos siempre continuará.

Es claro que no se trata de una película de las llamadas "pochocleras", pero tal vez sea suficiente para que algún que otro decepcionado espectador se cuestione en parte sobre los sinsentidos a los que está acostumbrado. Tal vez porque en la película las desarmonías entre el ser y el tener se tornan vigentes, como también el paradigma de la carrera y del reconocimiento social se desvanece como componente simbólico de la existencia. Al igual que en esta historia mínima, el sentido de la vida es siempre transformado ante la muerte.

Esta película, que fue presentada primero en el Festival Internacional de Sundance, donde se llevó la mención del jurado y el premio a mejor interpretación femenina, hizo su desembarco en el país con ese galardón y con el antecedente del reputado elenco que la compone. Si bien tuvo un discreto respaldo de la crítica, no contó con buena recepción entre el público comercial. Se ha hecho alusión sobre la excesiva autoreferencialidad de Bertuccelli, la falta de desarrollo de los diferentes personajes y la indefinición de la trama. Un filme que, aun con simplicidades, resulta también una reflexión sobre el propio encuentro.

Aunque las particularidades del guion no son propias o acostumbradas en la industria cinematográfica nacional, es oportuno apostar por este tipo producciones que, en alguna medida, aun plagadas de cuestionamientos, se presentan tan necesarias en la construcción de una identidad propia y más genuina.

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