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Premio Poesía Bienal de Arte Joven: van llegando y se quedan
Van llegando. Premio Poesía Bienal de Arte Joven Buenos Aires 2017, Josefina Salazar – Gabriela Clara Pignataro – Laura Junowicz – Paula Andrea Galindez – Rita Chiabo – Fernanda Mugica – Florencia Palacios – Delfina Uriburu – Larisa Cumin – Sofía LeBlanc – Diego de Angeli – Nicolás Ghigonetto – Alex Piperno – Juan Manuel Artero – Micaela Piñero – Triana Leborans – Joaquín María Zuanich – Julián Berenguel – Antonella Romano – Julieta Troielli – Gustavo Yuste. Buenos Aires, Mansalva, 2017.
 
“Valoro este momento porque lo esperé: apagar el aire acondicionado y abrir las ventanas. Entran luz y aire natural; el aire corre en diferentes direcciones, termina el consumo de energía eléctrica y comienza el consumo de una energía más física”. Como en este fragmento del poema de Triana Leborans, algo de esa frescura, de ese aire en movimiento se deja plasmar en Van llegando, que es un libro, pero también el resultado de una experiencia colectiva: la Bienal de Arte Joven. Los veintiún poetas que participan son los ganadores del certamen realizado en 2017. El premio era la participación en esta antología editada por Mansalva y en una serie de talleres y charlas con poetas y escritores.
 
¿Qué puede haber en común entre estos veintiún poemas? Quizá, nada; sólo ser poemas. No hay una unidad estilística, ni una temática común, ni una geografía común (hay poetas de Buenos Aires, Santa Fe, Brasil, Estados Unidos, Montevideo, Tandil, Córdoba, Mar del Plata...). Quizá sólo tengan en común ser poemas escritos por personas jóvenes, pero ni siquiera. Como dice Laura Wittner (jurado junto a Martín Kohan, Mariano Valerio y Francisco Garamona) en el prólogo, los autores tienen entre 18 y 32 años, pero la juventud de los 18 no es la misma que la de los 25 o la de los 32. Algunos de los poetas ya habían sido publicados, otros no. ¿Entonces? A partir de estas divergencias los poemas se amalgaman para crear una antología breve, fresca, diversa y dispar, que nunca cansa.
 
Hay poemas físicos, que gritan con furia y destapan la violencia sobre los cuerpos, como el de Gabriela Clara Pignataro (“si me tocan / si me tocan / si me queman / no somos corderos / no somos corderos / no seremos res adormecida) o el de Antonella Romano (“El abdomen / contraído. Me expandí como los continentes, un pedazo de tierra / desgarrada desde su centro”). Otros, en cambio, buscan la quietud, suspender el tiempo o el espacio. Algunos se acercan más al silencio, otros, como el de Diego de Angeli, cantan o “palabran”(“te acercarás, te esforzarás, fallarás / cuando te hablés en una lengua que ya no podés reconocer / ustedes se mirarán / mita'i erguerá la mano y señalará el río que le bordea el pulgar”). Hay poemas que se desplazan entre el polo de la acción y el del pensamiento: “llegué a casa y estabas pegando un plato roto / un plato que yo rompí / ahora estoy sentada / mirando una grieta en el piso /¿qué define la línea por donde se quiebran las cosas?”, se lee al comienzo de “El núcleo duro”, de Fernanda Mugica.
 
La diversidad también aparece en los tópicos. Algunos poemas conectan el afuera y el adentro, la ciudad y la naturaleza. Otros vuelven sobre la infancia, se preguntan por las familias y cómo sostenerlas; hay poemas abstractos y breves, y poemas que enumeran situaciones mundanas, como si pasáramos fotos con el dedo. Poemas que recuerdan (Gustavo Yuste, Julieta Troielli), poemas públicos (Nicolás Ghigonetto), poemas que habitan en espacios de intimidad o la construyen en el camino de la naturaleza a la comunión con otro cuerpo, como en “Ciudad Pampa”, de Josefina Salazar.
 
Apenas podemos escuchar de lejos un modo de decir, vislumbrar algunos temas de interés para estos jóvenes poetas. Un sólo texto es muy poco para decir algo sobre un autor, especialmente sobre uno en formación, pero así está bien: Van llegando es un señuelo, la luz que se filtra por la puerta. Ahora queremos leer más. 
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