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"Un punga con retórica"
Robar a Rodin (2017), dirigida por Cristóbal Valenzuela, con Luis Onfray.
 
Se trata de un documental que reconstruye el famoso robo ‒que sólo duró 24 horas‒ de una de las esculturas de Rodin expuesta en el Museo Nacional de Bellas Artes de Chile en el año 2005. El autor del crimen es un joven estudiante de arte, quien no se considera ladrón, sino artista. Se trata de un relato verídico, pero los hechos tan absurdos y particulares que la construyen, mezclados con las ambigüedades presentes dentro del mundo del arte, hacen que el espectador se cuestione con un tono humorístico: ¿fue un robo o una obra maestra?
 
La historia comienza como un policial con tintes de suspenso gracias a los testimonios que responden a preguntas implícitas de un entrevistador ausente. Los relatos de los guardias de seguridad, policías, curadores y directores del museo, que parecen salidos de un relato fantástico, dejan expuesta la poca importancia que le da Chile a su cultura. Todos coinciden en algo: El torso de Adele, una de las esculturas prestadas por primera vez al Museo que formaba parte de una de las exposiciones temporales, valuada en millones de dólares, fue robada y parecía estar todo servido para que así sea.
 
Había sospechas de que el culpable era un estudiante de la escuela de arte. A la noche siguiente del robo la policía recibe un llamado telefónico de Luis Onfray, un joven artista que había encontrado la escultura en uno de los parques cercanos al Museo. Como posible sospechoso del robo se lo llama a confesar, a él y a sus compañeros de la universidad. Aunque las declaraciones causan bastante gracia tanto en la pantalla como en la sala por ser verdaderamente absurdas, hasta ese momento parece que se trata de un clásico documental. El giro comienza tras la polémica declaración de Luis, “tomé El torso de Adele, pero yo no soy un ladrón, soy un artista”.
 
Parece que Valenzuela está a favor de Luis, este “punga con retórica”, como es nombrado por uno de los entrevistados. A partir de aquí las declaraciones y archivos que se muestran, además de ayudar a construir la vida de este particular joven, sirven como soporte para justificar la teoría que plantea y demostrar que no se trató de un acto vandálico sino artístico. El principal fundamento que utiliza Luis es una problemática que suele estar presente hace tiempo en el mundo del arte: la presencia de los objetos a través de su ausencia.
 
Para construir algunas escenas de la historia, como por ejemplo el robo de la escultura, el director utiliza fragmentos de películas viejas que invitan al espectador a tener más de una lectura sobre ellos, aportan datos sobre la identidad y cultura de Chile. Además de recurrir al típico recuerdo de la recreación actuada sin mostrar la identidad del protagonista, también hay un importante trabajo de archivo, se muestran noticieros y notas de prensa chilenas de la época de los ochenta, cuando ocurre un suceso similar. En todos los casos, la selección de las escenas, superpuestas con las declaraciones, deja lugar a las risas. Es muy interesante la manera en que el suspenso se construye mediante lo absurdo de los sucesos, no es fácil darse cuenta de cuál es el próximo giro que tomará el relato por la falta de congruencia que tienen los hechos.
 
A partir de la hipótesis que plantea el joven artista, Valenzuela comienza a construir su historia de vida, dando cuenta de por qué es tan importante para él la presencia que genera la ausencia de las cosas. Como todo artista performático, Luis tenía registro de sus primeras obras y exposiciones. El director juega con sus creaciones, generando simbolismos entre ellas y los sucesos importantes que marcaron su vida. Una voz muy importante y clave en la historia es la de quien parece ser una amigo de la familia; en ningún caso se indica en la pantalla la identidad o rol que juegan los entrevistados.
 

Valenzuela hace un impecable trabajo de investigación, hilando con detalle los sucesos, construyendo así una historia que parece un relato fantástico. Logra que un público no conocedor pueda reflexionar sobre una de las problemáticas que atraviesa el arte contemporáneo; mientras deja una doble lectura para quienes llevan tiempo investigando dentro del campo esta gran dicotomía de la presencia que genera lo ausente. Pero esta vez no es un curador o crítico quien juzga el accionar del artista, es el turno de una jueza. ¿Obra de arte o delito?, vale la pena averiguarlo.    

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